Samuel Huntington escribió un libro en la década de 1990, La tercera ola (Paidós Ibérica, 1994), que no suscitó la polémica de su Choque de civilizaciones. Huntington concluyó que en el mundo moderno se han dado tres olas democratizadoras. La primera tuvo sus raíces en las revoluciones norteamericana y francesa, y su inicio lo sitúa en Estados Unidos, desde donde se expandió a Gran Bretaña y sus dominios de ultramar, parte de Europa y una estrecha franja latinoamericana. La siguiente ola comenzó con la Segunda Guerra Mundial, cuando la ocupación aliada creó instituciones democráticas en Alemania occidental, Italia, Austria y Japón. Y la tercera ola arrancó veinticinco minutos después de la medianoche del 25 de abril de 1974, en Lisboa, cuando una estación de radio emitió la canción Grandola Vila Morena.Esta tercera ola alcanzó a una treintena de países de Europa, Asia y América Latina.

América Latina inició el siglo XXI cuando el sistema democrático y/ o de economía de mercado no tenía competencia. En el siglo XX, los latinoamericanos intentaron dar por caminos bien distintos con la fórmula mágica para redistribuir la riqueza en un subcontinente malherido por la desigualdad. Los intentos se sucedieron con la revolución mexicana y las reformas de Lázaro Cárdenas, el régimen de Getulio Vargas en Brasil, el peronismo, la revolución boliviana de 1952, el castrismo, el golpe de estado de los militares reformistas peruanos en 1968, el triunfo electoral de Allende en Chile y la revolución nicaragüense. Pero, a finales de siglo, el hundimiento comunista en Europa, el desencanto con el castrismo y la derrota electoral de los sandinistas parecieron haber puesto fin a los experimentos. ¿Qué explica, entonces, el populismo que personifican Hugo Chávez y Evo Morales para preocupación no sólo de Washington?

La nacionalización de los hidrocarburos bolivianos demuestra ahora cómo ha cambiado el mundo. Hace treinta años, muchos correligionarios europeos de Allende comprendieron la nacionalización del cobre chileno; ahora ven las cosas de otro modo. Y es que la política exterior de un país, sea Estados Unidos o España, es la prolongación de las inclinaciones y condiciones internas. Pero si la política interior puede basarse en estadísticas y negociaciones entre los poderes ejecutivo y legislativo, la política exterior depende con frecuencia de la intuición para comprender lo que sucede en el extranjero. Como dice Robert D. Kaplan, la política exterior es "el arte, más que la ciencia, de la gestión de la crisis permanente".

Lo que se puede prever en política exterior es poco más de lo que prácticamente, como ocurre con las materias primas, no cambia. La ONU, cuando quiere averiguar el futuro, estudia variables como los índices de alfabetización y fertilidad, y después clasifica a los países según su Índice de Desarrollo Humano. Estos datos explican el presente pero también informan sobre el futuro. Un ejemplo: la suspensión de la segunda vuelta de las elecciones argelinas, en enero de 1992, no fue la causa del terrorismo islámico ni de la guerra civil, sino el pistoletazo de salida. Las causas fueron los elevados índices de crecimiento demográfico en las décadas de 1970 y 1980, lo que provocó la aparición de jóvenes frustrados que inundaban las ciudades, y la reinvención del islamismo como receta milagrosa. Los árboles, pues, no dejaron ver el bosque entre los occidentales.

¿Qué se les habrá escapado a las diplomacias occidentales que explique el nuevo populismo latinoamericano? ¿La desigualdad social? Sí, pero la desigualdad en América Latina es tan antigua como el hambre. Un reciente informe de Associated Press sobre la riqueza dice que millonario es quien posee tres millones de dólares como media mundial. En América Latina, un millonario disfruta de diez millones. Pero para entender la desigualdad latinoamericana falta algo tradicionalmente ignorado.

La política latinoamericana estuvo dominada en el siglo XX por ideologías importadas. Y ninguna solucionó el problema original: el conflicto entre los indígenas, que son mayoritarios, y el poder blanco. El boliviano Morales, en un país con el 70% de población indígena, habla de "unir a las 135 naciones indias para terminar la invasión que empezó con Colón". Pero quinientos años después, la elite económica sigue siendo blanca. Jorge Castañeda, ex ministro de Asuntos Exteriores mexicano, admitió en 1995 que la elite mexicana era cada día más blanca.

Los blancos pueden mirar por encima del hombro a los indígenas. Primero, porque tienen el dinero. Y, segundo, porque son mucho más altos. Un buen ejemplo es Vicente Fox, presidente de México, cuyo abuelo paterno era un estadounidense de origen irlandés. Pero Ollanta Humala, el indígena que puede ganar las elecciones peruanas, ya ha dicho que también nacionalizará los hidrocarburos. Es decir, no se bajan de la tercera ola, al menos de momento, pero sí de la economía de mercado. Posiblemente las nacionalizaciones no sean la fórmula mágica, pero el blanco pierde gas en América Latina.