A perro flaco todo son pulgas o el callejón sin salida de Repsol en Latinoamérica, de Jesús Cacho en El Confidencial
Aquellos lectores de El Confidencial que no hayan tenido ocasión de leer el preámbulo del Decreto “II Eroes del Chaco” (así, como suena, sin hache y sin acento en el original, efectos de la revolución bolivariana en la ortografía del español), deberían hacerlo sin dilación. Se trata de un texto muy duro, muy agresivo, de hondas vibraciones revolucionarias, que rebasa con mucho el lenguaje utilizado hasta la fecha por Evo Morales.
Tal vez no sea ocioso recordar que la campanada con la que el compañero del jersey a rayas ha sorprendido a la industria mundial de los hidrocarburos y ha dejado a Repsol al borde del K.O. técnico, se ha producido inmediatamente después del regreso del mandatario boliviano de La Habana, donde compartió estrellato con Hugo Chávez, ambos a la sombra del Castro, el viejo tirano que sigue dictando lecciones –y con gran éxito, por lo que se ve- sobre cómo desestabilizar las pocas democracias que van quedando en Latinoamérica.
“Que en históricas jornadas de lucha, el pueblo ha conquistado a costa de su sangre, el derecho de que nuestra riqueza hidrocarburífera vuelva a manos de la nación y sea utilizada en beneficio del país”, dice el primer “Considerando” del Decreto nacionalizador. “Que las actividades de exploración y producción de hidrocarburos se están llevando adelante mediante contratos que no han cumplido con los requisitos constitucionales y que violan expresamente los mandatos de la Carta Magna al entregar la propiedad de nuestra riqueza a manos extranjeras” (...) “Que el llamado proceso de capitalización y privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB) ha significado no sólo un grave daño económico al Estado, sino además un acto de traición a la patria al entregar a manos extranjeras el control y la dirección de un sector estratégico, vulnerando la soberanía y la dignidad nacionales”. Todo en este tono.
La consecuencia de tanta verborrea revolucionaria es que el Estado boliviano recupera la posesión y el control total y absoluto de todos sus recursos de hidrocarburos. Después del anuncio efectuado a primeros de año sobre el recorte de sus reservas probadas, para Repsol YPF no podía caber peor noticia que la nacionalización de sus activos bolivianos, y quizá no tanto por la cuantía del daño recibido, que también, sino por la calidad del mismo, por su capacidad para identificar y hacer presentes los puntos débiles de una multinacional que parece enfrentarse a un callejón de difícil salida.
Complicado lo tiene Antonio Brufau, heredero de una serie de decisiones estratégicas que en su día parecieron plenamente razonables y acertadas, pero que con el paso del tiempo se han revelado sumamente arriesgadas. Tomar posiciones en América Latina era una opción razonable en un continente que parecía instalado de forma definitiva en la senda de las democracias parlamentarias occidentales, capaces de otorgar y hacer respetar plenas garantías jurídicas a la propiedad y a la inversión extranjera.
Huelga hablar del panorama político que hoy ofrece toda la región, tan distinto al esperado hace solo una década. Enfrentada a la disyuntiva de salir por pies de la región o seguir adelante, los gestores de Repsol hace tiempo que decidieron doblar la apuesta en los tres países en los que se asienta la parte del león de su actividad en la zona, Venezuela, Bolivia y Argentina, con lo que han conseguido doblar el nivel de riesgo al que se enfrentan.
En Venezuela se han visto obligados a aceptar compartir la propiedad, cediendo la mayoría al Estado en las empresas en las que participa. En Bolivia, la historia es demasiado reciente como para necesitar recordatorios ominosos, y en Argentina pende la amenaza de la renacionalización total o parcial de YPF. Porque esta es una de las incógnitas novedosas de la situación: saber en qué medida la iniciativa adoptada en Bolivia por Evo Morales afectará al orgullo populista y demagógico de Néstor Kirchner.
Un apunte adicional para recordar el papelón que está haciendo el Gobierno de Rodríguez Zapatero con sus amigos latinoamericanos de izquierdas. La política exterior española está en manos de verdaderos aficionados y así nos va. Resulta que los revolucionarios a lo Castro, a lo Chávez, a lo Morales y ya veremos si también a lo Kirchner, no entienden la filosofía del ‘buenismo’ de Zapatero y, desde luego, no la practican, de forma que cuando hay dinero de por medio y de dar jaque mate al extranjero se trata no hay “alianza de las sonrisas” que valga. Los Dioses nos cojan confesados con semejantes expertos. ¿Para cuándo una explicación oficial de Moncloa sobre lo ocurrido el 1 de mayo en Bolivia con Repsol YPF?
