Las especulaciones sobre los candidatos electorales de los populares asturianos se han acallado con la opción continuista.
LA trastienda de la derecha asturiana vivía una primavera agitada -reuniones, comidas, manifiestos-; un cúmulo de especulaciones se había desatado sobre el futuro candidato a la Presidencia del Principado, que dejaba en precario el liderazgo de Ovidio Sánchez y tiraba por los suelos la candidatura de Pilar Fernández Pardo a la Alcaldía del Ayuntamiento de Gijón. Tantas especulaciones para encontrarnos con que al final todo sigue como estaba: Ovidio será el rival de la izquierda para gobernar la región, De Lorenzo irá en pos de su quinto mandato como alcalde capitalino, Fernández Pardo será la alternativa a Paz Fernández Felgueroso y Manuel Peña optará nuevamente a la Alcaldía de Avilés. ¿Había materia para tanta emoción primaveral?
La presencia reiterada de Francisco Álvarez-Cascos en Gijón, por razones estrictamente familiares, había hecho volar la imaginación. Las bases del partido, como la dirección nacional del PP, eran conscientes de que Cascos es el mejor candidato posible a la Presidencia del Principado, porque aporta un capital político propio labrado desde los ministerios madrileños. Da igual que los socialistas demuestren, con números, que los Presupuestos Generales del Estado de la era Zapatero dedican más dinero a Asturias que los de la época de Aznar. La clave está en trazar políticas, mostrar avances, vender gestión. En caso contrario, el mejor ministro de Fomento sería aquel que lograra reunir más euros en los Presupuestos, así que la política quedaría reducida a los vaivenes de la recaudación de Hacienda, a pura tecnocracia. Cascos supo transmitir ilusión a la sociedad asturiana con la construcción del ramal oriental de la autovía del Cantábrico o con el proyecto del metrotrén, mientras que Magdalena Álvarez no sabe dar la cara para despejar los fantasmas que revolotean sobre el proyecto de la variante de Pajares.
Mientras las especulaciones sobre la candidatura de Álvarez-Cascos crecían, el ex ministro se mantuvo firme en su decisión de no retornar a la política. Hay en la vuelta de Cascos a la política asturiana un típico desenfoque de opinión provinciana. ¿Por qué al ex secretario general del PP y ex vicepresidente del Gobierno de Aznar le va a resultar estimulante luchar por la Presidencia de una pequeña comunidad autónoma uniprovincial? Cambiando el sujeto se ve más claro: ¿Si Rodrigo Rato volviera un día a la política española usaría el Principado como rampa de lanzamiento? Para dentro de dos años hay previstas unas elecciones generales que serán la prueba de fuego para el equipo de Rajoy. Desconocemos cuál será su resultado, pero sí podemos hacer un repaso de nombres en el PP y comprobar la reducida nómina de dirigentes de peso que han quedado sobre el campo de juego. Si descontamos los que se fueron al retiro europeo, los retirados de verdad y los castigados al infierno de la oposición autonómica, como Javier Arenas o Josep Piqué, quedan sólo cinco nombres: Rajoy, Acebes, Zaplana, y el dúo madrileño (Aguirre y Gallardón). Cualquier político de raza sabe ver que hay un hueco enorme para formar parte del sanedrín del poder.
Espíritu de bando
Es curioso observar que en la parroquia del PP los que más ansiaban el retorno de Cascos ponían sobre los hombros del ex ministro la realización de una doble tarea: sacar más diputados que el PSOE e IU y hacer un ajuste de cuentas interno en el partido. Ese grupo de 'hooligans', en vez de contar los votos que podían restar a Areces, hacían cábalas sobre el destino de Ovidio o sobre el candidato a la Alcaldía de Gijón que podría hacer tique con Cascos. Llegados a este punto es pertinente reflexionar sobre el vicio del gregarismo en la cultura política asturiana. Tanto Álvarez Areces como Álvarez-Cascos, los dos políticos asturianos más destacados, tienen una cohorte de seguidores, admiradores, logreros, que se desenvuelven en la vida pública sin portar una idea solvente, pero que siempre están dispuestos a gritar: ¿Viva mi amo! Ese tipo de gente entiende la política con espíritu de bando. Lo más llamativo es que jamás le han aportado nada positivo a Areces o a Cascos, pero utilizan la enseña de su líder como si fuera una posición de fuerza en el debate político.
Constatada la voluntad de Álvarez-Cascos de no retornar al ruedo de la política, la dirección nacional del PP ha optado por la continuidad en Asturias. Los aparatos centrales del PSOE y del PP se mueven por una lógica conservadora, y temen los experimentos y los saltos en el vacío. En el caso del PP hay una razón añadida para no agitar la controversia interna: la crisis de 1998. La dirección nacional del partido tiene un recuerdo traumático de lo que ocurrió con Sergio Marqués. Para una vez que se habían hecho con el poder en Asturias, el propio partido se encargó de pasar a la oposición durante el transcurso del mandato. Un caso sin precedentes.
Puestos a pensar en alternativas a Ovidio Sánchez, la única creíble para Rajoy y Acebes sería Gabino de Lorenzo. El alcalde de Oviedo es un político con una gestión brillante, pero siempre se ha regido por coordenadas municipalistas. En los últimos tiempos ha sido beligerante con los intereses de Avilés (Museo Niemeyer) y Gijón (Juzgado de lo Mercantil), así que levantaría más animadversión que ilusión su candidatura a la Presidencia del Principado.
La tercera tentativa de Ovidio de alcanzar la Presidencia de Asturias se produce en un contexto muy especial, ya que el fuerte debate nacional hace que en los próximos comicios autonómicos el voto sea tan ideológico como en unas elecciones generales. Los socialistas confían en que el avance de las autovías, la cofinanciación del Hospital Central o el apoyo de Zapatero a la planta regasificadora les traigan votos, pero es posible que la deriva del modelo territorial, las vergonzosas concesiones a los intereses del 'lobby' catalán (la opa sobre Endesa) o las blandas maneras de responder a los abusos de Evo Morales se conviertan en una carga onerosa para las expectativas del candidato socialista. Para hacer pronósticos, más que pensar en Ovidio, hay que valorar las circunstancias.

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