Aquella mañana de mayo, un Inci aún bastante joven salía de casa con cierta premura (llegaba tarde al conservatorio) cuando se encontró en la escalera con el portero. El hombre, ya bastante mayor, subía a llevarnos el Diario de León, como cada día desde los tiempos en que Gutenberg iba a la escuela.

Tayo, hágame el favor –el buen señor se llamaba Trinitario–: a partir de hoy, si no le es molestia, súbanos también ese periódico nuevo que aparece hoy, no sé si sabe, uno de Madrid que se llama El País.

Tayo me miró con esa sonrisa indefinible que por entonces gastaba y dijo que sí, que bueno, que bien. Naturalmente, no me hizo ni puñetero caso: siguió subiendo cada mañana el periódico local y nada más, no porque al otro le tuviese manía, sino porque Tayo se manejaba en este mundo, creo yo, con la inercia esencial de tantísimos españoles para los cuales, entonces, todo cambio era peligroso o por lo menos temible. Subir el Diario de León era una rutina, como la misa de doce, el vino de los domingos a la una en el Peleas o hacer solitarios en su garita acristalada mientras pasaban, uno tras otro, los días, los meses y los años. Las rutinas no se cambian, eso está mal, debía de pensar Tayo. Nunca se sabe lo que puede pasar.

Pero yo formaba parte del nutrido grupo de españoles que, o no tenían demasiadas rutinas, por razones de edad, o estaban un poco hartos de las que había, y la impasible indiferencia de Tayo a mi petición me obligó a adquirir, precisamente, una nueva rutina: comprar El País todos los días. Rutina que cuajó en mi vida porque hoy, cuando se cumplen treinta años de aquella mañana de mayo, me doy cuenta de que no he dejado de hacerlo jamás. En algún viaje quizá; en Siberia, hace trece años, que no lo vendían (en Siberia, hace trece años, no tenían para vender nada más que su alma y el producto de la venta se lo gastaban en vodka, pero esa es otra historia). En Tánger, hace once, donde tuve que pasar un mes, compraba todos los días La Mañana, un papel en el que un tal Ahmed Alaoui escribía unas columnas hagiográficas sobre Hassan II que a mí me daban muchísima risa, porque el tipo hubiera puesto verde de envidia a Emilio Romero cuando glosaba las dulces prendas de Franco, y… El País. Un día, el quiosquero se creyó en la obligación de advertirme:

–Siñor, usted no da cuenta, usted no sabe, pero este piriódico es viejo, mire fecha, ¡tres días viejo! ¡Del lunes pasado, siñor!

–Ya lo sé.

–Todas noticias ya pasaron, siñor. ¿No quiere otro de hoy?

–No. Deme mi piriódico.

Puede que a ustedes les sorprenda, les incomode y hasta les enfade esto que estoy escribiendo. No me extrañaría demasiado. Vivimos en un país en el que el simple hecho de comprar un periódico se ha convertido en un acto político. La inmensa mayoría de los diarios no publican lo que ocurre, no cuentan sin más lo que pasa, ni siquiera cuando dan la información meteorológica o los resultados de la liga de fútbol. Publican lo que creen que su lector espera leer en ellos, con el tinte y el sesgo que suponen que el lector aguarda. El lector ya no compra un periódico u otro para informarse: lo hace para apuntalar sus convicciones y, en ciertos casos nada infrecuentes, para agarrarse cada mañana un preceptivo cabreo de no te menees, algo que no he comprendido nunca porque siempre he pensado que lo mejor es empezar el día con el mejor humor posible: no tardará en llegar alguien que te lo fastidie. Pero cabrearse ya uno mismo, por defecto y voluntariamente, desde que desayuna, me parece un disparate que sólo beneficia, en realidad, a los farmacéuticos que venden cosas para la úlcera.

Se ha perdido también, me imagino que como consecuencia de eso, la vieja cortesía de que unos medios feliciten a otros cuando les pasa algo bueno: ya no son competencia en el quiosco, ya no son rivales, ni siquiera adversarios: son enemigos unos de otros. Los medios, casi todos los medios (este que ustedes están leyendo es una milagrosa y refrescante excepción, Dios nos tenga de su mano muchos años), se han losantizado hasta extremos penosísimos.

Así es muy posible que algunos de ustedes piensen ahora, leyendo este elogio agradecido al diario El País, que yo soy un esbirro o un sicario o un submarino asalariado de Polanco, hombre al que no pocos de mis compatriotas, como digo losantizados hasta el borde mismo del aneurisma, odian con bastante más vehemencia que a Bin Laden, a Rasputín y al hombre del saco juntos. Pues miren, no es así. Yo a Polanco no le conozco de nada. No tengo hacia él ni agravios ni fervores de ningún género. No le debo nada. Él a mí sí, pero los cuatro duros que debió pagarme por una entrevista que publiqué en El País con la inolvidable Mercedes Soriano, hace como seis mil años, nunca los cobré, y hace mucho que se los perdoné de mil amores. No le guardo ni cariños ni rencores.

Pero sí quiero, y mucho, a ese periódico. Que no es perfecto, sin duda alguna. Que a veces me irrita cuando se pone mandón y prepotente y chulo. Que alguna vez ha caído en la indignidad de bajar a la pelea de barrio con los pedrojosés que sólo desean eso, el catch, porque saben que es el único modo de erosionar la credibilidad y el prestigio ganados durante tantos años de seriedad informativa.

Yo me aficioné a redactar noticias deslumbrado por las crónicas de Francisco Basterra desde Estados Unidos. Aprendí a comprender el complejo funcionamiento del mundo leyendo al inconmensurable Bastenier, quien, con los años, me descubrió los secretos alquímicos de Morgenthau, abrió mi pétrea mollera con la teoría del caminar de los eslavos hacia los mares calientes y me honró, sin yo merecerlo en absoluto, con su afecto. Guardo un amor invencible por la prosa cortazariana de Juan Cruz, por la mucho más adusta de Cebrián y por los golpes de ironía de Miguel Ángel Aguilar, que algunas veces se hacen desear como oasis en medio de un desierto de erudiciones.

Si yo fuese torero, en el altarcito de campaña que llevase de hotel en hotel no estarían la Macarena ni el Niño del Remedio, sino las fotos de Jesús de La Serna, Julio Alonso, Maruja Torres, Juanjo Millás, Manolo Vázquez Montalbán, Manolo Vicent, Josep Vicent Marqués, Fernando Savater, Pilar Bonet, Eduardo Haro, Juan Arias y Anita Alfageme, no necesariamente por ese orden y sabiendo que en el altarcito habría que hacer sitio para cien más. Como el amor de mi vida, Marisa Flórez, cuyas increíbles fotografías he tratado siempre de imitar… sin el menor éxito, desde luego.

Enfadarse con El País es muy fácil. Yo lo he hecho, repito, muchas veces. Pero también me enfado con Marité y con mi madre, y a ninguna de las dos dejo de quererlas… sencillamente, porque no puedo. Son parte de mi vida y, como me pasa con mi periódico, yo no sería lo que soy sin ellas.

Desde El confidencial milagroso en el que soy feliz y que no cambiaría por nada, porque esto sí que es un medio genuinamente libre y no una barricada cabreante, siento esta noche la necesidad de darle las gracias, por estos treinta años, a ese periódico que tantas veces me hizo feliz (ah, aquel 23-F, con Rosa Montero redactando valentías colectivas mientras España andaba acojonada) y tantas no, pero que ha crecido conmigo, me ha enseñado a escribir y gracias al cual aprendí a ver el mundo con lo que mi visión pueda tener hoy de serenidad y buen juicio, que eso ya no lo sé. Creo que es una espléndida noticia para España y para los españoles que El País haya cumplido treinta años.

Creo también que no deja de ser una buena idea, sin duda por lo excepcional, que desde un medio de comunicación español alguien felicite el cumpleaños a otro medio de comunicación español. Sé que muchos no lo entenderán, o no lo querrán entender, pero eso es algo cuya solución excede con mucho a las capacidades humanas. Al menos a las de tantos españoles de hoy, cabreados de oficio y de sol a sol.

Lo único que me revienta de esta historia, y la verdad es que me revienta mucho, es que los años que han pasado desde aquella mañana en que Tayo no me hizo ni repajolero caso sean nada menos que treinta. ¡Treinta años!...

Dios mío, qué mayores estamos ya todos.