Años atrás, paseando en soledad shakesperiana por el escenario, José María Aznar inspiró un discurso del Rey. Un elogio de la lengua española que describía la expansión del castellano como una angélica derivación de la voluntad fraternal de los hablantes. Este argumento fue recibido en Catalunya con santa indignación. Nadie quiso perder el tiempo intentando explicarse por qué, de repente, en las altas esferas cambiaban el argumento. Por qué desde las alturas hispanas la lengua española era presentada, ya no en actitud de ogro que se zampa a los díscolos hablantes de pequeñas lenguas, sino en forma de paternal abrigo, de moderno promotor de progreso y libertad. Acertar en el diagnóstico es más útil que dar rienda suelta a la reacción que el cuerpo pide, pero nadie se preguntó si detrás de aquel discurso había algo nuevo.
Detrás de aquel discurso, sin embargo, estaba una formidable revisión ideológica: la España de matriz castellana se redibujaba a sí misma. Detrás de aquel discurso estaba, asimismo, J. R. Lodares, un lingüista que murió prematuramente el pasado año. Sentenciaba Lodares: "El hierro de las armas no hace interesantes las lenguas. El oro y su comercio, sin embargo, las dota de tal atractivo que multiplica sus hablantes. En el proceso de concentración o difusión de grupos lingüísticos hay más oro que hierro".
Fundadas en un descarnado darwinismo cultural, las tesis de Lodares podrían resumirse, pensando en los hablantes del catalán o del quechua, de la siguiente manera: ¿quieren ustedes perder tiempo y oportunidades transitando por caminos sin asfaltar, repletos de curvas, pudiendo usar la autopista del castellano? Lodares da por supuesto que la cultura española será como el petróleo para las modernas industrias de la comunicación: una lengua en expansión que, con sus 400 millones de hablantes, permite ya grandes negocios; una de las pocas que, junto con el chino y el árabe, podrán mantener el pulso mundial con el inglés. Las tesis de Lodares coinciden con la visión de la FAES: una España homogénea, moderna y expeditiva que, eliminando los obstáculos menores, se eleva hacia grandes conquistas internacionales. Una España optimista, situada en las antípodas del viejo autarquismo y del doliente sentimiento de 1898. Una España que, cabalgando sobre el fabuloso expansionismo madrileño, actualiza un añejo sueño imperial: reconquistar América. Las tesis de Lodares, a pesar de coincidir con las de la FAES, fueron editadas por Taurus (grupo Prisa) y avaladas por Álex Grijelmo (El País), actual director de la Agencia Efe. No es extraño.
En los días en que el amanuense real dejó traslucir sus lecturas de Lodares, Aznar había desplegado alfiles y torres en el tablero de Latinoamérica. Los principales bancos y empresas españolas, algunas de ellas catalanas, desarrollaban una poderosa exhibición: agua, telefonía, gas, petróleo, finanzas, televisiones. España terciaba en el horizonte latinoamericano: aspiraba a ser la potencia locomotriz. Pero llegó la crisis argentina y allí el aznarismo enseñó sus vergüenzas. Las empresas españolas actuaron según el guión de Toma el dinero y corre. El gobierno favoreció tal vergonzoso repliegue.
Evoco aquel fiasco español en Latinoamérica en estos momentos de doble crisis. La de las nacionalizaciones bolivianas, que afecta a la proyección internacional de España. Y la crisis negativista del catalanismo profundo. Una moraleja se desprende de ambas crisis. En España fracasan siempre los proyectos reduccionistas. El españolismo expansivo, ignorante de la real complejidad interior, es menos fuerte de lo que cree: muestra sus pies de barro. Y el catalanismo, cuando da la espalda a la idea de España derivando hacia el separatismo, acaba, impotente, condenado al malhumor. A nuestra compleja España no le sirve el discurso expansivo, beligerante y simplificador de Lodares. Al contrario, España necesita, por encima de todo, inteligencia emocional. Para positivar su variedad interior. Y para avanzar, mediante un liderazgo cooperativo, hacia el horizonte hispanoamericano (que, efectivamente, ofrece grandes oportunidades: no sólo a la España de matriz castellana, como saben desde hace siglos industriales, comerciantes y editores catalanes).
Ante los grandes retos, todas las energías españolas son imprescindibles.
Si en lugar de promover las sinergias hispanas se fomentan las típicas disputas cainitas, los grandes objetivos naufragan. Es lo que ha sucedido con la opa sobre Endesa. Sin pacto, pierde la economía catalana y pierde la española. A la España de matriz castellana le acaban fallando las piernas cuando desprecia o prescinde de la variedad interior. Sola y despectiva no se basta. La autopista del castellano es compatible con una sólida red de carreteras lingüísticas regionales en perfecto estado de salud. Serán carreteras menores, en número de hablantes, pero no secundarias, pues son imprescindibles para dar completo sentido al proyecto español común. Sin ellas, España es manca. Está descompensada. Fracasa en los momentos decisivos. El catalanismo negativista, por su parte, debe tomar conciencia de lo que tira por la borda cuando reacciona alérgicamente. Satisface instintos y rompe el tablero, pero ¿gana algo? Después del no, se levantará como el que despilfarra energías en espesas noches de juerga. Con dolor de cabeza, con ardor de estómago, condenado a los antiácidos y las aspirinas.

Escribe un comentario