La señora María tenía que operarse el pasado día 3 de mayo de cataratas después de pasarse un año en lista de espera. Por culpa de la huelga de médicos le han dicho que tendrá que esperar otro año más. Miquel y Lourdes llevan diez años intentando irse a vivir juntos y están desesperados buscando un piso de protección oficial digno después de ir saltando de un contrato temporal a otro. Y Xavier está indignado contra el mundo porque no va a poder estar en París, porque siendo socio del Barça y habiendo estado en Wembley, no podrá ver como el Barça conquista su segunda Copa de Europa.

Son distintos grados de irritación, algunos más trascendentes que otros, pero todos unidos por el mismo enfado contra el poder establecido. La señora María, Miquel, Lourdes y Xavi no irán a votar el próximo 18 de junio, y si lo hicieran, irían a votar que no, si de esta manera consideran que es la mejor forma de hacerles la puñeta a la clase política catalana.

Si durante estos dos últimos años había una cierta mezcla de hartazgo y desinterés por la forma en que se había planteado la reforma del Estatut, hoy, ante el momento decisivo del referéndum, los ciudadanos se mueven entre la perplejidad y la indignación. Nadie entiende nada. El partido que más ha hecho para que haya una reforma del Estatut ha acabado pidiendo el voto en contra porque el texto resultante no le parece suficientemente bueno. Y prefiere contentarse con un texto de 1979 que es todavía peor que el que se somete a votación, consciente de que no va a poder ser mejorado hasta dentro de cinco años como mínimo.

Esquerra tiene toda la legitimidad del mundo para pedir el voto en contra, y seguramente tiene mucho más sentido hacerlo así que el folklórico voto nulo político que predicaba hasta que las bases le hicieron cambiar de opinión. Lo que no tiene ningún sentido es que puedan permanecer juntos en el mismo gobierno que los partidos defensores del sí. El tripartito puede seguir haciendo juegos de manos y toda clase de pirotecnia para mantenerse en el Govern. El problema es que, aparte de hacer bueno a Jordi Pujol, están a punto de lograr que el electorado acabe tan mareado que se quede en casa sin votar o que vote que no sólo para hacer visible su enfado.

Y es que a un servidor, como a la señora María, Miquel, Lourdes y Xavier, lo que realmente le viene en gana el próximo 18 de junio es irse a la playa y hacer una botifarra simbólica a todos aquellos, Govern y oposición, que han estado en esta ceremonia de la confusión. Después de haber escrito que se podía lograr un mayor autogobierno en Catalunya sin necesidad de hacer un Estatut, después de haber criticado el pacto entre Mas y Zapatero por considerar que se había desaprovechado una oportunidad histórica para solventar de una vez por todas el encaje de Catalunya en España, me encuentro ahora pidiendo que la gente vaya a votar y que lo haga de forma afirmativa porque el país necesita superar este bache anímico y encarar el futuro con tranquilidad. Al margen del cabreo que podamos sentir todos, la pregunta que nos hemos de hacer es: ¿qué ganaría Catalunya con un triunfo del no?

El efecto Carretero
Entre diferentes dirigentes del PSC existe la creencia de que el culpable de la nueva crisis del tripartito tiene nombre y apellidos: Pasqual Maragall i Mira. Más de uno se arrepiente de haberle dejado hacer los últimos cambios de gobierno que provocaron la salida del conseller de Governació, Joan Carretero. Muchos ven detrás del voto contrario al Estatut de las bases republicanas el enfado de la militancia por la salida de Carretero. La agrupación del Pirineu de ERC fue la primera que defendió el no al Estatut.

CiU, a medio gas
Visto lo visto, la coalición nacionalista no va a jugar al cien por cien en la campaña del sí en el referéndum. La dirección de CiU duda entre invertir poco dinero y escasas energías en el tema o colaborar con el PSC en arreglar el desaguisado. Hay muchos dirigentes que entienden que es un problema de los socialistas y en algunas agrupaciones se defiende abiertamente el no, buscando lograr que Maragall se vaya a casa.

Silencio desde la perplejidad
Si hay que buscarle al actual Estatut una paternidad intelectual, hay que dársela al republicano Joan Ridao. Decenas de artículos han sido redactados por él y llevan su sello. Sin embargo, al final, su partido votará en contra. Ridao no habla estos días y está sumido en un estado de perplejidad y disgusto por cómo se están desarrollando los hechos.

jjuan@lavanguardia.es