MAL ASUNTO cuando en el fútbol, en el amor o en la política ya no nos queda más esperanza que la prórroga. No va a haber dos horas más de votos para el Estatut. El tiempo es el que es.
En realidad la vida no es otra cosa que el tiempo. Somos lo que los años nos dan. A veces ni siquiera eso: somos en las horas, en los minutos, en los instantes que nos pueden llevar a la muerte inesperada. Tal vez el primer intento de controlar el tiempo lo encontramos en la Biblia. En Josué, 10:12-13 se nos cuenta la victoria de los israelitas contra los amorreos. Josué dijo: "Detente, Sol, en Gabaon, detente, Luna en el valle de Aialón". Y el Sol se detuvo, y la Luna quedó quieta hasta que la gente exterminó a sus enemigos. El dios de Israel demostró por primera vez que un retraso oportuno puede dar buenos resultados. También Phileas Fogg logró ganar su apuesta de dar la vuelta al mundo en 80 días precisamente por haber emprendido el viaje en dirección opuesta al Sol. Y los amantes, cuando deben separarse, siempre piden un minuto más, una caricia más, un último beso que les encadena al lecho. Cuando las cosas no se ven del todo claras nunca está de más una buena prórroga.
Las cosas no se deben ver muy claras cuando algunos defensores del Estatut aventuraron la posibilidad de ampliar en dos horas el tiempo de apertura de los colegios electorales. Se justificaba la hipótesis por aquello de garantizar una mayor participación, dando por supuesto que los votos negativos madrugan mientras que los votos afirmativos coinciden con los rezagados. Poca fe deben tener los promotores del Estatut cuando creen que el voto va a ser la última actividad que hagan sus votantes. Primero el desayuno, después la lectura del periódico, tal vez el glorioso polvo matinal, una buena ducha y a la playa, que ya es hora. Paella, siesta, caravana, descargar paquetes y de pronto, como si se hubieran olvidado de los donuts: "¡Ahí va, el referendo!". Y corriendo con el voto a cuestas miles de demócratas olvidadizos saldrán de su casa en pijama para depositar un papel en una urna cuando falten pocos minutos para las diez de la noche.
Votos con nocturnidad y con pereza. Alguien debería contabilizar esos votos de última hora como votos de valor doble. Al fin y al cabo ese voto vespertino indica que la vida política es tan plácida que estos ciudadanos y ciudadanas se habían olvidado de votar. Pero más vale un votante de última hora que un abstencionista de primera. Eso es lo que debieron pensar los agoreros convocantes. Por desgracia para ellos el horario no va a poder prolongarse. La ley electoral solo contempla la posibilidad de incrementar el horario en caso excepcional. Y no hay nada excepcional en el buen tiempo playero y la inminencia del verano a mediados de junio. No por mucho madrugar amanece más temprano. Y no por cerrar más tarde la democracia se fortalece.
Llega el Estatut como llegan los jugadores de baloncesto, pidiendo tiempo muerto para poder respirar. Llega el Estatut y a lo que más teme el Govern no es al voto negativo o al voto de la nulidad sino al barómetro, al cielo azul y al descanso dominical. Los redactores del Estatut querían poner en su preámbulo el derecho de todos los catalanes a la felicidad y ahora resulta que la felicidad puede ser contraria al espíritu democrático. Reloj: no marques las horas, cantaremos.

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