Dice nuestro peculiar secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Bernardino León, que los Gobiernos de Bolivia y España han acordado negociar “al más alto nivel” la situación de Repsol YPF tras la nacionalización de los hidrocarburos bolivianos decretada el 1 de mayo por Evo Morales. Es el gran logro que la pomposa “delegación española” ha conseguido arrancar de las nuevas autoridades de La Paz: una declaración tan grandilocuente como vacía de contenido real. Nada de nada. Una fórmula para salir del paso, que permite al Gobierno de Rodríguez Zapatero salvar la cara en España.
Lo del Gobierno Zapatero y la política exterior española tiene guasa. El episodio del Decreto nacionalizador (de lectura obligada, por cierto) de Evo ha venido a poner de manifiesto la escandalosa liviandad de esa política exterior. Cuando el Gobierno de un país miembro de la UE, por tanto supuestamente serio y aceptablemente rico y desarrollado, se dedica a jalear a los movimiento radicales, de raíz populista o indigenista, marxista incluso, y a prometerles el oro y el moro antes incluso de llegar al poder, lo que suele ocurrir es que el país supuestamente serio y desarrollado queda atado de pies y manos, falto de argumentos de autoridad, para, si llega el caso, oponerse a medidas tan arbitrarias como la nacionalización comentada, que hace añicos la realidad jurídica anterior y las seguridades otorgadas de antaño a la inversión extranjera.
Eso es lo que le ha pasado al Gobierno Zapatero con Evo. Que está moralmente desarmado ante Evo, que no puede ponerse serio con Evo, y mucho menos puede enviar al frente de la delegación citada a un tipo como León, que no ha ocultado nunca sus simpatías hacia el líder indigenista boliviano, a quien antes de las elecciones de su país había prometido todo el apoyo español. El problema de Zapatero es que ha confundido su ideología (evanescente, errática, contradictoria y nada rigurosa en lo intelectual), y la de una parte del nuevo PSOE, con los intereses españoles y ese es un gravísimo error que esos mismos intereses, tanto a nivel político como económico, están empezando ya a pagar.
Como no podía ser de otro modo, el Gobierno boliviano del señor Morales ha ratificado ante la delegación española que la nacionalización es “irreversible”, de modo que ya me contarán qué es lo que el propio Zapatero podrá lograr en Viena este jueves, cuando se encuentre frente a frente con su admirado Evo. La cabeza caliente y los pies fríos. Si acaso, una nueva declaración de buenas intenciones para salvar la cara ante la oposición del Partido Popular.
Lo más grave, con todo, es que lo ocurrido en Bolivia es apenas la punta del iceberg que amenaza los intereses estratégicos españoles en Latinoamérica. Está claro que el epicentro del terremoto revolucionario que recorre Sudamérica está situado en La Habana, de la mano de las viejas políticas de Castro para desestabilizar toda la región, y está también claro que el brazo ejecutor de esas políticas es Hugo Chávez, el dictador en ciernes que, para desgracia de Venezuela, esta dispuesto a usar las riquezas naturales de su país en la propagación de la “revolución bolivariana” que predica. Desgraciada Venezuela: si la corrupción económica se comió sus riquezas naturales en la década de los 70 bajo Carlos Andrés Pérez, la corrupción política amenaza ahora hacer lo mismo con Chávez.
Técnicos venezolanos de Petróleos de Venezuela SA han tomado ya posiciones en Bolivia, y hoy mismo lo harán los médicos cubanos enviados por Fidel. Vuelve el pasado bajo nuevas formas. Ya no se trata de enviar soldados a Angola al mando del general Ochoa, que en paz descanse, como en la guerra fría, sino de usar los petrodólares venezolanos a mansalva para tratar de conseguir los mismos fines. Y en la recámara se encuentra el peruano Ollanta Humala. Y, en la Argentina, un tipo tan poco fiable como Kirchner. La mancha de aceite se extiende imparable por un continente en el que las grandes empresas españolas han metido miles de millones de euros en inversión directa. Miles de millones sometidos al albur de líderes caprichosos, nada respetuosos con la legalidad que heredan cuando llegan al poder.
¿Está el Gobierno español capacitado para, desde posiciones de autoridad, actuar de dique de contención contra la marea revolucionaria que invade Latinoamérica? La respuesta es no. No se puede reclamar respeto a la legalidad internacional cuando uno jalea, celebra y anima todo tipo de comportamientos populistas simplemente porque se supone que molestan a Washington. No señor.
Al final resulta que los amigos populistas, los supuestos nuevos socios de esa deletérea alianza de civilizaciones, se dedican a morder la mano de quien tan gentilmente les colma de atenciones en la búsqueda de la paz y el entendimiento universal. La política exterior de un país serio no puede ser un juego para diletantes progres, en manos de esa especie de modernos misioneros laicos dispuestos a predicar por doquier el evangelio del “buenismo” zapateril. Y del giro copernicano experimentado por la política exterior española tras el 14-M hay un solo responsable: José Luis Rodríguez Zapatero. Triste panorama el de las empresas españolas en Latinoamérica.

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