Hace unos años, la política gubernamental catalana era admirada en Europa con moderación y era respetada en España con prevención, aunque estuviera siempre bajo la sospecha de incubar cierto secesionismo. Hoy es despreciada con risas, despierta una fuerte animadversión o, en la propia Catalunya, resulta incomprensible y sin objetivos concretos. Ante lo que un notable político extranjero me pregunta: "¿Por qué los partidos en el Govern pelean sin cesar y hasta lo hacen entre sí los socialistas?". Mi respuesta: "Lo ignoro". Nueva pregunta: "La intensidad y la unanimidad con que todos los partidos catalanes han articulado y exigido el nuevo Estatut ¿responde a un estado de ánimo popular?". Nueva respuesta: "No". El caballero, entonces, razona: "Claro, se trata de una situación política sin poder real y entonces ensimismada y por lo mismo exaltada, es evidente que si en su enfrentamiento con España la Generalitat de Catalunya tuviera algo serio que perder para el país, esos políticos no actuarían así".

Argumenta luego un servidor, sin mucha lógica con lo antedicho: "Los varios sectores clave de la derecha española, si pudieran, nos cortarían las alas". Mi interlocutor: "No lo crea. Si pudieran, les dejarían como están y hasta les aumentarían sus atribuciones, pero tales sectores tampoco constituyen en verdad nada decisivo, el problema es que sólo se sienten vivos en su derrota electoral y así se hallan carentes de un proyecto político y por ello se ven impelidos a buscarse enemigos más que amigos, como sería lógico si estuvieran seguros. Y es tan así que han creído necesario entablar también una guerra civil entre el empresariado español y catalán, cuando el entendimiento de ambos -que son de derechas- había sido ejemplar".

"¿Qué puede pasar?", indago. Él: "La Unión Europea está basada en el consenso, es el primer imperio en la historia que se forma con un pacto multilateral y sin recámaras hostiles, por lo que ustedes actúan de espaldas a su naturaleza y discurso. Por tanto, es imposible que funcionen como lo hacen. Pero, a la vez, todo se mueve según su peso más que según su astucia, por lo que supongo o sería de desear que de la confusión en que vive España surgiera un mayor poder o acuerdo español global y entrelazado, superior o más preciso que el actual, al que diría que va a adherirse a través de su voto - o sea, obligando a los partidos- la mayoría de los españoles y de los catalanes. Y que sin duda será más moderado que extremado, esto último carece de sentido en la UE. Lo que favorecería a los catalanes, pero que podría perjudicar al catalanismo". "¿Y si no?". "El furgón de cola".