Buenas noticias. Porque si hay alguien que renuncia a sus privilegios para entregar su propia vida a compensar el horror de otras vidas, son los cooperantes. Ellos se cruzan el planeta para dar las buenas noches a quien no puede apagar la luz para dormir, porque no tiene. Niños con ojos negros que te miran sin entender quién eres y qué carajo haces allí, pudiendo estar aquí.
Nos clavan la mirada e imaginan en alto nuestra vida mezclando sus valores y nuestros elementos, sus dioses y los nuestros, y creen que nuestra prioridad es ayudar al otro porque el único ser humano blanco que conocen es ese cooperante que defiende sus sueños con la fuerza que le da ser consciente de que esos sueños son necesidades tan básicas, tan impensables, como construir una escuela o un pozo de agua potable.
Si se asomaran a este lado del mundo verían que el desapego, la entrega, la paciencia y la capacidad de comprensión a la que están acostumbrados se torna en egoísmo, competitividad, ira, estrés y ambición. El paraíso.
El Consejo de Ministros acaba de aprobar el Real Decreto del Estatuto del Cooperante, que les garantiza un seguro, salario digno y seguridad social. Me quedo muda. ¿Es que acaso los 1.400 españoles que ayudan al desarrollo de los países más desfavorecidos convivían con la malaria, la desnutrición, la sífilis y el Sida sin tener acceso a los mínimos derechos que tiene cualquier trabajador de este país? Pues sí. Lo hacían. Sin discursos, sin tribunas, sin medios, sin reconocimientos, con amor, a través de la integración, del respeto, de la búsqueda de resultados en el tiempo, sin impactos inmediatos y precipitados, sin prisas, en silencio, a conciencia, sin violencia, con ganas. Así trabajan ellos. Lo he visto en Mozambique, de su mano, me he recorrido las aldeas más pobres de Zanzibia con Ayuda en Acción y he convivido con su cotidiana oscuridad. Lo he visto en Bishkek, a ocho y 10 grados bajo cero, con Salvar a los Niños, en los orfanatos de Kirguizistán. Y en Sierra Leona, cooperantes y el javeriano Chema Caballero intentando recomponer la vida de los niños-soldados, guerrilleros que después de matar, amputar y violar durante 15 años de su vida encontraban quién a pesar de todo, creía en ellos, porque un día otros guerrilleros llegaron a su aldea, mataron a sus padres manchando su memoria de sangre y destruyendo cualquier dependencia emocional porque así, completamente solos, jamás huirían de la guerrilla para ir a ningún lado. Hasta hoy, que tienen otra vez quien espera, quien escucha, quien lucha porque vuelvan a ser seres humanos.
Y no se trata de vivir un verano distinto, como voluntario, y resolver así el cupo de culpabilidad que nos ahoga por saber que su espantosa realidad es resultado de la nuestra, se trata de renunciar a todo e irte allí, a rodearte de enfermedad, de miseria, de expresiones de miedo y de dolor, de hambre, de locura.A cambio, eso sí, de ver día a día que sus vidas sin ti son unas vidas abandonadas, solas, como todas las vidas pero sin lo más básico, sin lo mínimamente necesario que requiere una vida para desarrollar la dignidad que requiere vivir. Y aún así, gracias a los que dejan todo aquí para mirarles, para compartir la oscuridad, para escucharles, son capaces hasta de sonreír.
Ahora el camino de estos 1.400 cooperantes anónimos se hará dentro de un marco jurídico concreto que empieza por definirlos y sigue por concederles un mínimo de protección. Supongo que significa algo. Supongo que, aunque tarde, afrontar los problemas es empezar a superarlos.

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