Más allá de las provocaciones y de las advertencias iraníes y de los avisos occidentales, especialmente estadounidenses, todo da a entender que ni Occidente ni el régimen de los ayatolás están en condiciones de exponerse a lo peor. Bush puede decir que no descarta ninguna posibilidad, incluyendo, naturalmente, la militar, aunque anteayer se mostró más cauto. Y el presidente Ahmadineyad se jacta de que si su país fuera atacado de alguna manera la respuesta sería muy dolorosa para quien lo hiciera. La guerra verbal es una cosa. Pasar a los hechos, otra muy distinta.
La experiencia de Iraq ahí está. La tienen presente amargamente en Washington. No menos en Teherán. El miedo es mutuo. Por eso estamos donde estamos. Con el contencioso sobre el arma nuclear sin acabar nunca de definirse en un sentido u otro. Ahmadineyad dice: [ los occidentales] "tienen más necesidad de nosotros que nosotros de ellos". No es tan sencillo.
La actitud del régimen teocrático iraní tiene sin duda un doble filo. Es, a la vez, medio de disuasión frente a la amenaza externa e instrumento para reforzar interiormente el régimen, invocando precisamente el peligro exterior. Sin que deba olvidarse que Irán no se resigna a un papel de inferioridad en las relaciones de poder de la región medioriental. ¿Por qué en esto el régimen actual va a tener menos ambiciones que las del sha?
Toda revolución suele tener vocación de expansión hacia fuera. Yno le falta a la islámica iraní. De ahí el compromiso con el Hezbollah chií de Líbano. O el apoyo actual al Hamas que ha llegado al Gobierno de la Autoridad Nacional Palestina (ANP).
Plantarle cara a Estados Unidos no es sólo innecesaria jactancia. Lo que ocurre en la vecina Iraq es suficiente razón para hacerlo. Es responder al miedo alzando la voz. Y prevenirse: disponer del arma nuclear sería la razón más convincente contra cualquier ataque o amenaza. O presión. Todo menos estar expuestos al horror de Iraq.
Estar situado en el centro de un círculo diabólico de conflictividad sin atenuantes basta para entender lo que parece innecesaria provocación iraní. Una zona que incluye Iraq, Afganistán y Palestina. Con coaliciones militares de iniciativa occidental descargando la potencia de fuego de sus misiles, helicópteros y tanques mientras imponen marcos institucionales y gobiernos más o menos viables. Y, por si fuera poco, en el área existen potencias nucleares como Pakistán, India e Israel.
¿Por qué no ha de tener también Irán armas nucleares? La respuesta de Bush es simple: se trata de uno de los países que él personalmente incluyó en el eje del mal.Es un agresor en potencia. Precisamente, por la naturaleza de su régimen islamista, que ha practicado el terrorismo, que lo difunde a través de organizaciones en otros lugares. Y tiene petróleo suficiente como para colocar a Occidente en gravísimos apuros. Ahora, sólo con el sí o el no de las armas nucleares, el precio del crudo está en subida libre.
Surge, razonable, la pregunta de por qué Irán no baja la guardia. Abrirse al exterior como intentó el presidente Jatami.
Tranquilizar, acomodarse al ya firmado tratado de No Proliferación Nuclear.
Crear un clima de distensión en beneficio, incluso, de la economía de Irán como quisieran tantos iraníes, sin excluir a muchos integrados en el régimen.
La causa posiblemente sea el régimen mismo. La teocracia que fue creada por el ayatolá Jomeiny. Paradójicamente, porque no comulgan con ésta amplios sectores vitales de la sociedad civil: jóvenes, mujeres, profesionales, gente de negocios. Estos regímenes que quieren imponer lo absoluto acaban convirtiéndose en aparatos de poder que defraudan. La verdad oficial pasa a ser hueca, lo más parecido a la mentira. Cuando la presión alcanza ya a la vida familiar, a la discriminación por sexo, al reducto más íntimo de la creencia y la práctica religiosa, se hace aberrante.
Pero hay algo que afecta al núcleo mismo del régimen. Oficialmente, no hay partidos. Pero esto no impide la existencia de tendencias sectoriales, discrepancias, ambiciones o convicciones dispares que se mueven y oponen en las instituciones vehiculares del poder y de la ideología oficial. Incluso entre la clerecía chií. Existen aperturistas, moderados, hasta liberales prodemocráticos, contrarios a una tan extrema unión de lo religioso y lo político que acabe desnaturalizando el propio fin de la fe. Frente a ellos, los integristas radicales que disponen hasta ahora de los resortes principales del poder, en cuya cúspide está el guía de la Revolución, el ayatolá Jamenei.
Entre estas fracciones hay aproximaciones o distanciamientos, alianzas ocasionales o permanentes. Los integristas utilizaron todos los medios a su alcance, que son muchos, para acabar con las propuestas reformistas del presidente Jatami. Y en las elecciones de junio del 2005 la situación dio un vuelco sustancial. Con la subida a la presidencia Mahmud Ahmadineyad, se ha dado un salto atrás: el propósito de recuperar la pureza de los orígenes de la revolución islámica. Lo cual supone, en el interior, volver al rigor religioso, y en el exterior, cancelar el tímido aperturismo del ayatolá Jatami.
Se especula con que el actual presidente, no clérigo, pero sí rígidamente fundamentalista, sea en realidad peón movido por concretos sectores radicales de la clerecía chií para acabar con toda veleidad reformista o moderada. Sin excluir ambiciones que puedan amenazar hasta la autoridad suprema de Jamenei. El cual, inicialmente, pudo haberse comprometido en una maniobra que puede volverse contra él. También hay indicios de que Ahmadineyad posiblemente no es el hombre manejable que suponía quien le encumbró. Y que está moviendo los hilos para colocar en los puestos de responsabilidad a gente fiel.
Si todo esto fuera cierto, obligaría a ver desde un ángulo distinto el asunto del arma nuclear y sus repercusiones exteriores. Las medidas con que los órganos del poder conservadores, no democráticos, mediatizaron las elecciones, tanto presidenciales como parlamentarias, pueden ser la reacción defensiva ante las acciones militares estadounidenses en Iraq y Afganistán. ¿O éstas ofrecieron oportunamente el motivo para cortar de raíz la disipación creciente del espíritu revolucionario islamista?
En los dos supuestos, mantener viva la tensión internacional con lo del arma nuclear sirve para fomentar el ánimo colectivo de estar bajo amenaza exterior, e invocar el supremo interés y dignidad nacional para que toda disidencia o fracción procuren no ser tachadas de traición o derrotismo y se sometan al imperativo de la unión sagrada.
En este sentido las bravatas verbales de Ahmadineyad suenan a algo muy conocido. Al hablar de las "potencias de paja" recuerda al "tigre de papel" con que Mao se refería a Estados Unidos. Pero el Irán actual no es la China de entonces. Y aspira a ser, con más libertad, la de hoy. Es un factor que han de tener muy en cuenta por igual las potencias con tanta ligereza aludidas por Ahmadineyad y éste mismo. Posiblemente convenga a las dos partes escuchar el consejo del Gobierno chino: "Dejemos de lado, por el momento, las consideraciones políticas". Pero ¿es posible?

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