LA UNIVERSIDADE de Santiago elegirá claustro y rector el próximo día 10, y la de Vigo, que está a punto de entrar en campaña electoral, lo hará a finales de este mismo mes. Las elecciones de Vigo coinciden con el final del mandato de Gustavo Docampo, que, después de culminar dos períodos pletóricos de actividad, deja una institución muy consolidada y firma un balance de gestión extraordinario. En el caso de Santiago, el rector Senén Barro aspira a la reelección, aunque, al igual que en Vigo, compiten dos candidaturas.
La importancia de estas elecciones puede medirse en dos dimensiones. Una externa, en la que está implícita la gestión de las propias universidades, con sus amplios recursos personales y materiales, y con la profunda transformación que se deriva de la creación del espacio europeo de educación y de su necesaria adaptación a la sociedad actual. Y otra externa, en la medida en que forman parte del complejo entramado de organizaciones institucionales y cívicas que completan la red de participación y decisión de una democracia avanzada. Por eso puede decirse que las elecciones universitarias interesan, o deberían interesar, a toda la sociedad, y que es un error contemplar estos procesos desde la óptica exclusiva de un cambio de rector.
En el caso de Galicia puede decirse, además, que la única fuente de innovación y de cambio social efectivo procede de las universidades, y que, más allá de jugarnos en ellas el futuro profesional y la realización personal de nuestros hijos, nos jugamos también -dicho con énfasis- el futuro del país. Por eso debería preocuparnos sobremanera el fantasma de una abstención irresponsable que recorre estos días los campus de Vigo y Santiago, y por eso deberíamos de exigir al cuerpo electoral universitario, en el que casi todos tenemos presencia directa o indirecta, que plantee sus opciones en términos de estricta democracia y gobernabilidad, eludiendo cualquier atisbo de nihilismo o de revancha, y tratando de elegir rectores que, en el marco de las mayorías claustrales, y en función de la cualificación profesional y técnica de sus equipos, tengan la capacidad de gestionar y actualizar tan complejas instituciones.
La responsabilidad del voto universitario se contrasta con las propias instituciones y con toda Galicia. Por eso tiene sentido que los ciudadanos pongamos la lupa sobre un electorado que -aunque parezca mentira- no suele ser ejemplar en sus actitudes y respuestas. Porque las universidades se pagan con nuestros impuestos, y porque su nivel de eficiencia se refleja, mucho más de lo que se cree, en el progreso de nuestra economía, de nuestra cultura, de nuestra salud y del país entero.

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