Su fama en España fue corta (años 70) y estuvo más ligada a la escritura experimental -tan de moda entonces- que a su lado de rebelde feminista lésbica. Este otro aspecto, fundamental en Monique Wittig, sólo empezó a verse (y eran los últimos fulgores de aquella escritura experimental) cuando se tradujo Brouillon d'un dictionnaire des amantes -Borrador para un diccionario de las amantes- de 1976, escrito en colaboración con su compañera y amiga íntima Sande Zeig.
No sabíamos que ese mismo año Wittig se marchó de Europa, a dar clases en universidades de EEUU, donde tanto la teoría de la deconstrucción (también Derrida triunfó en Estados Unidos, en los minoritarios y excelsos guetos de ciertas universidades) como el feminismo radical y los estudios Queer parecían mucho más avanzados.

Apenas retornó. Monique Wittig murió en Tucson -Arizona- de un ataque cardiaco el 3 de enero de 2003. Tenía 67 años. Pero su muerte hizo tan poco ruido o eco por acá, que en el libro que se acaba de editar en Egales, El pensamiento heterosexual y otros ensayos (su primera edición, en inglés, es de 1992, The Straight Mind), ni siquiera se dice que la autora francesa trasladada a Estados Unidos ya no vive.

La obra de Monique Wittig es corta y atractiva. Y responde a lo que dijo de sí misma: «Soy una lesbiana radical». No figura en mi antología poética Amores iguales -y posiblemente fue un error- porque las obras creativas de Wittig (por ejemplo Las guerrilleras o El cuerpo lesbiano), a pesar de su evidente lirismo, desbordante en algunos momentos, se editaron, también en España, como novelas o narrativa. Cuando se publicaron en francés -1969 y 1973- en plena hoguera de Tel Quel, novela o poesía -recuerden los que puedan o sepan- eran términos viejos y lo que valía era texto, nombre que englobaba cualquier producción que mereciera ser literatura, bajo aquella mirada. Quizá si la última producción de Wittig fue ensayística (el libro que acaba de traducirse) pudo ser por el desinterés con que la autora vería los rumbos nuevos de la narratividad. Pero su pensamiento siguió siendo radical, polémico y libre.

Las feministas de ahora no le interesaban porque no cuestionaban -decía- el histórico papel de la mujer. Para ella, mujer o fémina (es decir, lo femenino) eran construcciones culturales del todavía muy dominante pensamiento heterosexual, siempre en el poder.La naturaleza nos hace varones o hembras, pero no hombres ni mujeres, que son ya roles antiquísimamente aprendidos.

Su apuesta lésbica -más allá de la opción personal y de la defensa de derechos oprimidos- ayudaba a una lectura distinta de lo femenino, en tanto que para ella, una lesbiana no es una mujer, en el aludido sentido cultural. No sabemos si Wittig se percató (seguro que sí) de que las avanzadísimas teorías de las universidades americanas -de algunas- están más lejos de EEUU hoy que de la Europa que dejó. No hay paraísos. Pero vale la pena (y mucho) reencontrarse con Monique Wittig, aunque no faltará quien diga, ah ¿pero ha muerto?