Un oscuro fatalismo tiñe, prácticamente sin excepción, los análisis de los periódicos europeos y norteamericanos en torno a las perspectivas de los muchos conflictos abiertos en Oriente Próximo. Las únicas esperanzas se remiten a horizontes temporales tan lejanos que parecen utopías. Tomemos como ejemplo el párrafo conclusivo del editorial que THE ECONOMIST ha dedicado a la crisis iraquí: "Ocurra lo que ocurra, no habrá una transición ordenada hacia un Gobierno democrático en Irak. Aunque el nuevo primer ministro, Yawad al Maliki, logre meter algunos árabes sunís en su Gobierno, otros grupos, ayudados por la gente de Al Qaeda, lucharán contra ellos, junto con algunos shiís que quieren obtener una victoria total sobre sus rivales. La triste perspectiva es la de unos cuantos años más de violencia en la que unas fuerzas norteamericanas más reducidas harán lo que puedan para tratar de mantener el país unido, apoyando al Gobierno y batallando contra los insurgentes. Será una tarea lenta y penosa. Pero la perspectiva de una retirada total, que dejaría tras de sí a una fortalecida Al Qaeda y a un estado fallido en el corazón de Oriente Próximo, sería mucho peor".

Añadiremos lo que Rupert Corwell ha escrito en THE INDEPENDENT: "La guerra de Irak ya ha costado a Estados Unidos 320.000 millones de dólares, y aun cuando la retirada de tropas empezara este año, el coste del conflicto ya supera en términos reales el que tuvo la guerra de Vietnam. ... El Gobierno trata desesperadamente de recortar su contingente de 130.000 soldados antes de las elecciones legislativas norteamericanas de noviembre, en las que el descontento de la opinión pública con la guerra puede suponer un desastre para los republicanos". Subrayaremos, además, que la subida de los precios de los carburantes parece ser el principal motivo del nuevo descenso de la popularidad de George Bush que detectaba el último sondeo de THE WALL STREET JOURNAL.

Y para terminar, reseñaremos algunas de las opiniones que se han vertido en torno al problema del programa nuclear iraní. Esto ha escrito David Ignatius en THE WASHINGTON POST: "Para un régimen teocrático que dice actuar por mandato de Dios, la mera idea de un compromiso es un anatema. Los grandes asuntos relacionados con la guerra y con la paz han de ser resueltos por la voluntad de Dios y no por unos negociadores humanos. Es mejor perder que trapichear con el diablo. Es mejor sufrir miserias que ser humillados".

Mouna Naïm, corresponsal en Beirut de LE MONDE, ha recogido estas declaraciones de la especialista Kian Thiébaut: "La intransigencia occidental produce el efecto contrario del deseado. Una buena parte de la sociedad iraní cree que su país tiene derecho a poseer tecnología nuclear. Los iranís se preguntan por qué Israel, Pakistán y la India han podido convertirse en potencias nucleares y ellos no. Hablando con la gente se percibe el crecimiento del orgullo nacional y la nostalgia del antiguo poder que tuvo Irán. Con todo, la gente y las instituciones viven con gran inquietud la posibilidad de que la ONU adopte sanciones económicas contra Teherán. La más dolorosa de ellas sería un embargo petrolífero. Gracias a sus 240.000 millones de reservas, el régimen no caería, pero la población civil pagaría las consecuencias. ... Ahmadineyad no podría poner en marcha su política económica y social".