TRAS LA NACIONALIZACION DEL GAS EN BOLIVIA. El anuncio de la confiscación de la energía en Bolivia -inesperado, no por el contenido, sino por lo abrupto, por la ausencia de la negociación prometida- deja en ridículo la supuesta política exterior española.

Los acontecimientos de la semana, como el agua de este mes de mayo, caían sobre mojado: sobre los abrazos efusivos a ese Evo Morales con taimada y andina sonrisita de cocalero venido a más y revestido de los oropeles (a rayas, como su jersey) del populista/redentor de pueblos aherrojados; sobre la entrevista -¡bendita entrevista, tal y como han ido los acontecimientos!- del Grupo Risa que hacía confesar a Morales que el secretario de Estado de Asuntos Exteriores y para Iberoamérica, Bernardino León (ya saben, «un tal Bernardino»), le había prometido el oro y el moro si se hacía con la Presidencia boliviana, y sobre el surrealista artículo del jefe de León, Miguel Angel Moratinos, proclamando el triunfo de nuestra política exterior a mitad de camino de la legislatura.
Es oportuno recordar, en efecto, que 48 horas antes de la exacción (en su segunda acepción: «cobro injusto y violento») de Morales, que empobrece a Repsol y a sus cientos de miles de accionistas españoles (y foráneos, claro), Moratinos se marcó en El País un artículo bajo el inefable título de Del compromiso electoral a la España del mundo global (conocíamos lo del «mundo mundial», pero el «mundo global» ya debe de ser la repera) en el que sin rubor aseveraba: «En los dos primeros años de Gobierno se ha fortalecido la comunidad iberoamericana, sobre todo, a partir de la Cumbre de Salamanca. La concertación con Chile, Argentina, México y Brasil ha multiplicado las relaciones bilaterales. Esa dinámica propicia el acercamiento UE-América Latina y ha impregnado nuestras relaciones con Cuba, Venezuela y otros países de la región con quienes hemos construido un diálogo que aspira a un futuro respetuoso de los Derechos Humanos, estable y próspero».

La primera, en la frente. Esa postura buenista, este acercamiento a los últimos y más patéticos dirigentes del mundo con tufillo progre, todos ellos marginales en la política internacional, han arrojado nulos resultados para España; ahora los arrojan, incluso, negativos.

Los medios que arropan al Gobierno de Zapatero han reaccionado culpando ante todo al empedrado; en este caso, el desagradable señor Morales. En El País se editorializa con irritación sobre las «malas formas de Evo» («nacionalizar no puede equivaler a confiscar, ni a llevarse por delante la seguridad jurídica»), pero al menos se reconoce que esa decisión «es directamente un revés para La Moncloa»: «De poco han servido, siquiera para disponer de información previa, las conversaciones del jefe del Gobierno con Morales, o las del presidente de Repsol-YPF en La Paz». No debía de haber leído ese editorial Carlos Llamas, del mismo grupo editorial progubernamental, quien en su programa de la cadena Ser manifestaba con tono estupefacto su «sorpresa» porque Mariano Rajoy se hubiese atrevido a hacer reproches al Gobierno por este fiasco. Llamas se preguntaba qué tendría que ver nuestro Gobierno con todo esto...

No tenían esas dudas, claro está, otros medios menos ganados a la causa ésa del «mundo global» monclovita.

Por ejemplo, un editorial de EL MUNDO precisaba sus reproches, el pasado miércoles: «El Gobierno español llamó ayer a consultas al encargado boliviano de negocios, ni siquiera al embajador.Se trata de una reacción tibia y sin consecuencias que refleja la bisoñez con la que ha actuado el Ejecutivo en todo este asunto».

Por su parte, José María Marco apuntaba en La Razón que, como ese gas no llega a España, la gente no se va a ver afectada, salvo los accionistas de Repsol, «con lo cual Rodríguez Zapatero se podrá permitir seguir pregonando su propia utopía». Y agregaba: «Lo propio de la utopía, decía el liberal francés Jean-François Revel, es que no admite argumentos como refutación. Se conocen las consecuencias, porque ya hemos vivido otros intentos utópicos, pero como grandes simios que somos, las hemos olvidado. Así que aceptado el principio de que la utopía es realizable, que es lo propio de la política de Rodríguez Zapatero, sólo quedan los hechos. Como son tozudos, nos devolverán a la realidad».

La pregunta del millón es: sí, pero ¿cuánto tardarán?