Aunque muy pocos lo tuvieran claro cuando Pérez, sumido en la depresión, daba la espantada, Martín no llegaba al cargo como un hombre de paja del constructor. En ese papel hubiera encajado el otro Martín, Nicolás, el vecino de Florentino de los concesionarios de coches y de los traslados urgentes; López Jiménez –su empleado-; Enrique Sánchez –el ‘portamudo’-, o la tropa de los Montejano, Aguado, Cerezo, Santamaría Ronda y Farré, a los que Ramón Calderón ridiculizaba con el apodo del ‘clan de Harvard’ por sus maneras de gentelmen rurales. Cualquiera de ellos hubiera sido la perfecta marioneta, pero Florentino nunca los tuvo en cuenta.
El puesto estaba vedado para Luis del Rivero, el presidente de Sacyr al que Florentino quiso destituir por presuntas faltas de ética; para Juan Abelló, la escopeta más rápida al este del río Tajo, y para Fernández-Tapias, el indiscreto recomendado de Ruiz-Gallardón. Fernando Martín era una de las pocas personas a las que Florentino creía capacitadas para tomar su relevo. Posiblemente, viera en él una imagen de sí mismo, a un tipo de éxito que había transitado de la política a los negocios hasta amasar una de las mayores fortunas de España y que, además, le había hecho ganar mucho dinero en varias operaciones urbanísticas en el norte de Madrid.
Martín y Florentino eran viejos conocidos. Se habían encontrado por primera vez en 1981, cuando el de Valladolid era secretario provincial de UCD y el ‘ser superior’ presidente del IRYDA, nombrado por quien fuera uno de sus primeros mentores, el ex alcalde de Madrid, entonces ministro de Agricultura, José Luis Álvarez. En el castillo de Fuensaldaña, Martín y Pérez cruzaron sus primeras palabras. Ambos eran jóvenes y vestían pantalones de campana.
El chico de provincias, muy vinculado a la familia Camuñas, se trasladó pronto a Madrid para trabajar en una de sus empresas, donde volvió a coincidir con Florentino, ésta vez como promotor y constructor, respectivamente. Listo como el hambre y con un sexto sentido para los negocios, Martín constituyó su propia inmobiliaria a finales de 1991 y empezó a frecuentar los círculos de algunos ex dirigentes de UCD, bastante aburridos por cierto, a los que solo parecía animar hacer la puñeta al entonces presidente del Real Madrid, Ramón Mendoza. En ellos encontraría Florentino la cantera para su primera candidatura al sillón de la Casa Blanca.
Lo que terminó de unir a Martín y a Florentino fueron los andamios. El primero había ideado una manera de forrarse a costa de los denominados Planes de Acción Urbanística (PAU) del norte de Madrid, unas gigantescas bolsas de suelo cuya puesta en marcha acumulaba un retraso de años porque el Ayuntamiento carecía de recursos para acometer las obras de urbanización. El negocio consistía en convencer a los propietarios para que corrieran con esos gastos y que pagaran a las constructoras con suelo. De esta manera, estas constructoras pasaron a convertirse en los principales propietarios de los PAU y a controlar las juntas de compensación. Florentino no vio el negocio hasta que el primer ejecutivo de FCC, Emilio Cebamanos, se embarcó en el proyecto de Martín. Después, como suele hacer Florentino, se presentó ante todos como el padre de la criatura.
El ‘amiguismo’ como negocio
Se entiende así que Martín no fuera uno de los deslumbrados por la estela empresarial de Florentino. Más bien al contrario, sus juicios sobre la manera de hacer negocios de Pérez –“hacer las cosas por amiguismo sólo es rentable a corto plazo”; “todos los negocios que ha emprendido tienen relación con la Administración”, “jamás incorpora a lo bueno de las empresas que absorbe”; “aprecia más la lealtad que la capacidad”- han sido siempre bastante críticos.
En privado, sus opiniones sobre la manera en la que Florentino conducía a un Real Madrid que cabalgaba desbocadamente por su tercera temporada sin títulos tampoco eran mucho más amables: “Ha que discutir sobre el modelo y Florentino sigue sin reconocer que está agotado. Sigue pensando que tenemos a los mejores jugadores del mundo. Y si tenemos a los mejores... ¿a quién fichas?”.
La primera vez que Florentino pensó en tirar la toalla tanteó la disposición de Martín que, ante la proximidad de las elecciones, declinó el ofrecimiento. A la segunda fue la vencida. El promotor se creyó en condiciones de cambiar las cosas, pensó que en dos años sería capaz de reorientar el club de galácticos en vías de jubilación que había heredado. Y, lo que son las cosas, se sintió poderoso e invulnerable, una sensación que no había experimentado con tal plenitud quien podía presumir de un patrimonio cercano a los 200.000 millones de las antiguas pesetas.
No tardó en hacer tonterías. Empezó criticando veladamente a Florentino por permitir el endiosamiento de los jugadores y por su concepción marketiniana del fútbol. Después lo criticó abiertamente, al tiempo que adulaba a los cadáveres que el constructor había ido dejando por el camino. Como elefante en cacharrería, el hombre prudente que rehuía los focos presentó en sociedad a toda su familia. Florentino se sintió traicionado y comenzó a rumiar su venganza.
Los tres enemigos: Del Rivero, Tapias, Abelló
Cierto es que Martín nunca anduvo sobrado de amigos dentro de la Junta Directiva. Se las había tenido tiesas con Del Rivero, cuando el promotor decidió entrar por sorpresa con un 10% Vallehermoso y exigir sus derechos políticos en la compañía, además de oponerse al esperpéntico asalto del murciano al BBVA. El enfrentamiento le valió la enemistad de Abelló, uña y carne con el de Sacyr. Y su relación con Fefé Tapias, el tercer vicepresidente y el primero en exigir la vuelta de Florentino o la convocatoria de elecciones, era manifiestamente mejorable.
Su misión era ganarse al pelotón de amigos/vecinos/empleados de Pérez. Quizá creyó que los dos años de palco que les ofrecía serían suficientes para atraerles a su bando y que cambiaran de patrón. Se equivocó otra vez. Florentino, de cuerpo presente, le ha ganado la batalla sin tener que desenvainar la espada. Un tal Montejano, dedicado a las gasolineras y al movimiento de tierras, convocará las elecciones. Descanse en paz Fernando Martín, rico pero incauto.

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