El problema del desafío nuclear iraní no estriba en la falsa polémica de si esta energía tendrá un uso civil o militar. Parece obvio que el segundo país productor de petróleo y gas de Oriente Próximo y el cuarto de todo el planeta, con el 12% de las reservas de crudo existentes y el 15% de las de gas, no necesita energía nuclear para uso civil, sobre todo teniendo en cuenta que, aparte de la industria energética, que supone el 80% de todos los ingresos de Irán, apenas existe en la antigua Persia un tejido industrial y un consumo que pongan en peligro estas ingentes reservas. Esta polémica no es más que una maniobra de distracción propagandística destinada a conseguir la comprensión de la opinión pública internacional, explotando el generalizado sentimiento antinorteamericano.
En realidad, los apoyos que está recibiendo Ahmadineyad por este asunto, tanto dentro de Irán como en el resto del mundo musulmán, no lo son porque defiendan el derecho iraní a tener una energía alternativa que no necesitan sino porque consideran que mientras países vecinos y potencialmente enemigos, como Israel, Pakistán o la India, tengan la bomba atómica, Irán también tiene derecho a tenerla. En este planteamiento, el radical Ahmadineyad podría, incluso, coincidir con su predecesor, el reformista Jatami, verdadero responsable del programa nuclear iraní, puesto en marcha a espaldas de la comunidad internacional.
La única diferencia entre ambos es que mientras Jatami estaba dispuesto a supeditar el programa nuclear a los acuerdos existentes sobre producción de uranio enriquecido, Ahmadineyad utiliza esta herencia como un arma para mantener y reforzar un sistema integrista que ha perdido la mayor parte de su respaldo popular. Aquí es donde realmente está la gravedad de la actitud de Ahmadineyad. El presidente iraní representa la vuelta al periodo más duro y agresivo de la Revolución iraní, cuando la República Islámica se presentaba como modelo político por todos los países musulmanes.
Esta proyección exterior del régimen iraní es propia de la subcultura de los basijis y pasdaranes (voluntarios y guardianes de la Revolución), en la que se han formado tanto Ahmadineyad como sus principales colaboradores; una concepción del mundo que vive al margen de la realidad, fuera y dentro de Irán. Mientras el resto del país sueña con el desarrollo económico y las antenas parabólicas, Ahmadineyad dice actuar por mandato divino para preparar el retorno del Mahdi, el imam desaparecido del chiísmo que se encargará de hacer la verdadera justicia en la Tierra. Habrá quien argumente que, pese a representar a los sectores más oscurantistas y retrasados de la sociedad iraní, Ahmadineyad ganó unas elecciones presidenciales.Este argumento es sólo un espejismo. En Irán no existen elecciones de partidos políticos y todo el proceso electoral, desde la elección de los candidatos hasta el recuento de votos, está controlado por una dictadura teocrática que no tolera el menor cuestionamiento del sistema islámico. Esta razón y la incapacidad de Jatami para democratizar el país ha llevado a casi el 70% de los iraníes a dar la espalda al actual Gobierno.
Precisamente por ello, Ahmadineyad está utilizando esta confrontación internacional para explotar en su beneficio los arraigados sentimientos nacionalistas de los iraníes, incluso atrayendo a sectores laicos.Pero esta estrategia encierra un serio riesgo para el propio Ahmadineyad.
El nacionalismo iraní tiene un importante sustrato antimusulmán, que añora el esplendor del imperio persa y que, incluso, considera que el chiísmo no fue otra cosa que una reacción nacionalista de los persas frente a la amenaza otomana y su religión de Estado: el islam suní.

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