LAS GRANDES palabras y las grandes leyes han ocultado los grandes aciertos de un Gobierno deshilachado por el electoralismo de vuelo corto. Tras el Estatut, ¿qué nos espera? ¿Gobernar o especular?
Lo habrán experimentado alguna vez o alguien se lo habrá contado. Suele suceder que, en los cumpleaños de fechas redondas, tal vez los 40 o los 50, el cumplidor de años es objeto de una previsible fiesta sorpresa. No es nada extraño que el homenajeado o la homenajeada se encuentre ante una fiesta organizada por su pareja actual. Y digo actual porque a estas edades existen bastantes posibilidades de que las segundas nupcias se concentren en aquella persona que ha tenido más amores que años.
Pero casi siempre suele suceder que, al llegar a esta edad provecta donde se pretende demostrar que la vida ya no es proyecto sino que simplemente es memoria, la pareja organizadora haya montado un festival de fotografías, de testigos, de frases y de viajes en los que todo es absolutamente nuevo. En otras palabras: nada de lo que vivió el personaje que va a soplar las velas es importante. Lo único importante --debe pensar el organizador u organizadora-- es que hoy está conmigo. Nada de lo anterior tiene sentido. Nadie lo vio como yo le he visto. Sin mí no hubiera llegado a la plenitud de esa edad. Yo le he refundado y en esta fiesta hoy no celebra sus 40 o sus 50, sino el año 0 en el que tuvo la suerte de encontrarse conmigo.
Eso, que sucede en las parejas de segunda o tercera cama, también sucede en los gobiernos que suceden a otro gobierno excesivamente prolongado. El presidente Maragall ha hecho del Estatut un elemento de refundación. Tras 23 años de Pujol había que hacer algo grande. El pequeño gobierno de cada día, por lo visto, no debía ser suficiente. Llegamos, mal que bien, a la refundación catalana con un Estatut que sin duda mejora la situación anterior y coreado por resistencias infantiles que algún día crecerán. Una refundación siempre es un lío para los votantes. Lo que la gente quiere es saber que los médicos están contentos y que con un poco de suerte van a tener una casa a buen precio. Lo que la gente entiende es el buen gobierno y no las grandes leyes que nos llevan a la confrontación y a la inquina. Todo eso se acabará, dicen, el 18 de junio. Y al estratega Saura se le podría sugerir que uno de los carteles de la campaña por el voto al Estatut podría ser una promesa solemne. Algo así como: "Vota sí --o simplemente vota-- y te prometemos que vamos a dejarte en paz y vas a ver lo bien que gobernamos". Con un eslogan así hay motivos para motivar a la participación.
Pero algo nos dice que el presidente, dispuesto a capear un año y medio de legislatura con sus contradictorios amigos en un Gobierno que es la oposición de sí mismo, va a tener nuevas ideas de refundación. Tal vez una ley territorial que ponga orden a las fronteras interiores. O tal vez una ley electoral, que ya sería el caos absoluto y que podría consistir en una gran promesa para la próxima y convulsa legislatura. Así son las cosas. Sobre las cenizas del pasado hay que levantar un país de hormigón. Refundar, ¡qué gran palabra para una ilusión tripartita que se desvanece por momentos! ¿Tan difícil es dar la cara por una acción de gobierno que existe pero que el mismo Gobierno oculta?

Escribe un comentario