Navarra y cierra España, de Juan Carlos Escudier en El Confidencial
A la espera de que el País Vasco se autodetermine, Cataluña se transforme en república independiente, la realidad nacional andaluza se confedere con los Emiratos Árabes Unidos, Ceuta y Melilla se ofrezcan como tributo al ‘moro’ y se cumpla la última profecía de Nostradamus, el último peligro que, al parecer, acecha a la patria común e indivisible de todos los españoles es que Zapatero haya pactado con ETA la entrega de Navarra a Ibarretxe. Cosas de la vida, quienes con más ardor han defendido la vigencia de la Constitución hasta la última de sus comas, piden ahora que se elimine su disposición transitoria cuarta en la que, ¡oh cielos!, se establece un procedimiento para la integración de Navarra en Euskadi. ¿En qué estarían pensando los padres de nuestra Carta Magna?
Al margen del interés de algunos en sostener que éste es el precio político que el Gobierno estaría dispuesto a pagar a los terroristas por el fin de la violencia o de las soflamas de Batasuna exigiendo que Navarra sea una de las patas del arreglo, lo cierto es que la posibilidad de que dicha integración pudiera producirse es metafísica y jurídicamente remota, salvo que los navarros lo decidieran mayoritariamente en referéndum, algo a lo que ningún demócrata debiera plantear mayores objeciones.
Acerca de esta cuestión, conviene decir que sólo el nacionalismo vasco ha mantenido a lo largo del tiempo la misma posición, favorable obviamente a la unión con Navarra. Cuando durante la II República el asunto se planteó abiertamente, la derecha apoyó la integración que, no obstante, fue rechazada por los ayuntamientos navarros en la Asamblea que en 1932 reunió en Pamplona a los representantes municipales de Vizcaya, Guipúzcoa, Álava y Navarra. La izquierda y, particularmente el PSOE, se había opuesto para evitar que se constituyera lo que Indalecio Prieto denominó el “Gibraltar vaticanista”.
Las tornas cambiaron al inicio de la Transición. El PSOE, que había participado en el Gobierno vasco en el exilio y posiblemente por ello, acordó con el PNV impulsar un Estatuto de Autonomía único para las cuatro provincias. Para hacerse una idea de la realidad de entonces, baste decir que la Agrupación Socialista de Navarra participó en el Congreso Constituyente del Partido Socialista de Euskadi de 1977. Tras las elecciones generales de aquel año, los dos diputados socialistas elegidos por Navarra se integraron en la Asamblea de Parlamentarios vascos, un organismo impulsado por el PNV y el PSOE para negociar con el Estado la preautonomía vasca.
Finalmente fue la UCD la que impuso un acuerdo por el que se condicionaba la presencia de Navarra a su aprobación por parte de un órgano foral competente –que acabó siendo el Parlamento navarro- y a su ratificación en referéndum. Dicho acuerdo es esencialmente el que recoge la disposición transitoria cuarta de la Constitución que tanto pavor causa al presidente navarro Miguel Sanz.
Los motivos por los que el PSOE dejó de apoyar la integración tienen mucho que ver con la abstención del PNV en el referéndum de la Constitución y con las posibilidades que el propio texto constitucional dio en su disposición adicional primera a la actualización y democratización de unos fueros casi medievales que estaban en la raíz de un conservadurismo también ancestral. Navarra se dispuso entonces a acceder a la autonomía de una manera peculiar: por la vía de esta disposición adicional y de la continuidad histórica foral.
“Reino de por sí” pese a su incorporación a Castilla en 1515, Navarra mantuvo sus instituciones hasta el XIX. Ninguna de las sucesivas constituciones promulgadas entonces, salvo la de Bayona, reconocieron los fueros navarros. Sin embargo, tras la primera guerra carlista, el abrazo de Espartero a Maroto incluyó el denominado convenio de Vergara en el que se contenía el mandato de modificar los fueros para hacerlos compatibles con el ordenamiento jurídico “oyendo antes” a Navarra. La culminación del mandato fue la aprobación de la conocida Ley Paccionada de 1841, vigente aún hoy. Las dictaduras de Primo de Rivera y Franco mantuvieron este estatus.
Las primeras elecciones al Parlamento Foral en abril de 1979 dieron la mayoría a la UCD en pleno proceso de reestructuración de las instituciones forales y convirtieron en misión imposible la integración en Euskadi. De hecho, la moción con la que Euskadiko Ezkerra pretendió poner en marcha el proceso fue rechazada por la Comisión de Regimen Foral. Ha sido primera y última vez que el asunto se ha planteado formalmente, ya con los socialistas convencidos de que Navarra debía seguir un camino independiente y vincularse al País Vasco exclusivamente con convenios y acuerdos de cooperación.
Siguiendo el esquema de pacto entre Navarra y el Estado, el 8 de junio de ese mismo año la Diputación Foral pidió la apertura de negociaciones que concluyeron casi tres años después con un texto, el Amejoramiento, al que el Gobierno dio forma de proyecto de Ley Orgánica y trasladó a las Cortes para que fuera tramitado en lectura única, sin posibilidad de ser enmendado. Navarra había encontrado un camino propio de acceso a la autonomía que daba continuidad a sus fueros y los sometía al ordenamiento jurídico democrático .
Después de todo esto y de un cuarto de siglo de autonomía tratar de aplicar la disposición transitoria cuarta para integrar Navarra en el País Vasco es, por varias razones, una entelequia. La primera, porque una vez que Navarra ha optado por recorrer en solitario el camino hacia la autonomía y ha dejado de ser provincia para convertirse en comunidad foral, la disposición transitoria ha cumplido su propósito y ha perdido su vigencia. Segundo, porque el Tribunal Constitucional ha reafirmado que, al margen de su peculiar acceso a la autonomía, “la Comunidad Foral de Navarra se configura, dentro de ese marco constitucional, como una comunidad autónoma con denominación y régimen específicos, que no excluyen su sometimiento, como las restantes comunidades autónomas, a los preceptos constitucionales que regulan el proceso autonómico”. Y tercero, porque uno de esos preceptos constitucionales es el artículo 145.1 de la Constitución, que prohíbe la federación de Comunidades Autónomas.
En este sentido, tiene toda la lógica el pronunciamiento del Consejo de Estado sobre la conveniencia de derogar expresamente esta disposición transitoria o reformularla. Dicho pronunciamiento tenía que ver con la pretensión del Gobierno de modificar la Constitución para incluir el nombre de todas y cada una de las Comunidades Autónomas. No parece, en consecuencia, que en el pensamiento del Ejecutivo anidará la idea de suprimir Navarra de la lista de las 17.
Lo que jurídicamente sería inviable, políticamente sería imposible. Una consulta en la que se preguntara a los navarros sobre su incorporación a Euskadi sería ampliamente rechazada. De esto está convencido hasta el presidente Sanz, tal y como se infería de su discurso en el último debate sobre el Estado de las Autonomías en noviembre de 2005: “El ejercicio de la democracia es elocuente y derriba tópicos y lugares comunes interesados: las consultas electorales celebradas en Navarra desde la restauración de la democracia con la Constitución Española de 1978 ha sido concluyentes al mostrar en las urnas que la sociedad navarra, mayoritariamente, sin lugar a duda, siempre ha votado por la identidad de Navarra”.
El presidente navarro debe de ver perdidas las próximas elecciones porque hay cosas que no se explican. No se entiende, por ejemplo, que asegure tener informes de su policía que confirman que ETA ha roto el alto el fuego y luego acepte que el incendio de la ferretería de Barañaían pudo ser obra de grupos incontrolados. Y sólo en clave electoral se entiende su exigencia para que Zapatero se comprometa ahora a no poner en marcha a partir de 2007, tras las autonómicas, un órgano común entre Navarra y Euskadi. ¿Acaso se considera derrotado de antemano o es un ardid para meter miedo y acumular apoyos?
El PSOE y el Gobierno han manifestado abiertamente que Navarra no está en el debate del proceso de paz, pero parece que no sólo a Batasuna le interesa que lo esté. Estamos ante más de lo mismo. En ese combate que ya cansa, uno de los bandos tiene ya decidido su grito de guerra: “Navarra y cierra España”. Esta Reconquista que se puso en marcha tras el 14-M es de traca y de pesadilla.
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