Fútbol, globalización, identidad, de Manuel Castells en La Vanguardia
Si el Barça es más que un club, el fútbol es más que un deporte e incluso más que un espectáculo. Es una expresión concentrada de los dos procesos que configuran nuestro mundo: la globalización y la identidad. Ésa es la tesis de un libro reciente publicado en Estados Unidos por un periodista de The Washington Post bajo el título de El fútbol une al mundo. Una improbable teoría de la globalización.Por cierto, el autor se declara culé y dedica un capítulo al Barça, al que califica como "el discreto encanto del nacionalismo burgués", en contraposición a los equipos de los nuevos oligarcas, como el Milán de Berlusconi, o a los equipos del poder político como el Real Madrid, del que recuerda su pasado franquista.
En realidad, independientemente de la apropiación del sentimiento popular por parte de jerifaltes y capitalistas, casi todos los grandes equipos de fútbol están anclados en una identidad local que incluso a veces se proyecta como nacional, como es el caso del Barça o como fue el caso del Madrid como sustitutivo de una triste selección española. Aunque parezca paradójico que la identidad local vibre con ingredientes predominantemente globales: entrenador holandés y jugadores brasileños, africanos, holandeses, argentinos, mexicanos, franceses, suecos. Si bien en el caso del Barça la cantera mantiene un cierto nivel de catalanidad de origen que no se da en equipos como el Arsenal, el Chelsea o el Inter. Pero no es tan parodójico como suena, porque en un mundo globalizado las ciudades sede de los grandes equipos son crecientemente multiculturales, por lo que la mano de obra cualificada sigue la geografía de los mercados globales, según la división Norte/ Sur del planeta, en donde los recursos más valiosos están en el Sur pero acaban en el Norte, donde los pueden pagar.
La identidad no es étnica, sino simbólica. Se construye sobre el amor a los colores del equipo, a través de una trayectoria histórica. De modo que los jugadores y el entrenador son expresión de esos colores y se deben a los socios. Los clubs son la expresión de sus seguidores, como las empresas se deben a sus accionistas, al menos en teoría. Existe, sin embargo, una erosión de la base identitaria del fútbol en la medida en que su rentabilidad como soporte publicitario y de contratos mediáticos atrae capitales y conduce a la compra de clubs por especuladores globales, como han sido los casos del Chelsea y del Manchester. Pero incluso los negociantes saben que no pueden limitarse a dar espectáculo.
Lo que es rentable es comerciar con la identificación de la gente más allá de un resultado. Tal vez sea alienación, pero en un mundo en que hay tan pocas banderas que no se tornen en horcas, el fútbol representa una pasión relativamente benigna. Por más que también sea expresión de violencia y racismo, porque así somos. Y como el sentirse identificado con algo es más fuerte que el consumo, el fútbol es también un enorme negocio basado en una creciente demanda global. Un negocio que, en realidad, está salvando financieramente a la televisión, al tiempo que la televisión constituye su principal fuente de ingresos. La caída creciente de la audiencia de televisión y su fragmentación en una amplia gama de canales se ve frenada por la convergencia de audiencias en torno al fútbol y otros deportes espectáculo. De ahí que el lanzamiento de una nueva cadena en España se haga en torno al Mundial de fútbol 2006. Y de ahí que los contratos con las federaciones de fútbol sean determinantes en las estrategias de los grupos mediáticos.
Tal vez en un futuro próximo, la difusión de partidos por internet, combinada con la nueva tecnología de banda ancha y la conexión posible a la televisión digital, puede poner en cuestión todo el negocio televisivo. Es el fútbol, como principal contenido de masas, el que condiciona la televisión, en contraste con el origen de la globalización del fútbol, que dependió de los contratos mediáticos.
Ahora bien, la clave para que no se arruine el fútbol es mantener el equilibrio entre globalización e identidad. Es decir, poder operar en el mercado mundial para atraer insumos de alto nivel y exportar productos de calidad que conecten con la industria publicitaria, al tiempo que se mantiene la identificación de los aficionados con su equipo como expresión de su cultura local. El fútbol exclusivamente identitario va agotándose en la supervivencia esencialista sin logros deportivos (y si no, que le pregunten a mi querido Athletic).
El fútbol negocio, con pérdida de referencia a su base social, acaba diluyéndose en las estrategias de las multinacionales de la publicidad (y si no, que le pregunten a Florentino, que aún no entiende cómo los jugadores que venden más camisetas en el mundo no acaban de hacer un equipo). El ocupar ese espacio dinámico entre identidad y globalización es el verdadero secreto del actual Barça, la matriz de donde se deriva su juego bonito, sus buenos resultados y la estabilidad psicológica y organizativa del proyecto. Y ése es, en el fondo, el conflicto serio (más allá de lo personal) entre un Rosell (globalización multinacional con el Barça como soporte) y un Laporta (identidad local con proyección de valores globales). Una decisión clave de la junta directiva, duramente debatida, fue el rechazo a vender la camiseta al mejor postor, reservando ese soporte para mensajes de contenido humanitario. No sé si es sostenible, pero es una apuesta por un equilibrio entre lo financiero y lo cultural. Ese nuevo Barça se construye sobre el Barça tradicional, que tan bien analizó en su momento nuestro querido Manolo Vázquez Montalbán. Un Barça que persiste y que está hecho de tradición democrática, de afirmación nacional frente a Madrid y de regusto masoquista por el sufrimiento culé.
La final de París puede ser la línea divisoria histórica entre una caída aún más dura en el pozo de las frustraciones o el despegue hacia una globalidad cultural, y no solo económica, en el que ser del Barça sea una identidad compartida más allá de la Catalunya en la que se enraiza.
