«Arbol... ¡Cúmulo de riqueza! En ti se asiste el agigantamiento del tiempo y del paisaje».

Miguel Hernández

Se nos quiere olvidar que una de las más cruciales creaciones de la luz son las sombras. Entre otros motivos porque a pesar del uso literario y coloquial de la palabra, con claras connotaciones negativas, la sombra es consecuencia de su contrario. Una emanación positiva de la radiación solar. Es decir, creativa en infinita mayor medida que limitante.

Lo que hace a la moneda son sus dos caras. Lo que hace bellos a los paisajes arrugados es la sucesión de umbrías y solanas.La reparadora noche que entregamos, si hay suerte, a los sueños, es cuando el mundo entero se da la vuelta para descansar del esplendor y se echa una sábana de penumbras por encima. De ahí la enorme torpeza que supone deforestar, iluminar en exceso e incesantemente las noches con luces artificiales. No menos la evidencia de que el bulímico apetito de luz se convierta en un opaco porvenir para el conjunto de lo viviente por vía de la contaminación atmosférica.

La sombra es una parte imprescindible del todo. Y no solo porque todo tiene su proyección en los suelos cuando el sol ilumina, sino también porque la sombra repara y protege en tales proporciones que nada sería posible en este mundo sin la penunbra.

Esta hija mayor de la transparencia replica, como todas las creaciones a sus propios progenitores, afirmando que primar exclusivamente a la luz, que todo lo funda, es olvidar que demasiadas veces también deslumbra, calienta y hasta achicharra.

¿Es necesario recordar que somos hijos del bosque, que nuestra propia historia como seres vivos se desarrolló durante más del 95% del tiempo evolutivo como grupo zoológico bajo el paraguas del gran dosel forestal de las regiones ecuatoriales y tropicales del planeta? Menos mal que eso sigue impreso en algún esquinazo de la memoria.

No sobran sombras. Todo lo contrario. Aunque se afirma con argumentaciones en exceso tacañas que en nuestro Madrid contamos con infinidad de productores de sombras, lo cierto es que nos faltan muchísimas.Los aquí apiñados nos merecemos por lo menos diez veces más de las que engalanan nuestras calles, bulevares, parques, jardines y por supuesto ese incomparable vecino que es el Monte del Pardo, al que de momento no quieren, o mejor no pueden urbanizar.

El árbol en la ciudad es, si cabe, mil veces más imprescindible que en el campo. En primer lugar porque cumple funciones que nadie supera porque nadie puede imitar. Veamos: amortigua un tanto la fea mancha del cemento, del asfalto y el alarido del tráfico. La arboleda urbana es una casi gratuita, casi incesante pantalla contra la contaminación acústica y una pincelada de cariño. No menor resulta su papel de estabilizador del microclima de lo masificado. Que ya destaca por resultar siempre algún grado más caliente que un mundo en creciente ebullición. El árbol detiene hasta el 50% de las partículas en suspensión derivadas de la hoguera continua de los motores.

Apaciguar figura entre las destrezas del árbol. Lo hace combatiendo al calor, adornando nuestras miradas con ese frescor que del verde emana. Convoca a las asambleas de la conversación, a los juegos infantiles, al paseo en calma. Es lo que hace paseables a los paseos. Todo es más grande y más duradero con sombras con las que embadurnarnos.

Insisto: el árbol cumple incluso la misión de recordarnos de dónde procedemos. De ese entorno, en efecto, que produce todo lo que usa y de lo que abusa la ciudad. Poco o nada levanta tanto como las caídas sombras.

Por todo esto, no se puede sustituir al árbol y menos a los que han construido el mejor conjunto de servicios, por cierto gratuitos, de la urbe. Algo que sucede cuando tales vecinos se levantan por encima de los diez metros tras decenios, acaso siglos, de ternuras desplegadas. Abatirlas ahora, precisamente en el corazón cultural de Madrid, obviamente es algo que sólo responde a la obediencia que algunos creen deber al lado oscuro, sin paliativos, de nuestra civilización: la prisa. Esa desmedida urgencia por quedarnos solos, al sol, y por supuesto desolados.