El Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales de 2004 y profesor en la Universidad de Princeton, Paul Krugman, es un hombre agradecido. «Estoy orgulloso de la historia inmigrante de América, y agradecido de que la puerta estuviera abierta cuando mis abuelos huyeron de Rusia», escribió el pasado 27 de marzo en The New York Times.
Pero Krugman, que es el representante más destacado del ala izquierda del Partido Demócrata, opina que, justo con sus abuelos -judíos que huían del antisemitismo rampante en la Rusia zarista- la cuota de inmigración en Estados Unidos se ha completado.

El argumento de Krugman es el contrario al del diputado Tom Tancredo. El no está en contra de la inmigración por razones culturales, sino económicas. O, más bien, sindicales. Los inmigrantes trabajan como esclavos, no se afilian a sindicatos, no plantean problemas laborales de ningún tipo y, en el supuesto de que estén autorizados legalmente para votar, no suelen ejercer ese derecho civil dado que su grado de movilización política es bajísimo. Así que gran parte de la izquierda estadounidense opina que, si Bush está a favor de la inmigración, es porque quiere que en EEUU haya una mano de obra dócil y sin derechos.

Krugman -probablemente el columnista más audaz de Estados Unidos- ha planteado esa tesis en términos rotundos: «El plan de Bush de crear un programa de trabajadores invitados está claramente diseñado por y para los intereses empresariales, que estarían encantados de tener una fuerza laboral de bajos salarios que no pudiera votar».

Para este eterno candidato al Nobel de Economía el plan de la Casa Blanca para aceptar a más extranjeros pondría a EEUU «en el camino de Dubai», un país del golfo Pérsico en el que el 85% de la población son inmigrantes sin derechos políticos: una sociedad dividida entre una elite local dirigente y una masa de trabajadores extranjeros.

La tesis de Paul Krugman no sólo es compartida por los sectores de la izquierda, sino también por un número creciente de demócratas de centro. Hace tres semanas, dos centristas -el historiador Michael Lind y el director del think tank New America Foundation, Steve Clemons- publicaron otro artículo en The New York Times en el que afirmaban que el Congreso está actuando de una forma que implica que «EEUU está atrayendo a demasiados físicos y a muy pocos peones agrícolas». En otras palabras: si Washington no cambia su política, para competir con países como Canadá, Reino Unido y Francia en la captación de talento extranjero y cierra sus puertas a los trabajadores no cualificados, se expone «a perder la carrera por los mejores cerebros».

Pero los inmigrantes no sólo preocupan a los sindicatos. También a los negros. Un sondeo del Centro de Estudios Pew revela que el 22% de los afroamericanos conocen a alguien que ha perdido su puesto de trabajo a manos de un inmigrante. Entre los blancos, el porcentaje cae al 14%.

Muchos, como el presidente mexicano, Vicente Fox, han dicho que los inmigrantes «hacen los trabajos que los negros no quieren». Esa es una frase que aterra a los líderes latinos en EEUU. «Afirmar eso tiene la connotación de que a los negros no les gusta trabajar», ha declarado a EL MUNDO la vicepresidenta del Consejo Nacional de La Raza -el lobby de los latinos-, Cecilia Muñoz.