En los años noventa, mientras el PSOE se deslizaba por la pendiente y el ministro Josep Borrell construía la M-40 con la tozudez de un agrimensor jacobino, don Mariano Martos, marqués de Valcerrada, amenazó con encadenarse en un encinar de su propiedad en el término de Pozuelo de Alarcón, afectado por las obras de la gran autovía de circunvalación de Madrid. Llegado el momento de la verdad, el marqués envió a su abogado al encinar con las cadenas a cuestas. Fue muy comentado.

Diez años después, España ha cambiado. La baronesa Thyssen no llegó a cumplir ayer la promesa de encadenarse a uno de los hermosos árboles del paseo del Prado, pero sí participó en la manifestación ecologista contra la tala entre las plazas de la Cibeles y Neptuno, prevista en uno de los muchos proyectos emblemáticos que maneja el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón, un geómetra del poder, al que los madrileños, obedientes pero no mansos, han comenzado a tomar la medida. Ya le llaman el Faraón.

En Madrid no se habla de estos días de otra cosa, entre risas por el arrebato de la baronesa y reniegos por la apabullante cantidad de obras públicas en marcha. Lo cual seguramente es un síntoma de que las cosas de fondo no van tan mal. Tiene razón Fernando Ónega cuando escribe que España funciona razonablemente bien al margen de las histerias de sus políticos.

Los madrileños suelen ser obedientes ante la inexorable verticalidad del poder, pero los ojos les chispean cuando el aire huele a motín; aunque sea un motín chico como el de ayer en el paseo del Prado. Cada cierto tiempo, el Madrid de abajo envía una descarga eléctrica al de arriba, aunque sea un pescozón inocente, arbóreo y mediático.

Al Madrid de abajo siempre le ha gustado tener un aristócrata de su lado. El conde de Aranda protegió a Carlos III de las secuelas del motín de Esquilache simpatizando con los castizos. Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, siciliano impulsivo y buen ministro de Hacienda, había intentado imponer la capa corta bajo pena de doce días de cárcel y multa de seis ducados para europeizar las costumbres e identificar mejor a los delincuentes; Aranda, masón, campechano y risueño, mandó que los verdugos vistiesen sombrero chambergo y capa larga. El pueblo, siempre supersticioso cuando pasa hambre, pronto se sumó a la moda burguesa. Y los jesuitas, enemigos del siciliano, algo tuvieron que ver con la rebelión.

Ruiz-Gallardón, ilustrado y sobrino nieto del músico Albéniz, se mueve ahora por la monumental senda de Carlos III; mientras que Esperanza Aguirre Gil de Biedma, que sueña con lo mismo que el alcalde (el palacio de la Moncloa), va de Aranda. Aguirre, elegantísima, apoya a la baronesa y besa al pueblo.

El motín chico de ayer se inscribe en este cuadro. De manera que en él no se habló del novísimo derecho de la ciudadanía al paisaje, según las catalanas escrituras que Esquerra dice que no votará; ni se criticó que las administraciones madrileñas se hayan entregado sin pausa ni reflexión alguna a la arquitectura espectáculo. El Madrid popular es muy parco en teorías. La señora Beth Galí, presidenta del Foment de les Arts Decoratives, habría sufrido ayer en el paseo del Prado. Sólo Ricardo Aroca, decano del Colegio de Arquitectos, se ha atrevido a criticar el constante desfile de estrellas por la pasarela urbanística madrileña: los franceses Jean Nouvel y Dominique Perrault, los norteamericanos Cesar Pelli y I. M. Pei, los británicos Norman Foster y Richard Rogers, el japonés Toyo Ito, el portugués Álvaro Siza, presunto ideólogo de la tala... Siguiendo los pasos de Barcelona y Bilbao, la ciudad icónica ha sido entregada a la legión extranjera, pero a la brava, que es como en Madrid se suelen hacer las cosas.

El motín chico fue mediático y muy poco parisino. El señor Josep Ramoneda también habría sufrido. "Estamos aquí para defender a los árboles; esos seres vivos que no pueden expresarse ni defenderse", dijo una de las oradoras en un arrebato panteísta que viene a confirmar el imparable avance de lo religioso en la ciudad postideológica. La señora baronesa, de punta en blanco, sonreía ante las cámaras, mientras unos militantes de la CNT alzaban unas solemnes banderas rojinegras justo enfrente del museo, estos meses dedicado a las vanguardias rusas: de las improvisaciones de Kandinsky a las metáforas de Chagall. El torbellino de energía de 1917. Y la premonición, quizá, de los daños que ese torbellino iba a causar. En el museo, Lenin y Kropotkin. En el paseo, Arniches, la izquierda pagana y la baronesa rampante.