Otras dos tiendas desfiguran la calidad de la Rambla de Barcelona: las dos que marcan el chaflán con la calle de Ferran. Hace unos años --bastantes, a fe mía-- aquellos dos chaflanes estaban ocupados aún por dos tiendas que correspondían al prestigio comercial de la Rambla y Ferran. En el lado de mar estaba la casa Miele, que vendía objetos fabricados con un metal que se llamaba precisamente "plata Miele" --un invento alemán de gran éxito internacional y que parece que ha desaparecido sepultado por la línea de electrodomésticos de la misma firma--, que imitaba las cualidades de la plata auténtica e incluso las mejoraba desde el punto de vista del uso doméstico. Con motivo de instalarse esa tienda lujosa y popular, el arquitecto Puig i Cadafalch realizó una reforma total de la casa y, todavía hoy, se nota su mano en algunos --pocos-- elementos que han perdurado: fragmentos de las rejas de la planta baja, ornamentación de los balcones y reordenamiento de ventanas.

En el lado de montaña estaba la tienda Beristain, de un estilo que aún podríamos denominar posmodernista, proyectado por uno de aquellos buenos decoradores de los años 20. Estaba dedicada a objetos, utensilios, ropa y abalorios relacionados con la caza y, por extensión, el excursionismo. Era una tienda elegante, lugar de encuentro de la buena burguesía deportiva, no tanto por su afición a la caza, al mar y a la montaña, como por aquella moda deportiva que se mostraba en la indumentaria négligée y que Beristain sabía adecuar a las nuevas tendencias "progresistas" de la gente bien vestida. Las bufandas escocesas, los jerséis de lana gruesa, los guantes de piel, los pantalones de golf, las botas de excursionista y los bastones de puño de cuerno --junto con los residuos, aún, de las armas y las herramientas de la caza y la pesca-- eran su tesoro comercial.

TODO ELLO se fue al traste cuando, hace unos años --consecuencia de un evidente abandono de la autoridad municipal-- la Rambla inició su fuerte descenso, con la desaparición de buenos comercios y buenos restaurantes, sustituidos por un alud irrefrenable de souvenirs, multinacionales de la mala comida y agencias de cambio. En la tienda Miele y en Beristain se instalaron dos establecimientos de conocidas cadenas de fast-food. El encabezamiento de la antes prestigiosa calle de Ferran cayó, pues, en una pobrísima imagen, porque la calidad estética de ambos locales estaba a la altura del bajo nivel de la propia gastronomía. No sé por qué la popularización del mercado conlleva siempre un empeoramiento del buen gusto.

Hace pocos meses, y al mismo tiempo, las dos instalaciones interiores han sido derribadas. Para algunos, renació, así, la esperanza del inicio de un cambio radical, ahora que se empieza a notar un cierto renacimiento de la calle de Ferran y que suponemos un mejor control municipal. Pero nada de nada. Solo en un par de meses los dos fast-food han revivido aún con más bríos. La calidad de la gastronomía debe de ser la misma, pero la calidad estética de las dos tiendas ha empeorado: son más llamativas, más desmañadas y más insultantes que antes. Son dos barreras de mal gusto que marcan la puerta de la calle de Ferran.
Ya lo he dicho antes: la popularización de la mercancía no tiene por qué dañar la buena imagen y la calidad estética. ¿Por qué estas empresas multinacionales del bocata, el frankfurt y la hamburguesa tienen que empeñarse en ser líderes del mal gusto las dos? ¿Quizá piensan que, una vez asegurado un tipo de público --acreditado por la hamburguesa recocida--, es conveniente no agitarlo demasiado con algún refinamiento estético, no sea que exija también una mejora gastronómica?

Por otro lado, el hecho es más ofensivo en una ciudad como Barcelona que, en los últimos años, ha mostrado una elevada cualidad estética en los bares y restaurantes, no solo los que siguen la tradición del "diseño moderno" que floreció en los años 80, sino, especialmente, los locales nada pretenciosos, caseros, quizá incluso provisionales y casi autoconstruidos, que marcan una red de bienestar estético y --no hace falta decirlo-- gastronómico. Es una lástima que los dos establecimientos del chaflán Rambla-Ferran no ofrezcan ninguna de estas dos cualidades.

La culpa directa es, como he dicho, de estas multinacionales especuladoras de la mala educación. Pero existe una culpa indirecta: la autoridad municipal. El ayuntamiento --con más o menos éxito-- intenta regular la calidad arquitectónica con ordenanzas, normativas dimensionales y compositivas, con la supervisión de unas comisiones de calidad muy exigentes. Pero de las tiendas nadie habla, como si fuesen solo un episodio privado. Y son precisamente las que limitan el espacio público y le dan buena parte de su carácter, tanto en los aspectos estéticos como en el contenido. Si "la ciudad es el espacio colectivo", las tiendas son ciudad. Y el ayuntamiento es responsable de esto, en especial en sectores tan comprometidos como el cruce Rambla-Ferran.

UN BUEN tendero de la Rambla --uno de los pocos que resisten-- me decía que ellos también eran responsables. Cuando, hace unos años, el ayuntamiento se propuso establecer un control de usos y de estética bastante rígido, los tenderos --arrendatarios y propietarios-- se rasgaron las vestiduras, porque, si se reducían los fast-food y los souvenirs, las cifras elevadísimas que ahora se pagan por los traspasos y las ventas se reducirían considerablemente y, por tanto, se perderían las actuales expectativas de hacerse ricos cerrando el negocio. Una decisión suicida que lleva a pensar muy mal del gremio de tenderos, quizá revalidando el tono peyorativo que a veces se atribuye con mala intención a su oficio.

ORIOL Bohigas. Arquitecto.