El cronista ya lo ha dicho casi todo sobre la crisis delirante del Govern tripartito y debe ir más allá para no incurrir en pecado de repetición. Intentemos situarnos por encima del caos reinante, dando por hecho que, a pesar de los serios nubarrones, el sí ganará en el referéndum del Estatut. Además, parece fuera de toda duda que el president Maragall dará por agotada la legislatura el día 19 de junio, una vez superada la escena final estatutaria. Tras el verano, y pasando por delante de los importantes comicios municipales, los catalanes deberemos ir a votar nuestro Parlament para poner el marcador a cero y salir - se supone- del lío.

Situémonos un poco más lejos y pensemos en el día después de unas elecciones catalanas en las que, a la luz de las últimas encuestas y sondeos, los partidos en liza obtengan, más o menos, el apoyo que obtuvieron en noviembre del 2003, siempre con los mismos cabezas de cartel que entonces; no hay tiempo para cambios súbitos de liderazgo. Ante esta hipótesis, y a pesar del mal rollo actual, lo previsible es que Maragall, Carod-Rovira y Saura reediten el tripartito, con un acuerdo menos fantasioso que el del Tinell, con mejores mecanismos de regulación de la desconfianza mutua y con más habilidad para pactar los nombres del Consell Executiu. Escribo "lo previsible" a sabiendas de que tal concepto suena a chiste en el actual contexto político catalán. Y lo escribo con especial intención de relativizar el fuerte encono entre PSC y ERC a raíz de la decisión de los independentistas de propugnar el no al Estatut.

¿Por qué relativiza el cronista la actual polémica PSC-ERC que marca el fin real e indiscutible de esta ficción a la que hemos llamado tripartito? Porque el tripartito, si hay suma suficiente de PSC, ERC e ICV, volverá a existir, como ya tenemos dicho en estas páginas. Todo el enfado que hoy sienten los socialistas hacia ERC no tiene consecuencias futuras a efectos de poder crear un Govern distinto al "catalanista i d´esquerres". Es un drama demencial que será olvidado cuando convenga. Esto lo saben los republicanos y de ahí que Carod-Rovira se permita chulear a sus socios invitándoles a dejar el Govern si no se sienten cómodos. ERC tiene la llave y es altamente probable que vuelva a tenerla tras las futuras elecciones, lo cual convierte a los republicanos en un factor tan necesario como inestable. Los dirigentes de CiU también deberían tenerlo claro.

Quizás el lector tenga una pregunta lógica a tenor de los rumores: ¿Por qué no cree el cronista en la posibilidad de un Govern de la llamada sociovergència? Porque los socialistas de la calle Nicaragua (que no son los de Ferraz) no van a regalar por la cara a Artur Mas la presidencia de la Generalitat y eso es lo que pasaría si llegaran a un acuerdo con una CiU que, previsiblemente, volverá a ser la primera fuerza del Parlament. Además, tal pacto implicaría necesariamente la jubilación de Maragall y la ascensión improvisada de un conseller primer socialista que, a la vez, debería ser el presidenciable del PSC. Demasiados riesgos si se compara con el riesgo ya conocido de volver a gobernar con ERC, incluso con la inevitable recuperación de Carod-Rovira como conseller primer (con permiso de Puigcercós). Ésta es la gran ventaja de ERC. En la Moncloa, prescinden demasiado de todos estos detalles.

Por eso, a pesar del malísimo final del primer tripartito, habrá segundo tripartito. Que eso no ocurra depende sólo de dos factores: los pasos imprevisibles de Maragall y Carod-Rovira y la capacidad que tenga Mas de atraer voto útil (diverso, amplio y muy harto) que apueste por movilizarse en contra del estropicio permanente.