La propensión amonestadora es un vicio genético del intelectual, aunque tiene muchos vicios más: el peor de todos, incluso peor que el de reñir, es la adicción a sí mismo como modelo de referencia. Se hace ley y patrón del gusto, y el gusto en democracia es una compleja red de mecanismos correctores que conviven en una extrañísima armonía móvil. La armonía la pone básicamente el dinero: la capacidad adquisitiva de las gentes cuando deciden comprarse películas a 10 o a 20 euros, aunque no vayan a volver a verlas jamás, o cuando adquieren por gusto, con ganas, porque sí, libros que quizá no llegarán a leer, o quizá sí. Pero ésa debe ser una mala armonía porque irrita sobremanera a espíritus sensibles que transigen con dificultad con ese mundo real en el que muchos lectores se lo pasan muy bien trasegando leyendas mágicas y falsas, o persiguiendo fábulas infantiles con escobas voladoras. Parece que esas aficiones desmesuradas estén dañando algo central, capital, de sus propias biografías o sus intereses particulares.

Casi nunca es así. La reprimenda del intelectual se vuelve perversa cuando cree que sus exigencias son una medida plausible del placer y la alegría de ciudadanos con vidas intelectuales más pobres. El éxito comercial pasa a convertirse entonces en la peor amenaza que ha caído sobre nuestra cultura literaria. Y es al revés: para una cultura literaria tan inmadura todavía como la española, es un problema insignificante, y en realidad diría que no es un problema. Su salud no va a medirla la cantidad de ediciones que vendan Dan Brown ni Pérez Reverte, sino la pluralidad de lectores y lecturas que sea capaz de engendrar un sistema nunca lo bastante libre y valiente, plural y oxigenado, cargado de buenas intenciones ilusas y de otros tantos fracasos catastróficos. Su mal mayor no consiste en ganar muchos lectores de novela de poco peso y novedad, ni en ganar un público lector más o menos fiel a una determinada marca de fábrica (o autor). Ése es nada más que un efecto de la industrialización galopante que han vivido nuestras letras en los años de la democracia, y el proceso de adaptación de las clases intelectuales a esa convivencia con lo vulgar (o exquisito) y exitoso no está siendo fácil.

Y ES CASI ritual la pregunta que nos hacemos muchos y que sólo contestaría una encuesta de lectura bien fabricada: ¿el best-seller engendra lectores curiosos o sólo narcotiza lectores de un libro o un autor? Yo tiendo a creer que de la cantidad sale la calidad, y cabe suponer que este último Sant Jordi habrá engendrado nuevos lectores potenciales para novelas de Vargas Llosa o de García Márquez a partir del éxito fulgurante de La catedral del mar, de Ildefonso Falcones.
La revista Granta ha repetido tres veces desde 1983 un experimento destinado a encajar socialmente la literatura joven, de nombres desconocidos y valiosos, sin padrinos ni premios comerciales: ha montado un sistema de lectores que cruzan sus lecturas y votan a las que creen las mejores promesas para insertarlas en el mercado con ese aval de calidad y prestigio. Es una forma de promoción inteligente, de la que nos hemos beneficiado todos, porque a muchos los ha traducido Anagrama, y entre ellos estuvieron nombres como V.S. Prichett, Martin Amis, Ian McEwan. Ese sistema nació sin el menor propósito de competir con los éxitos comerciales de otros autores: trabajaban para sí mismos, porque querían encontrar nuevos y valiosos novelistas y darlos a conocer en un mercado en el que compiten y malviven de unos y de otros tipos. El combate pendiente está en explotar el mercado de acuerdo con intereses propios (como hacen tantas pequeñas editoriales), en lugar de infrautilizarlo (o quejarse), y ser capaces de hallar fórmulas que asuman sin tapujos la naturaleza industrial de las editoriales, dispuestas a seguir editando libros mientras haya lectores, pero urgidas por hacer aumentar también su volumen de negocio sin que eso borre la ansiedad de publicar libros de calidad (que siempre serán pocos). Los lectores en España han crecido sustancialmente y no son peores de lo que lo eran antes; sí se han hecho imprevisibles, porque mientras algunos son adictos a algunos tipos de obras sin prestigio culto, otros consiguen aunar ambas cosas: el prestigio de los letraheridos y unas ventas eficientes.

LA MEJOR vía para enriquecer lecturas triviales y hacerlas distintas, menos gregarias y tipificadas sólo es una conquista individual y el mercado presta una inmensa ayuda para eso. Y si el gusto se educa con esfuerzo, la primera condición del esfuerzo es el placer de emprenderlo. Un miserable quiosco de hoy da más posibilidades de romper rutinas mentales de las que nunca hemos tenido acá, y parece extraño que sea hoy justamente cuando tantos confunden la proliferación de títulos con la banalidad, cuando la banalidad solemne es demasiadas veces el peor encubridor de la pereza por saber cómo han ido las cosas por ahí fuera, fuera de los escritorios silenciosos, quiero decir.

JORDI Gracia. Profesor de Literatura Española de la Facultad de Filología de la UB.