A PESAR de algunos esfuerzos muy meritorios, la cultura gallega oficial se sigue haciendo con nostalgias del pasado. Y no por falta de vanguardias rompedoras, sino por el hecho de mantenernos anclados en un concepto restrictivo de cultura, vinculado esencialmente a la literatura y al idioma, y administrado celosamente por los galleguistas históricos.
Para mí significa mucho que un 65% de nuestras políticas culturales autónomas estuviesen dirigidas por Pérez Varela. Y no dejo de considerar un fracaso colectivo el que, después de un siglo de elitismo intelectual falsamente progresista, casi todo el aparato ideológico de nuestra cultura se hubiese entregado con armas y bagajes al populismo mediocre que ahora nos invade. De los xacobeos y las romerías internacionales no nos queda sólo un despilfarro huero y clientelista. Nos queda, sobre todo, una pléyade de neogalleguistas que, sin tener la autoridad moral de los históricos, ejercen la misma concepción privativa de Galicia y lo gallego que hemos imputado a los devanceiros . Por eso se hace urgente una ruptura cultural que le devuelva la vida y el interés a una actividad más subvencionada que nunca, que vive sus días al margen de las dinámicas sociales y de la población más joven de este país.
Ese es el reto de Ramón Villares, que preside, desde el día 4, el Consello da Cultura Galega. El ex rector compostelano, catedrático de Historia, intelectual reconocido e indiscutido, y gallego sin conservantes ni colorantes, es capaz de aunar un discurso de retórica autóctona, clavado en sus raíces chairegas y en la lengua que habló toda su vida, con los contenidos más modernos y más sólidos que se cultivan por el Finisterre. Su discurso de toma de posesión fue un brillante ejercicio de autocrítica colectiva hecha con plena conciencia del capital que hemos acumulado y de todas las oportunidades que hemos perdido. Y en todas sus palabras se pudo ver que detrás de cada reconocimiento había un propósito innovador, y que su apego al galleguismo de los mayores, signo de identidad y compromiso, convive con la mentalidad universalista de quien sabe que no se puede salir a jugar con una mano atada a la espalda y con un grupo de siareiros que echa del campo al público general.
Ramón Villares es el único que puede redefinir la cultura gallega a la medida de la sociedad abierta y urbanizada de nuestros días. También es el faro que le faltaba a Ánxela Bugallo para desarrollar una gestión cultural bien orientada, pero nunca intervenida, por un renovado Consello da Cultura Galega. Por eso tiene un compromiso enorme con la historia de este país. Algo que él ya sabía, supongo, antes de que yo lo escribiera.

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