La línea Maginot de las madrugadas, el grito de bronce desde púlpitos y campos de minas de alcachofa, es que la izquierda odia a España y se ha unido a los nacionalistas, que a su vez la detestan, para hundir la Nación. La izquierda tiene sus culpas, sus buchanteros, pero recordemos cómo se hinchaban las venas de Dolores, de Machado, de Alberti, de Miguel, de los batallones del talento, cuando hablaban de España, de sus tierras, las solas, las desiertas (cabalga, caballo cuatralbo).
A España y a los castellanos se les detesta desde antes de que Carlos Marx dijera que la monarquía centralista atacó los dos pilares básicos de la libertad española, las Cortes y los ayuntamientos, desde antes de que el barbudo comparara la monarquía española con las formas asiáticas de gobierno y dijera que cuando llegó Napoleón España era ya un cadáver exánime. El desprecio a Castilla viene de la Inglaterra isabelina y de los flamencos de la quermés heroica. William Shakespeare trata a los castellanos como a seres patibularios y fanáticos, mientras que pinta a los aragoneses como a gentiles caballeros.

Dicen que esa leyenda negra tiene su origen en la ruptura del menage a trois entre Antonio Pérez, Felipe II y la Princesa de Eboli y en los escritos del dominico Bartolomé de las Casas en los que relata cómo los españoles, en la sed del oro trataron a los indios como a ovejas y mataron 50 millones de ellos. A la leyenda fatídica han contribuido mucho los criollos americanos, los sublevados en Flandes y, sobre todo, los nacionalistas de última hora. Empezó Sabino Arana recitando, hincado de rodillas, aquel odiamos a España con toda nuestra alma y acabó la plegaria de Pepe Rubianes con la jaculatoria de la puta España, casposa y fascista. Tal vez los nacionalistas odian a España desde que Antonio Pérez huyó a taparse con los ropones de Aragón y entraron las tropas de Felipe II cortando cabezas y pisoteando fueros.

También existió el odio a Cataluña. Dante habla en aquel endecasílabo de L'avara pobreta di Catalogna; a un catalán de la época, Bocaccio lo bautiza como Diego della Ratta. El atraso hace decir a Robert Soucthey: su católica Majestad viajaba como si fuera el rey de los gitanos; su séquito compuesto de unas siete mil personas; la gente duerme en los bosques y quema árboles para calentarse.«Los caballos y los asnos muertos yacen en las cunetas de los caminos sin enterrar». La España llena de chinches que describe Casanova, con la capital Madrid, la ciudad más sucia y maloliente de Europa, no es una invención de la izquierda, ni tampoco lo son las putas que llevaban crucifijos en los pechos según Hemingway.Ni era de izquierdas Casanova, amigo de Voltaire, cuando dijo, maldita España, deberías ser quemada y cauterizada.

Antes de que existiera la izquierda el odio a España estaba muy consolidado; eso sí, lo han disparado los nacionalistas.