Reconozco que a mí el tipo me caía mal, bastante mal, pero me invitaron mis amigos andaluces de la orquesta Arsian con tanto entusiasmo que no tuve más remedio que meterme en un tren, rezongando, y plantarme en Málaga.
Luego resultó que el asunto no era en Málaga sino en Álora, un pueblo delicioso y blanco, colgado de un cerro como una aparición angélica o un nevero de los de mi tierra. Eso lo vi, conmovido, después de alquilar un coche. Fue difícil.
Atención, esto es un paréntesis y una información de urgente utilidad ciudadana: les recomiendo con todas mis fuerzas que nunca se pongan en manos de Europcar cuando tengan que contratar un coche de alquiler. Aparte de que te someten (al menos a mí) a un trato bastante desagradable, sencillamente no aceptan la tarjeta 4B para sus transacciones. No hay nada que discutir y te dejan completamente tirado, sin aviso previo de ninguna clase. Tú, antes del viaje, miras en Internet, haces la reserva y compruebas que todo va bien, das por hecho que aceptan todas las tarjetas. Pero luego llegas a la estación del tren de Málaga, tratas de que te den el coche y resulta que no, que con tu tarjeta 4B no puedes, “en Europcar no trabajamos con esa tarjeta”, te dice con muchísimo asco la señorita que te atiende, y tú tienes inmediatamente la sensación de que te acabas de bajar de una patera y no de un Talgo 200.
Tú tratas de explicarle a esa estricta gobernanta que, con esa misma tarjeta que ella mira con infinito desprecio, has sacado dinero de cajeros automáticos (o alquilado coches) en Lisboa, Roma, París, Londres, Nueva York, Moscú, San Petersburgo, El Cairo y hasta Bishkek (capital del Kirguizistán) o Sanaá (capital de la República del Yemen), porque además de 4B es Mastercard. Pero eso no impresiona en lo más mínimo a la gélida y aséptica muchachilla de Europcar: “No trabajamos con esa tarjeta. ¿No tiene usted –dice, con ese asquito que le da– otra tarjeta?
Por fortuna, allí mismo, al lado, están los de National Atesa, que te tratan como a un ser humano provisto de alma, que no tienen los problemas de sus vecinos con el señor Botín (o con quien rayos sea el que fabrica las 4B) y que en diez minutos ponen a tu disposición un coche espléndido, así que fin del problema, fin del paréntesis informativo, zumbando a Álora y yo no vuelvo por Europcar aunque la alternativa sea cruzar andando la tundra siberiana. En enero.
La verdad es que ya sabía lo que iba a ver. Mis amigos de la orquesta me habían mandado, muy amables, el texto. Se trataba de un concierto teatral, o de una obra de teatro con música, no sé bien qué estaba antes y qué después. La orquesta Arsian, una formación privada sencillamente magnífica (quizá recuerden ustedes el doble disco de Jesús de Monasterio que grabaron el año pasado) se había planteado ofrecer al público cuatro oberturas de Gioacchino Rossini arregladas para conjunto de viento (o sea, oboes, clarinetes, trompas, trompetas, fagot y un contrabajo; creo que no me olvido de nadie, eran once en total) por un remoto clarinetista checo del XIX, Wenzel Sedlak.
Pero aquello se quedaba corto de tiempo y a los músicos les pareció buena solución pedirle a alguien que escribiera unas rigurosas y severas introducciones que serían leídas ante el público antes de cada una de las obras, ya saben, que si los abbellimenti, que si las gorgheggiature, que si los crescendi, que si la mar y que si los peces. Y tuvieron la ocurrencia de proponerle el asunto a un periodista que, ya digo, a mí me caía más bien tirando a mal, Luis Algorri.
El tipo le dio la vuelta al asunto como si fuera un calcetín. En vez de sacar a escena a un profundólogo aburriendo a las ovejas, sacó al propio Rossini, gordo, zumbón, vanidoso, gandul y pagado de sí mismo. Se abre el telón y, ante los músicos (que van vestidos a la usanza de Mozart), aparece Rossini, encantado de la vida, y empieza a hablar como una cotorra de lo que considera su obra maestra absoluta: la receta de los canelones. Los músicos le interrumpen y le dicen que hay un error, que aquello es un concierto; Rossini (lo interpreta el joven actor Unai Izquierdo), que no sabía nada, se pone a discutir gesticulando y soltando infinitos tacos en italiano… y la gente, el público, que lo que esperaba era ver a una docena de adustos caballeros soplando oberturas por sus respectivos tubos, primero se sorprende, luego se echa a reír y el asunto es un éxito absoluto. Aplausos, carcajadas, numerosas interrupciones de los monólogos con risotadas y ovaciones.
Tengo que reconocer que el texto es bueno. Vamos, a mí me gusta. Este Algorri se sabe la asignatura (de hecho tiene una panza que envidiaría el propio Rossini) y ha metido anécdotas de la vida del músico de Pesaro aliñadas con golpes realmente notables. Cuando el público oía decir a Rossini que él componía muy deprisa, a toda velocidad, que era el Fernando Alonso de la ópera italiana, que él era el recordman mundial de velocidad sobre pentagrama en pista cubierta, la gente se mondaba. Y cada vez que Rossini, entre chascarrillo y chascarrillo, se lanzaba de nuevo a hablar de sus canelones y los músicos empezaban a hacer gestos de desesperación, eran las carcajadas las que no dejaban oír lo que pasaba en el escenario.
La parte musical, como siempre. O sea impecable. Los Arsian son una de las pocas orquestas de las que te puedes fiar cuando la oyes. Sabes que no se van a equivocar, que técnicamente son perfectos, y eso te permite disfrutar de la música a orejas llenas, lo cual es algo tan raro como maravilloso. Además, los músicos le cogieron el tranquillo al humor inmediatamente y había que ver qué bromas, qué gestos y qué coña se traían mientras tocaban. Yo me acordaba, cómo no, de Les Luthiers…
>La idea es muy buena (aunque hay que rodarla más, hay que ensayar un poco más) y el público, todo el público, se lo pasa en grande. Bueno, todos menos uno: el pobre Algorri, hecho un manojo de nervios, empezó a morderse las uñas al comienzo y debió de llegar hasta el codo, pobre muchacho. Cuando al final lo sacaron a saludar, lo aplaudieron hasta hartarse con el teatro puesto en pie, le regalaron flores y lo cubrieron de felicitaciones, el gordito temblaba como una vara verde y parecía a punto de echarse a llorar de la emoción. Ahí fue cuando empezó a dejar de caerme mal. Lo saludé ya en la calle, algo difícil porque más de la mitad del público se había quedado esperando para felicitar a los músicos, al actor y, claro, también a él.
–Vaya, vaya. Buen trabajo, muchacho. Buen trabajo.
–Gracias, don Inci. No sabe cuánto me emociona que precisamente a usted le haya gustado. Con lo duro que es tantas veces…
–Pero trátame de tú, hombre.
–Ah, no puedo hacer eso.
–¿Por qué no?
–Porque si nos tuteamos, usted a mí no me va a perder el respeto, pero yo a usted sí. Y eso no lo consiento.
–Ah, canalla –me reí–, eso lo he escrito yo, es una anécdota entre Tierno Galván y José Luis López Aranguren.
–Ya lo sé –se puso colorado–, si la he leído en sus artículos…
Nos fuimos a cenar con los músicos y los de la Junta de Andalucía, que estaban encantados con el espectáculo. Algorri calmó sus nervios a base de hablar sin parar sobre decenas de anécdotas rossinianas que no había podido meter en el texto. Los Arsian, que van a representar bastantes veces más esta deliciosa mezcla de música, teatro y humor (se llama Rossini y el viento del Sur), ya están pensando en proponerle más cosas a este alma cándida que, no logro explicarme por qué, trabaja por ahí de periodista, en vez de dedicarse a escribir literatura, que es para lo que evidentemente vale. Ya no me cae mal. Hemos quedado para comer la semana que viene. Tengo que convencerle para que adelgace un poco, una cosa es saber mucho de Rossini y otra transportar por ahí esa panzota construida, seguro, a golpe de canelón.

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