Durante la guerra civil española nos visitaron personalidades poéticas de todas las latitudes. Una de ellas fue el argentino Raúl González Tuñón. Pese a que fuera un porteño de pura cepa, sus padres, Remigio y Consuelo, eran emigrantes españoles que habían ido en busca de su tierra de promisión a la cuna del tango, y su abuelo materno, Manuel Tuñón, fue un minero de Mieres que le llevó por vez primera a una manifestación socialista, como recuerda en uno de los romances de su magnífico libro «La rosa blindada» (1936):
Era un obrero del bronce / aquel que en Mieres nació. / Fue a América con barba / pero allí se la quitó. / Tenía yo nueve años / cuando un día me llevó / por entre los sobresaltos / de una manifestación. / Así nací al socialismo, / así comunista soy, / así sería si viviera / mi abuelo Manuel Tuñón.

A España lo trajo el compromiso histórico y una voluntad ideológica de reclamación social que había adquirido en Argentina, y que se plasmaría en la convulsa década de los años treinta cuando la agitada realidad iniciaba, por métodos espurios, la opresión sistemática y manipuladora contra las formaciones gubernamentales emanadas de la voluntad popular. Dicho compromiso, que ya lo había hecho suyo en tierras americanas, le llevó en volandas a la España de la II República, dispuesto a colocar su bien afilada capacidad versificadora al servicio de la franja nacional que sufrió en propia carne la sublevación de los africanistas el 18 de julio de 1936.

En la España que ardió en llamas y al lado de la que Raúl González Tuñón luchó a brazo y verso partido, el poeta es recibido con fervor y amistad por sus compañeros de letras, desde Neruda, León Felipe y García Lorca hasta César Arconada, Alberti, César Vallejo, Antonio Machado, Manuel Altolaguirre o Miguel Hernández, que le dedicó un rotundo soneto, de esos sonetos de matemática y asimétrica perfección que el de Orihuela componía con una suerte de improvisada genialidad, y en el cual hablaba sobre González Tuñón en unos términos que destilaban admiración sin tasa.

Poco antes de producirse el golpe de Estado de Franco, Raúl González Tuñón había regresado a su Buenos Aires natal para organizar la sección hispanoamericana de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, pero, tras conocer el fusilamiento de su amigo García Lorca, se vuelve a España como corresponsal de guerra del periódico republicano bonaerense «La Nueva España».

A la España en armas que cantará con dolorida amargura e inusitado entusiasmo militante en libros como «La rosa blindada» (1936), «Las puertas del fuego» (1938) y «La muerte en Madrid» (1939); a esa España arriba González Tuñón en 1933, y traba contacto con los principales líderes comunistas del momento, como la mítica Pasionaria. Aquí conoce los desmanes de la represión que sucedió al levantamiento minero de octubre de 1934, y de ahí surgirá su épica combativa que tiene en «La rosa blindada» su piedra fundacional. Años más tarde, González Tuñón calificaría a esta obra suya de «entrañable porque aquí se produjo una ruptura dramática, y a ese libro siguieron grandes tragedias, muchas muertes y exilios».

González Tuñón, en el prólogo que le puso a su poemario en la segunda edición de 1962, explicó la génesis de la obra: «Pasamos en Madrid casi todo el año 1935. Allí, un día, nos presentaron a Dolores Ibárruri, dirigente de Pro Infancia, entidad encargada de organizar la ayuda a los huérfanos de los mineros masacrados por las tropas moras y el Tercio Extranjero, por los "galápagos de pellejo duro que no se ruborizan". Ella nos puso al tanto de algunos hechos que habíamos conocido a través de cables sueltos y detalles de otros que ignorábamos, relacionados con el heroísmo y el martirio de los mineros asturianos».

Y a continuación la espoleta: «Tocado a fondo por la magnitud de aquel drama me lancé a la aventura de reflejarlo a mi manera». En septiembre de 1935, en un acto celebrado en el Ateneo de Madrid, González Tuñón compartió con los presentes los poemas dedicados a la insurrección minera del libro, siendo muy apreciado el dedicado a la memoria de Aida Lafuente y titulado «La libertaria», que posee una fuerza inusual y de solidaridad proletaria en el conjunto del corpus poemático del libro.

No será la única elegía de este período, abundando como abundaron los personajes carismáticos, enfundados en un aura legendaria. Es lo que se observa en dos poemas de «La muerte en Madrid», los dedicados al dirigente anarquista Buenaventura Durruti y al poeta noventayochista Antonio Machado. De Durruti se queda González Tuñón con su ubicuidad, con el carácter de activista infatigable inasequible al desaliento. En el caso de Machado, su muerte significa ya la derrota total del antifascismo español, pero la pervivencia, más allá de la muerte, de la convicción ideológica, de que las ideas defendidas fueron las que había que defender.

Los poemas de «La rosa blindada» aventuran la desolación de la guerra civil, como advertimos en el titulado «Cuidado, que viene el tercio», donde la entrada de la Legión es identificada con la muerte y la destrucción, recordando no pocas de sus imágenes la iconografía picassiana. La dignidad está representada en el libro de González Tuñón por las reivindicaciones de los mineros revolucionarios, cuyas razones no admiten sombra de duda.

Fue, sin duda, la de González Tuñón poesía combativa, de denuncia y compromiso político de un poeta que dejó en la maltratada piel de España buena parte de sus energías e ilusiones. No escatimemos nuestra deuda con él.