Carod-Rovira tiene una enorme facilidad para dotar de solemnidad las acciones políticas más descabelladas.Desde el viaje a Perpiñán a la petición del voto nulo en el referéndum del Estatut, no ha hecho más que equivocarse y perjudicar al tripartito, la única oportunidad desde 1980 de tener un Gobierno de izquierdas en Cataluña. Eso sí, se equivoca solemnemente.

La primera página de The Washington Post del viernes 9 de agosto de 1974 es un documento histórico. Certificaba que, por primera vez en los menos de 200 años que tenía Estados Unidos como nación independiente, la Prensa asumía oficialmente el oficioso título de cuarto poder que ostentaba desde a aprobación de la Primera Enmienda -la que consagra en EEUU las libertades de expresión y de información-. Había sido, en gran medida, precisamente el periódico de la familia Graham el responsable del acontecimiento que ocupaba la primera página del rotativo de aquella mañana: la dimisión del trigésimo séptimo presidente del país, Richard M. Nixon. Tras un brutal enfrentamiento entre The Washington Post y la Casa Blanca de Nixon, la Justicia y las cámaras de representación parlamentaria del país habían decidido procesar al presidente a través del inpeechment y obligarle a poner a disposición del público una serie de documentos sonoros que, a buen seguro, le habrían llevado a la cárcel. Para evitar el inpeechment y la consiguiente investigación político-penal, Nixon decidió abandonar la presidencia el 8 de agosto de 1974. El diario que había acabado con la carrera política del presidente decidió salir a la calle al día siguiente sin reivindicar de forma excesiva su papel en el acontecimiento. La primera página de aquel día tenía un gran titular a cinco columnas -sólo el tamaño de la letra, casi 10 centímetros de alto, revelaba la importancia que tenía la cuestión para el rotativo- que sólo informaba de la rendición del presidente: «Nixon Resigns» (Nixon dimite). Ni ése, ni ninguno de los otros cuatro titulares que aparecían en la primera del Post hacía referencia al Watergate, y ni una sola de las informaciones que aparecían en la portada estaba firmada por Woodward o Bernstein. El segundo titular en importancia, sobre una imagen de Nixon fundiéndose en un abrazo con su hija Julie rezaba simplemente que el hasta en-tonces vicepresidente, Gerald Ford, iba a asumir la presidencia ese día. Lo más llamativo de aquella primera era el titular del cuarto inferior izquierdo de la página: «The Solemnity of Change» (la solemnidad del relevo).Parecía carecer de sentido. El presidente se había visto obligado a dimitir como consecuencia de trascender que había ordenado varios delitos graves desde el despacho oval, que había recaudado fondos de forma ilegal y que había obstaculizado, además, las investigaciones. Además, le iba a suceder un vicepresidente que ni siquiera había sido elegido democráticamente. Gerald Ford se convirtió en vicepresidente durante los primeros meses de 1971, después de que el vicepresidente electo, Spiro Agnew, se viera forzado a dimitir por otro escándalo de corrupción. La única legitimidad democrática con la que contaba Ford era que el Senado había refrendado su nombramiento a manos del propio Nixon. Así que, ¿cómo podía ser solemne el relevo? La respuesta hay que buscarla en la necesidad de los propios norteamericanos de ver un referente de solidez en sus instituciones
Pero lo escandaloso puede ser solemne, más allá de las fronteras estadounidenses. En Cataluña ha ocurrido y ocurre más a menudo de lo que creemos y, tal vez, por razones similares a las estadounidenses.Las dificultades de dicción de Josep Lluís Carod-Rovira -incapaz de pronunciarlas, en catalán o en castellano, convierte las erres en des, algo especialmente evidente cuando van precedidas de otra consonante- jamás han impedido que sea un excelente orador.De hecho, Carod domina el arte de la oratoria en todos sus aspectos.A diferencia de otros políticos, sea pronunciando un discurso, interviniendo en las cámaras parlamentarias o compareciendo ante los medios de comunicación, el presidente de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) siempre declama. Controla perfectamente la puesta en escena, de manera que, aunque su actitud y su discurso son los de un agitador, su tono siempre es solemne. Era solemne el pa-sado jueves, cuando compareció ante los medios de comunicación para anunciar que su partido va a pedir, «preferentemente», a sus electores que fuercen el voto nulo en el referéndum sobre el nuevo Estatut que se celebrará, previsiblemente, el próximo 18 de junio. Como en el caso de la toma de posesión de Gerald Ford como trigésimo octavo presidente de Estados Unidos, la pregunta es evidente: ¿Cómo es posible que quien ha venido sistemáticamente poniendo en peligro la continuidad del tripartito de la Generalitat con sus reuniones con ETA, sus desplantes al pueblo israelí, sus llamamientos al boicot de la candidatura olímpica Madrid 2012 -que acabarían por provocar la campaña contra los productos catalanes en el resto de España- anuncie de forma tan solemne que ha optado por la peor de las soluciones para el Govern que sustenta? Y la respuesta también es clara: porque tanto él como su electorado necesitan revestir de grandeza una decisión descabellada.

Sólo el triple salto mortal de Pasqual Maragall con su remodelación de Gobierno ofrecía una posibilidad de que el tripartito sobreviva más allá del referéndum del 18 de junio. El desgaste de Maragall y del sector del PSC que ha optado por pedir tiempo al presidente Zapatero -partidario de romper con ERC y convocar unas elecciones tras el referéndum que posibiliten un acuerdo estable entre los socialistas y CiU- para intentar mantener la Generalitat en manos del tripartito podría haber sido en balde tras imponer los republicanos al conseller de Governació, Xavier Vendrell, cuestionado por sus presiones a los altos cargos de ERC, y, sobre todo, tras la petición del voto nulo aconsejada por Batasuna. El tripartito corre más riesgos ahora. Eso sí, es un riesgo solemne.

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