Sacerdotes y religiosos protestaron hace 40 años por las torturas infringidas a un estudiante / La policía los dispersó a golpes y, en el rotativo 'Tele/eXpres', su director Ignacio Agustí los calificó de «bonzos incordiantes».
Vecinos, comerciantes, empleados, viandantes y conductores quedaron petrificados en la Via Laietana poco después del mediodía de aquel miércoles, 11 de mayo de 1966, por la insólita escena de 130 sacerdotes y religiosos perseguidos y apaleados por agentes de la Policía Armada ante la Jefatura Superior y en las inmediaciones.El clima de oposición antifranquista que vivía la ciudad desde comienzos de los años 60 había prodigado las huelgas, manifestaciones obreras y estudiantiles o encierros de universitarios, artistas e intelectuales, pero aquel episodio quedó grabado en la memoria popular por desbordar los límites de lo insólito.
Una llamada telefónica advirtió aquella mañana a varios medios de comunicación de que se preparaba una marcha de clérigos desde el Obispado hasta la Jefatura de Policía con la intención de entregar un escrito de protesta por las torturas infligidas al estudiante de la Escuela de Ingenieros Joaquim Boix Lluch, detenido por su significación al frente del movimiento universitario contrario al régimen (dos meses atrás había tenido lugar la famosa Caputxinada).Pero la iniciativa también se inscribía en la campaña Volem bisbes catalans, iniciada aquel mismo año tras conocerse el nombramiento de Marcelo González para la diócesis de Barcelona.
A las 12.30, los manifestantes, con vestido talar, se congregaron en el claustro de la catedral para entregar una copia del escrito al todavía arzobispo, Gregorio Modrego, quien se encontraba fuera de Barcelona en visita pastoral, y en su ausencia lo dejaron en manos del vicario general, Juan Serra Puig. Yo cubría la información para la agencia Europa Press, y al llegar a la explanada de la catedral me encontré con Antonio Figueruelo, de El Noticiero Universal, y Josep Aliaga, de la agencia Efe, quienes seguían a distancia los acontecimientos. Después, se fueron sumando otros periodistas, entre ellos Manuel Vigil, del diario Ya, y Manuel del Arco (Tele/eXpres), así como Patrick Buckley, corresponsal de la agencia Reuters, el único que estaba en condiciones de informar sin censuras ni interferencias.
Después de rezar una plegaria con la lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Tesalónica, los eclesiásticos establecieron el orden del día para dar sentido del acto que pretendían realizar, consistente en una marcha pacífica y silenciosa (sin interrumpir el tráfico) hasta la Jefatura Superior, entrega de la carta al jefe de la Brigada Social, Antonio Juan Creix, y el rezo de una oración final en la iglesia de Sant Francesc de Paola, frente a la comisaría y junto al Palau de la Música.
Pero el programa no discurrió por los cauces tan animosamente previstos por sus organizadores. Nada más abandonar la catedral y avanzar en fila de a dos en fondo, los singulares manifestantes se vieron escoltados por miembros de la Brigada Social con la intención de disuadirles de sus propósitos, primero con exhortos, y después con imperativos. Pero el grupo siguió impasible y en silencio por la calle Joaquim Pou. Al llegar a la entrada de la Jefatura les cerraron el paso numerosos efectivos de la Policía Armada, y el oficial que estaba al mando les preguntó a gritos por el motivo de su visita. Un sacerdote respondió que se trataba de hacer entrega de una carta al señor Creix, pero les dijo que no querían ninguna carta y les ordenó que se dispersaran. El grupo insistió, y en ese momento empezaron las cargas policiales a golpes de porra, que alejaron a los manifestantes del lugar.Uno de ellos lanzó el escrito en dirección a la entrada de la comisaría, pero fue a caer sobre el capó de un vehículo de la propia policía, de donde lo recogió un agente y se lo guardó en un bolsillo.
El escrito, del que después se repartieron algunas copias entre los periodistas apelaba a la dignidad de la persona humana, consagrada por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, a las enseñanzas del Concilio Vaticano II y a la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo, al tiempo que expresaba un ánimo contrario al trato infligido al estudiante detenido.
A todo esto, el tráfico estaba parado debido a que sacerdotes y policías ocupaban la calle. Era la salida del trabajo, y las ventanas y balcones, lo mismo que los comercios, estaban llenos de involuntarios espectadores. Las oficinas principales de La Caixa, situadas entonces en la confluencia de la calle Jonquera, interrumpieron su actividad para concentrarse empleados y clientes en lo que sucedía en la calle. Un grupo de manifestantes trató de buscar refugio en la iglesia de Sant Francesc de Paola que, contrariamente a lo que habían previsto, se encontraba cerrada.Mientras eran hostigados de nuevo por los efectivos policiales para que se dispersaran definitivamente, se pudo escuchar un fugaz intercambio de palabras entre un inspector y algunos sacerdotes: «¿Les parece edificante lo que están haciendo?», les pregunto.«Sí, señor, muy edificante», se atrevió a responder uno de ellos.«Pues, a rezar o a casa, inmediatamente».
Un incidente dentro del incidente se produjo cuando uno de los curas asestó un manotazo que hizo caer al suelo la gorra de un agente. Un miembro de la Brigada Social se lanzó sobre el autor con este aviso concluyente: «¡Como te vea levantar otra vez la mano, te mato, sinvergüenza!» Según un texto redactado días después en Montserrat por algunos de los protagonistas de la manifestación, se trató de un «gesto instintivo de autodefensa» que fue «lamentado por todos». La versión del informe de la policía difería notablemente: «( ) Al llegar este grupo de sacerdotes a la altura de la Jefatura Superior, los Policías Armados que se encontraban de servicio en la misma les conminaron, también, para que se marcharan, sin hacerles caso y hasta el extremo de que uno de los sacerdotes dio una bofetada a un Policía Armado. Seguidamente, el Jefe de la Fuerza, ante la actitud inconcebible de resistencia y desacato de los que se amparaban en su condición sacerdotal, ordenó a la fuerza que disolviera la manifestación »
La nota identificaba a varios participantes, entre ellos los sacerdotes Estadella Sagrera, García Bartolomé, Agustín Daura, Jorge Piquer, Carlos Casademont, y el entonces párroco de Gallifa, mossen Dalmau.
Estos hechos tuvieron amplia repercusión en la prensa internacional y menos en España, pese a haberse aprobado el 18 de marzo la Ley de Prensa de Fraga Iribarne. En la tarde del mismo 11 de mayo, varios sacerdotes fueron al arzobispado para solicitar que se aplicara el canon 2.343 con la excomunión a los policías que habían agredido al grupo manifestante. El arzobispo seguía ausente, y quien les recibió les dijo que había que distinguir sobre si la agresión «había sido al presbítero o al hombre».En los días que se siguieron se especuló sobre el particular hasta llegar a sugerirse que la excomunión podría afectar al general Franco como la máxima jefatura del Estado. Con el pasar del tiempo, el asunto quedó archivado en la paz del olvido. No se olvidó, en cambio, el artículo aparecido en el vespertino Tele/eXpres firmado por su director, Ignacio Agustí, en el que calificaba a los sacerdotes de «bonzos incordiantes». La campaña de protestas desatada llevó al propietario del diario, Jaime Castell, a sustituir a Agustí por Carlos Sentís.

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