Lo quiero todo, de Tom Burns Marañon en Nueva Economía de El Mundo
Hay un discurso, llamémosle carca, de viejo y casposo gruñón que no tiene vuelta de hoja. El discurso indefectiblemente empieza preguntando «¿de qué se quejan?» y acaba lanzando a los protestones aquello de «que se den con un canto en los dientes» o alguna otra expresión al uso. ¿Que hay trabajos aburridos, mal pagados y precarios? Pues claro, y por ahí se empieza. En cualquier caso, los de hoy no admiten comparación con trabajos duros de verdad cuando la mecanización no existía y los estudios, el ocio y la comida caliente estaban al alcance de muy pocos. El mero hecho de indagar sobre los peores sectores y sitios para el joven currante ya irrita. Antes de ayer, cuando la posibilidad de elegir y de trasladarse era una quimera para la mayoría, se hacía de todo y a todas horas para poco a poco, con ingenio y con suerte, salir adelante.
Esto nos lleva a la reflexión sobre las profundas transformaciones sociales que ha habido en un abrir y cerrar de ojos y que nos han depositado en la aldea global de hoy. Por ello se dirá que de poco o nada sirve poner ejemplos que pertenecen a la prehistoria. Nuestra sociedad consumista, cómoda e intercomunicada, está condenada a la insatisfacción porque lo quiere todo y lo quiere ahora -I want it all and I want it now según pedía la banda Queen cuando puso música al grito juvenil-. Lo sensato es admitir que si mucho se quiere, habrá que esperar un tiempo prudencial y hacer disciplinadamente los deberes para adquirir las habilidades que podrían permitir alcanzar tales ambiciones materiales. Muchos datos, entre ellos unos recientes de la Fundación Alternativa, sin embargo, indican que aumenta el número de quienes abandonan los estudios para ganar ya un sueldo, el que sea. El gruñón del discurso repetirá que no se quejen. Y tiene razón. Al menos han podido elegir.
