El duro oficio de gestionar riesgos y apagar incendios, de Jesús Cacho en Nueva Economía de El Mundo
La nacionalización de los activos bolivianos de Repsol YPF por Evo Morales ha servido para poner en evidencia los puntos débiles de una multinacional metida en un callejón de difícil salida. La 'tríada infeliz' de Repsol se reume en: pocas reservas, radicadas en zonas políticamente muy poco fiables y con un ratio de reposición muy bajo. Difícil tarea la que le aguarda a Brufau.
Dicen los expertos en buceo por las sentinas de la Casa Rosada, que el presidente Néstor Kirchner proyecta anunciar el próximo 25 de mayo la compra del 20% del capital de YPF, porcentaje equivalente a la participación que el Estado argentino mantenía en la compañía antes de su venta a Repsol. El anuncio sería el plato fuerte de la gran concentración que, con asistencia del propio Kirchner, los simpatizantes del Frente para la Victoria están organizando para esa fecha. El populista argentino ha hecho de la «recuperación de YPF» bandera de su programa electoral para las próximas generales, un eslogan capaz de presentarlo ante los más pobres como el Evo de La Plata. La enfermedad nacionalista se extiende como el aceite por la geografía del continente. En teoría, el Gobierno Kirchner echaría mano de las reservas del Banco Central para adquirir el paquete de YPF vendido en 1998 y 1999, un alivio si se tiene en cuenta que los rumores hablaban de nacionalizar YPF de un plumazo, al estilo Evo, pagando por ello lo menos posible.
Y ahí tenemos a Antonio Brufau, héroe del celuloide empresarial hispano de hace apenas un año, convertido ahora en gestor de riesgos al límite, bombero obligado a correr Latinoamérica de punta a cabo apagando fuegos que en su gran mayoría no son suyos, que vienen de lejos. En Buenos Aires andaba, como cada inicio de mes, cuando le sorprendió Morales proclamando «el derecho de que nuestra riqueza hidrocarburífera vuelva a manos de la nación y sea utilizada en beneficio del país», es decir, nacionalizando el petróleo y gas bolivianos. Las gentes de Repsol YPF se esfuerzan en relativizar el peso de Bolivia en su negocio global (el 1% del beneficio neto -3.120 millones de euros en 2005-; el 3% del resultado operativo -6.161 millones-, y el 2,5% del valor en libros de la sociedad -de unos 25.000 millones-), y es posible que así sea, porque la importancia del golpe recibido el 1 de mayo en San Alberto, cerca de Yacuiba, más que con lo material tiene que ver con lo simbólico, con su capacidad para identificar y hacer presentes ante los mercados los puntos débiles de una multinacional metida en un callejón de difícil salida.
Un callejón de importancia estratégica. «España es un país de tamaño medio, carente de recursos para competir globalmente con países como Francia o Alemania», dice el más reciente informe Stratfor. «Para hacerse presente en la escena internacional, Madrid volvió los ojos a la zona del mundo que mejor conoce: Latinoamérica, lo que explica que el Gobierno español, vía Repsol, haya apostado tan fuertemente por países suramericanos considerados por otras empresas como poco atractivos. De modo que España ha invertido en negocios ruinosos financiando proyectos de desarrollo de gobiernos que desea tener como amigos. Desgraciadamente para Madrid, esta política se está demostrando muy costosa». Exagerado o no, lo cierto es que la ocupación de posiciones abandonadas años atrás por los anglosajones, opción que en su día pareció razonable con gobiernos instalados en la senda de las democracias occidentales capaces de otorgar garantías jurídicas a la inversión extranjera, se ha revelado con el tiempo sumamente arriesgada por culpa del giro político experimentado por una mayoría de países de la zona.
Enfrentado a la disyuntiva de salir por pies o seguir adelante, Repsol ha decidido doblar la apuesta en países como Venezuela, animada por la excelente relación que el Gobierno Zapatero mantiene con un tipo tan poco fiable como Hugo Chávez, el ejecutor de las políticas de desestabilización que para la región diseña el viejo dinosaurio Castro desde La Habana. Repsol YPF fue la primera en aceptar el trágala impuesto por Caracas a las petroleras operando en el país: empresas mixtas, con mayoría de capital público venezolano, o puerta, que es lo que hizo Exxon saliendo por pies. Su puesto en el campo Quiamare-La Ceiba ha sido ocupado por Repsol: «Es verdad que hemos sido los primeros en realizar la migración de contratos, pero eso nos ha resultado muy favorable, ya que hemos cambiado participación accionarial por mejores precios y nuevas concesiones en la Faja del Orinoco, la más rica en crudos pesados del mundo, un tipo de crudo en el que estamos especializados y cuyo refino, gracias a nuestro Know how, nos da ventajas competitivas frente al resto».
La crisis desatada por Evo Morales ha venido a poner en evidencia la escandalosa liviandad del Gobierno Zapatero, incapaz de hacerse respetar por esos amigos populistas a los que jalea y financia.Brufau, el empresario español con mejor entrada en Moncloa, hace tiempo venía advirtiendo de los riesgos latinoamericanos que para su empresa alboreaban en la zona, ello ante la indiferencia de ZP, un hombre que desconoce la realidad del mundo empresarial y pasa de todo aquello que no forme parte del pequeño mundo de sus valores. La realidad es que el profeta del «buenismo» desdeña lo que no pueda reportarle alguna ventaja en términos de imagen y/o votos. Sólo cuando la oposición entra a saco reacciona enviando a Bolivia esa delegación que, presidida por un admirador de Evo, el señor León, salió de La Paz con la cabeza caliente y los pies fríos. Dicen ahora que lo arreglará él solito con Morales el próximo jueves, 11 de mayo, en Viena. Don Evo debe hallarse francamente impresionado.
A largo plazo pierden los bolivianos. El lenguaje, sumamente agresivo, de Evo hacia las empresas hará mucho más difícil la llegada al país de la inversión extranjera necesaria para aumentar las exportaciones. La tasa de ahorro interna boliviana no alcanza ni de lejos para financiar ritmos de inversión del 16% del PIB que el país necesita para crecer a niveles mínimos del 4%.
De modo que Repsol YPF se ha puesto de hoz y coz en manos del Gobierno Zapatero, lo cual acentúa la imagen de empresa pública que le acompaña, asunto que tiene algunas ventajas y muchos inconvenientes.El peor de los achaques que aquejan a la petrolera, con todo, es el bajo nivel de sus reservas, cuestión que suele escapar a la percepción del gran público. En efecto, si tenemos en cuenta que las reservas netas de petróleo y gas en Bolivia representan el 18% de las reservas probadas de Repsol YPF y las excluimos por nacionalizadas, llegamos a la conclusión de que la petrolera española tiene reservas probadas para siete años de funcionamiento a su nivel de producción actual, una cifra bajísima si se compara con las reservas de competidoras como Total (12 años) o BP (14).
Un dato que agrava la descripción anterior es que, en el ejercicio 2005, Repsol encontró nuevas reservas equivalentes a 74 millones de BEP, mientras que produjo, es decir, vendió productos petrolíferos por importe de 410 millones de BEP, de donde se deduce que el ratio de reposición de reservas se situó en torno al 17% de las ventas, asunto tanto más preocupante si de nuevo se compara con el de sus competidoras, que fue del 100% en Exxon, BP y Total, y del 70% en Shell. Conviene aclarar que ya en el destape que la petrolera efectuó a primeros de año anunciando un recorte de sus reservas del 25%, Brufau reconoció que sólo se habían auditado el 54% de las mismas, razón por la cual el mercado anda con la mosca tras la oreja respecto a la fiabilidad del 46% restante.
De manera que la tríada infeliz de Repsol se resume en pocas reservas, en gran medida radicadas en lugares tan políticamente poco fiables como Venezuela, Argentina y Bolivia, y con un ratio de reposición muy bajo. La búsqueda de nuevas reservas se ha convertido para la petrolera en un asunto angustioso, casi una cuestión de supervivencia, con medio mundo peleando a brazo partido en el mercado ruso por las reservas siberianas y, en menor medida, en el Oriente Medio. Repsol lleva tiempo buscando alguna ganga, pero por cualquier cosa hay que competir a cara de perro con balances mucho más potentes que el suyo. Un horizonte, pues, complicado, que dibuja un valor sometido a presión en Bolsa y una compañía expuesta al zarpazo de una OPA hostil, lo que lleva a algunos a sugerir alguna medida de urgencia doméstica, tal que un spin off de la propia Repsol o una fusión con Gas Natural bajo el paraguas de la Caixa. Dura tarea, en cualquier caso, la de un Antonio Brufau obligado a escudriñar el futuro entre el humo de tanto incendio.
jcacho_elmundo@hotmail.com

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