Kirchner enfrenta un nuevo cuadro regional. El papel de Chávez y las decisiones de Evo cambian reglas. Y fuerzan la unión de la Argentina y Brasil. El Mercosur flamea. Pedido de España y gestión de Washington.

El desbarajuste en la región es tal que los problemas domésticos de la Argentina asoman de pronto pequeños y relegados. Pero no lo son. Néstor Kirchner, Lula da Silva, Hugo Chávez y Evo Morales se esforzaron después de la cumbre en Iguazú por disipar temores sobre la existencia de conflictos irremediables. El encuentro entre ellos sirvió para pulir asperezas: aunque sólo el tiempo dirá si son capaces de desactivar las desconfianzas y las diferencias.

La Comunidad de Naciones Andinas se astilló. Venezuela tiene problemas bilaterales con Perú y Ecuador. Brasil se sintió desafiado por la decisión del gobierno boliviano de nacionalizar los recursos energéticos. Nuestro país porfía con Uruguay por la instalación de las papeleras en Fray Bentos. La entrevista de Tabaré Vázquez con George Bush pareció el gesto más simbólico de su enojo con el Mercosur. Paraguay circula solitaria. Chile ha decidido aplazar cualquier intento de integración concreta al bloque regional y también de recomposición política seria con Bolivia. Prefiere acurrucarse en su normalidad. Cunde el temor por una posible balcanización.

Hace rato que Washington dejó de mirar hacia el Cono Sur y permanece atrapada por el lío eterno en Oriente Medio y la guerra en Irak. Pero en las próximas semanas hará una visita a la Argentina y Brasil John Maisto, el embajador de EE.UU. en la OEA. El diplomático, un experto en América latina, vendrá con una agenda concreta que escucharán Kirchner y Lula. Pero rastreará además las razones por las cuales la región ha comenzado a asemejarse a un volcán. Washington tiene una idea concebida.

Esa idea se llama Chávez. El caudillo de Caracas no es ajeno a ninguno de los conflictos que abisman la región. Rompió el bloque andino, se apareó a Evo, retó a la Argentina y Brasil cuando, en ausencia de ambos, concurrió a Asunción junto a los mandatarios de Paraguay, Bolivia y Uruguay. Acompañó a Evo a La Habana para una reunión con Fidel Castro. Kirchner y Lula creyeron descubrir su influencia en la rápida decisión —no tan sorpresiva— del presidente boliviano de nacionalizar los recursos energéticos.

Aquel comportamiento de Chávez representa, sin dudas, un compromiso político para Argentina y Brasil. Los dos países conformaron siempre a medias a Washington con la explicación de que era factible contener al presidente de Venezuela sin recurrir a otros ardides —como querían sectores republicanos— que dañarían la estabilidad regional. La fórmula pareció dar resultado un buen tiempo. Pero está claro que no arroja ya los mismos dividendos.

¿Qué ocurrió? Una variedad de cosas. La Argentina y Brasil le abrieron a Chávez por intereses y necesidades legítimas un juego en la región que no tenía. Venezuela es la tercera reserva petrolera del mundo y la posibilidad de construir el megagasoducto podría torcer la pobre realidad de la mayoría de los países de la región. El caudillo fue consolidando, a la vez, un enorme poder interno y externo.

La oposición política está en Venezuela dispersa. Una nueva clase empresarial se ha gestado alrededor del Presidente al amparo del auge petrolero. Los ingresos de PDVSA superaron en el 2005 los 65 mil millones de dólares. El Gobierno es propietario total de esa petrolera, lo cual le concede una gran capacidad financiera. Las reservas internacionales del país rondan los 30 mil millones de dólares. Chávez ha diversificado la inversión en varios países de Centroamérica, firmó convenios energéticos con muchas naciones del área y hasta se animó a la compra de bonos de la deuda externa argentina.

Lula no le reprochó a Chávez esa expansión, pero sí la manera desenfadada como transita la región. "No podés ir a todos lados y decir cualquier cosa. Lo hacés porque en tu país nadie te dice nada. Ni Kirchner ni yo podríamos hacerlo", describió. La amistad de Chávez parecería ahora distinta para los jefes de la Argentina y de Brasil: Kirchner transita un año político bisagra en búsqueda de la continuidad; Lula pone en juego este mismo año su reelección.

Washington traerá dos planteos que, directa o indirectamente, atañen a Venezuela. Maisto sondeará la postura de la Argentina y Brasil frente a la resolución sobre Irán impulsada en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Chávez dio un espaldarazo público al plan atómico publicitado por Teherán. Kirchner y Lula le hicieron conocer su desacuerdo al caudillo. Pero tampoco se sabe aún con certeza si acompañarían la condena que promueve Estados Unidos. Se sospecha que no.

El otro dilema es la titularidad temporaria de aquel Consejo. En setiembre volverá a tocarle el turno a una nación de América latina. Nuestro país la ejerció en marzo. Los candidatos serían ahora Venezuela y Guatemala. Washington no toleraría ver a Chávez aposentado por un tiempo en Nueva York y descargando su furia verbal contra la Casa Blanca. A Guatemala le cuesta reunir consenso. ¿Kirchner y Lula le darán vía libre a Chávez? Ese temor lo transmitiría Maisto.

Fuentes diplomáticas sostienen que podría tomarse un atajo que causara menos polución política. Quizás la propuesta para que Uruguay ocupe el sillón en el Consejo de Seguridad. Pero antes debería aclararse su vínculo enturbiado con la Argentina por las papeleras y también cierto malestar que causó en Brasil —perceptible en Iguazú— la distancia que tomó del Mercosur. Uruguay podría alcanzar aquel podio en la ONU sólo de la mano de los socios grandes del bloque.

La crisis con Uruguay es un síntoma inconfundible de que algo falla en el Mercosur. Pero no el único ni quizás el más grave. Existe otro agrupamiento interno que la fotografía de unidad de la cumbre de Iguazú no logró disimular: Chávez parece más afín a Evo como Kirchner y Lula lo son ahora entre ellos. La cronología de los hechos asienta esa impresión: Chávez y Evo se reunieron a solas, igual que Kirchner con Lula, antes de que los cuatro decidieran compartir las deliberaciones y las marquesinas.

Lula fue muy duro con Evo a raíz de la nacionalización del gas y del petróleo que golpea a Petrobras. Se quejó por una ingratitud del boliviano a quien ayudó en el tiempo electoral. "Me pasó con Evo lo que a vos te pasó con Tabaré", le dijo con amargura a Kirchner. Lula y Kirchner cuestionaron además a Chávez por no haberles avisado la semana anterior cuando estuvieron en San Pablo sobre las intenciones del presidente boliviano. El caudillo jura que Evo lo sorprendió.

El Gobierno argentino recibió una discreta solicitud de mediación de parte de España. Kirchner sostuvo que ningún bloque que se precie de tal puede tomar medidas intempestivas. "Se pierde toda credibilidad. Se hace difícil salir a negociar con el mundo", apuntó. Evo se comprometió a realizar una transacción razonable con las empresas que explotan el petróleo en su país. Después llegaron los abrazos, la risas y los gestos públicos de confraternidad. Kirchner y Lula tuvieron palabras respetuosas con la determinación adoptada por el mandatario boliviano. Pero detrás del respeto se cobijó también el desacuerdo.

Bolivia garantizó el suministro de gas a la Argentina y Brasil. Pero resta la pulseada nada simple para establecer el precio. Kirchner necesita el combustible para que no haya impacto dañino sobre el desenvolvimiento económico. Lula no puede ofrecer tampoco flancos en un año electoral. La industria chilena también depende, en buena medida, de aquel suministro. Uruguay está pasando un trance delicado porque Brasil le suspendió el suministro de energía a raíz de la falta de gas en varias de sus usinas. La Argentina está compensando ese déficit.

Uruguay no ha formado parte de ninguna de esas discusiones. El Mercosur no le conforma, pero el conflicto por las papeleras llevó esa crisis a la superficie. Tabaré se floreó en México y Washington aunque tuvo cuidado de aclarar que no dará un portazo en el bloque regional. Sueña con el libre comercio, pero enfrenta una realidad: su poderío de mercado es uno dentro del Mercosur y otro distinto si resolviera andar solo. Tiene además problemas estructurales —como el energético— a los que deberá buscarle solución en la vecindad.

Nada podrá normalizarse mientras el conflicto por las papeleras perviva. Las respuestas políticas en las dos orillas siguen siendo pobres y estériles. La Argentina hizo su presentación en La Haya, pero de la Corte de Justicia Internacional podrá salir alguna vez un fallo pero nunca una solución. La solución es competencia de Kirchner y Tabaré.

El Presidente nacionalizó el pleito con una convocatoria política inútil en Gualeguaychú que ayudó a la escalada. Aunque habría que marcar que —en su caso— el escenario poco tuvo que ver con el mensaje propalado. Hizo una defensa del medio ambiente y cuestionó la forma política en que fueron autorizadas las plantas pasteras en Fray Bentos, pero no embistió contra ellas. Abrió otra hendija para un diálogo con Tabaré como lo había hecho en marzo desde el Congreso.

Tabaré hizo alusiones duras en Washington hacia la Argentina que se asemejaron al exabrupto que el ex presidente Jorge Batlle tuvo en su época con Eduardo Duhalde. Desempolvó con poco tino a militares para que custodiaran el Puente Internacional por la masiva marcha entrerriana del fin de semana pasado. Replicará la demostración de Kirchner con un próximo plenario de ministros en Fray Bentos.

Haría falta que los dos Presidentes comprendieran que el Cono Sur no soporta más presión sin el riesgo de hacerse en cualquier momento añicos.

Copyright Clarín 2006