La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

7 Mayo 2006

La huella de la diosa, de Xuan Bello en El Comercio

Entre ron, mojitos, poemas y conversación trascurre una semana que acaba al son bailable de la gaita

Entre dos mundos

Lunes, 24 de abril

Un dios anciano

La Habana no deja de sorprenderme. Su humanidad -feliz y arremolinada entre los pies de un dios anciano que ha caído, demasiadas veces, en el pecado de la indolencia- trajina de un lado a otro sin descanso. No quiero decir con esto que el tópico del cubano -ya se sabe, como los andaluces vagos por naturaleza- sea ni mucho menos cierto. Yo, lo único que he visto, es gente muy trabajadora y aplicada en sus puestos. Lo que sucede es que la exquisita educación de la isla, una educación que propone otra civilidad paralela, obliga a la sonrisa y al comentario zumbón. Dos son las señas de identidad de este país: la belleza abigarrada, y sin embargo estilizada con una exquisitez barroca, y la ironía. Se puede hablar de cualquier cosa, incluso mal del gobierno, siempre que el retruécano esté presente en la conversación. A media tarde visito a Natalia Bolívar, una etnóloga muy afamada que me entrega su libro sobre los orishas. Ha estudiado, con mucha profundidad, la interrelación entre el cristanismo y las religiones africanas que vinieron hasta estas costas en los barcos de la esclavitud. Tataranieta de Simón Bolívar, en su casa se guarda una de las mejores colecciones de pintura cubana. Ha estado en Asturias, en el RIDEA, dando una conferencia. Pacientemente, mientras tomamos otro café, me habla con mucha erudición de la mitología asturiana. El Busgosu, ese fauno del bosque sagrado de la memoria, ha correteado varias veces por sus escritos.

Martes, 25 de abril

Páginas borrables

Leo mis poemas en el Instituto de Lingüística y Literatura. Virgilio López Lemus y Roberto Costa, dos poetas cubanos, comparten amablemente su mesa conmigo. La poesía de Virgilio, atenta y serena, me conmueve: «Te vas quedando solo. / Apoyaste todo tu amor en los ancianos / que te sonríen y luego se marchan. / Escribiste páginas borrables / y poemas de corta duración, como tu vida. / Ni los libros leídos ni los más amados / estarán contigo allá, que es dónde. / Abiertamente solo, vas pensando, en la noche, / cómo engañar a la soledad / con un monólogo, / con un aplauso».

Todos escribimos monólogos que recitamos, ante el espejo de los días inseguros, en soledad. Al salir del Instituto, sobre la calle Salvador Allende -«todo el mundo la llama como antes, Carlos III», dice el taxista- cae un sol abrasador. Flavio R. Benito, que me ha acompañado al recital, me dice que ama este país. Y cómo no hacerlo, me pregunto yo mientras descendemos por Reina en dirección a la Habana Vieja. Esta noche hemos quedado con Damián Viñuela en su casa. Quiere mostrarnos su colección de carteles políticos y charlar un poco de lo que importa: la poesía, la vida. La Habana, como un verso de Lezama, se retuerce barrocamente para descubrir en cualquiera de sus esquinas un centro íntimo, hospitalario.

Miércoles, 26 de abril

La historia de Nicolás Estévanez

Chavaco, un escritor que dice ser el astrólogo de las hermanas Koplovitz, que nos acompañó hace dos días a Carlos Madera y a mí a conocer a Miguel Barnet, el novelista de 'Gallego', me saluda en la avenida del Louvre, en la terraza del Hotel Inglaterra frente al Centro Asturiano. El otro día se empeñó en hacerme la carta astral, me pidió unos datos, y hoy aparece por aquí con aire misterioso de arúspice que ha encontrado, en las tripas de una hiena, difíciles signos que descifrar. Los nacidos el 10 de julio somos creativos, aunque no le convence el año, 1965, puerta de todas las desgracias. Además nací a media mañana, lo que me ha expuesto a innumerables peligros. Saturno y Urano, o algo así, ya salen de mi casa por lo que puedo aguardar, al menos, diez años de sosiego. «¿No has estado hace poco en peligro de muerte?», me pregunta. «No creo», contesto sonriente. Al final me recomienda unos ejercicios de yoga y un masaje muy sencillo. «Tienes que abrir el Chacra 7 para expulsar las tensiones que acumulas», me dice para tranquilizarme. Añade: «No me creo que no te haya rondado, hace dos o tres años, la muerte».

Esta mesa de la Acera del Louvre, bajo la lápida que recuerda a Nicolás Estévanez, se ha convertido en mi oficina. Apunto, observo, dejo pasar la vida frente a mis ojos con su sombra elástica de tigre. El 27 de noviembre de 1871 Nicolás Estévanez, capitán del ejército español, vino aquí a pasar la tarde como solía pero se encontró con un Louvre inquietantemente vacío. «¿Qué sucede?», preguntó al camarero en el momento en el que retumbaron, no muy lejos, unos disparos. «Los han fusilado», contestó el camarero compungido.

Los Voluntarios Españoles, una especie de organización para-militar organizada por los comerciantes de la península, habían forzado un nuevo consejo de guerra contra unos estudiantes de medicina a los que se les acusaba de haber profanado la tumba de un periodista. Allí mismo Nicolás Estévanez, que llegó a ser diputado en la I República, rompió su espada y juró no colaborar con un gobierno que permitía estas cosas. «Por encima de la Patria», dijo, «están la justicia y la humanidad».

Pido un mojito: observo los dibujos de los azulejos de las mesas, hechos por los mejores pintores de Cuba. Aquí al lado esta el Teatro García Lorca, donde Flavio y yo actuamos esta tarde en la Sala Lecuona. Cae la noche en el trópico: música, olores suaves y este silencio tranquilo, que me acompaña de la mañana a la noche como un buen recuerdo, un presentimiento grato de que por fin los caminos de mi vida han llegado a un recodo donde descansar.

Jueves, 27 de abril

Compostela, 2

Mi abuela nació aquí, en la calle Compostela, número 2. Es decir, en la Loma del Ángel, el lugar que escogió Cirilo Villaverde para situar su 'Cecilia Valdés', la obra que inaugura la novelística cubana. Me ha gustado la coincidencia: siempre mi vida me ha sabido a destino. Indago por los soportales intentando adecuar las memorias de mi abuela a lo que voy viendo. Partieron de aquí una mañana de 1930: en vano pregunto por la Carnicería de Baldomero Parrondo, mi bisabuelo. Un señor, sentado en las escaleras de una iglesia, me dice que asturianos había muchos, y me señala la calle hasta su confluencia con Obispo como diciéndome que alguien sabrá algo. Yo me siento junto a él e intento guardar esta luz, este silencio, en mi alma. Una sensación rara de felicidad me surge de muy adentro, como dándome un nuevo impulso. Me levantó y por estas calles, que parece que conozco de toda la vida, me dirijo a la plaza de Armas con la intención de comprarme una edición de 'Cecilia Valdés'. Una muchacho arrastra una pesada bicicleta y, como si me reconociese, me saluda.

Viernes, 28 de abril

Un guateque de los sesenta

Flavio, Chus Pedro, Pedro Pangua, Ángeles Arenas, Patricia Pérez y los gaiteros del Centro Asturiano de la Habana, hemos venido a una fiesta en el Nuevo Vedado invitados por Heidi, una bailarina de origen libanés que conocimos a la salida del Teatro García Lorca. Heidi toca en un grupo de música de fusión -melodías caribeñas con ritmos árabes- y le gustaría que este grupo de músicos, poetas y actores asturianos hiciesen algo con sus amigos artistas. La fiesta, muy agradable, discurre como un guateque aquellos de los 60, un guateque que resulta algo anacrónico y entrañable. Yo, como siempre, me he sentado en un sillón y me he puesto a charlar con un señor de acento difícil que está, por lo que se ve, tan perdido como yo. Es Mamud Dreza, un cineasta iraní que ha venido a Holguín a un festival de cine pobre. Mientras me habla de Teherán y de la poética de Kiarostami, Flavio se pone a tocar la gaita y de repente surge el milagro: la amigas de Heidi se ponen a bailar con toda naturalidad, como si hubiesen escuchado esa música toda la vida, y lo hacen bien, muy bien. No exagero si digo que es la primera vez que veo danzar al son de la gaita de esta manera. La verdad, es que es la primera vez que veo bailar de verdad al son de una gaita y un improvisado tambor.

Chus Pedro tampoco da crédito y saca algunas fotografías. Yo sigo charlado con Dreza y veo que alguien me saluda desde la puerta de la habitación y que me dice, con un fuerte acento gallego, si soy Xuan Bello. Es Carlos Pena, de Vigo, y jura que me vio en Bruselas en el recital que di en marzo. Está aquí por turismo: estaba sentado en el Louvre y le invitaron a esta fiesta. «Menuda la que tenéis montada aquí los asturianos», dice con una mezcla de sorna y admiración.

Sábado, 29 de abril

Último ron en el Louvre

Aún me queda una hora en La Habana, Salgo del Plaza y me voy a saludar, por última vez, las calles de esta ciudad. En la Acera del Louvre está José Matías Maragoto, director del Gran Teatro de la Habana y asesor del ministro de Cultura, esperándome. Me entrega un libro de versos, 'Arlequín en las alturas' y se despide de mí. ¿Qué hará mi corazón sin este rumor de fuentes en cada esquina?

Domingo, 30 de abril

La disposición del viajero

Ya en Uviéu, en mi casa, leo a Vittorio G. Rossi: «El viajero, con los bolsillos henchidos hasta el alma de la luz de los mares arriesgados, no vuelve nunca del todo. Siempre hay un recuerdo, una melodía, una postal o cualquier cosa que le dice que algo suyo se ha quedado allí lejos. Se imagina entonces su ausencia en el paisaje entrevisto, se acurruca entre las mantas del invierno, y se dispone a partir. La huella de una diosa antigua le indica que, incluso en sus sueños más íntimos, está en casa y en el extranjero».

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