Chino en la Casa Blanca.

La visita del presidente de China, Hu Jintao, a Estados Unidos mostró la semana pasada que los dos países que funcionan como los motores más dinámicos de la economía global están entrelazados en conveniencias mutuas que trascienden las caretas ideológicas.

La gira de cuatro días del presidente chino Hu Jintao por Estados Unidos comenzó en la costa oeste de manera muy adecuada, ya que el sol rojo que entibia los corazones de las grandes corporaciones brilla firmemente al otro lado del océano Pacífico.

PRIMERO LOS NEGOCIOS.

En Seattle y sus alrededores, en el estado de Washington, Hu visitó una planta de la gigante aeroespacial Boeing. La empresa con sede central en Chicago es la mayor exportadora estadounidense a China y controla ya el 61 por ciento del pastel aeronáutico en el mercado de crecimiento más rápido en el mundo. El año pasado Boeing vendió 120 aviones en China en lo que va de este año ha vendido ya 120, y la firma calcula que en las próximas dos décadas los chinos adquirirán unos 2.600 aviones, en un mercado que alcanzará un valor de 213 mil millones de dólares. La competencia principal para Boeing en China proviene de Airbus, cuya tajada del pastel chino es de sólo el 27 por ciento.
Y Hu fue agasajado por los más prominentes ejecutivos de numerosas corporaciones estadounidenses en la mansión del fundador de Microsoft, Bill Gates, el hombre más rico del mundo, cuyos productos tienen en China más de mil millones de posibles consumidores. Microsoft, al igual que los buscadores de Internet Google y Yahoo, ven en China un mercado tan jugoso y crucial para su propia supervivencia que no hicieron muchos requiebros cuando el gobierno de Pekín les indicó que colocaran en sus productos filtros y vallas que impidan que los chinos accedan libremente a Internet. El gobierno de Pekín desea mantener el control de lo que los chinos ven, leen y discuten en Internet, y las firmas de software y navegadores no van a decirle que no al Gran Cliente.
Sonriente, muy elegante en su traje sobrio con camisa blanca y corbata, Hu afirmó que China “debe seguir el camino del desarrollo pacífico si quiere alcanzar su meta de la modernización”, y sostuvo que su país “busca un crecimiento económico equilibrado” que reduzca su dependencia de las exportaciones.

LO SEGUNDO, LA POLÍTICA.

La administración del presidente George W Bush se mandó un gesto de desplante diplomático: la visita de Hu a Washington se calificó como “oficial” y no “de Estado”, por lo cual no hubo alfombra roja en la Casa Blanca, ni se colgaron banderas de China en el centro de la capital de Estados Unidos como es norma cuando algún dignatario extranjero llega en visita de Estado. Tampoco hubo recepción y cena de gala, sino un mero almuerzo de Bush con Hu en la residencia presidencial.
De esa manera Bush y su administración expresaron con rotunda debilidad el disgusto de Estados Unidos porque el gobierno comunista de China reprime a su pueblo, persigue a los opositores y los grupos religiosos, impide que los trabajadores formen sindicatos independientes, prohíbe la prensa independiente, ocupa y destruye Tíbet y, ocasionalmente, hace gestos amenazadores hacia Taiwán.
Enterado Hu de todo ello, tuvo que sufrir dos ofensas irritantes. En la ceremonia muy concurrida, con bandas y guardias de honor en el jardín de la Casa Blanca, cuando llegó el momento de ejecutar el himno de la República Popular China, el anunciador lo nombró como el de la “República de China” que es el nombre oficial de Taiwán.
Y luego, a poco de iniciado el discurso de Hu, una mujer que había entrado con credencial de periodista y estaba en uno de los tablados para la prensa comenzó a increparlo a los gritos y en chino: “¡Presidente Hu, sus días están contados! ¡Presidente Bush, impida que Hu siga persiguiendo a Falun Gong!”.
Wang Wenyi, de 47 años y miembro de la secta Falun Gong, se sacó el gusto de chillarle protestas a Hu durante casi tres minutos hasta que los agentes del servicio secreto se la llevaron con rudeza sustancialmente menor que la que encaran sus correligionarios en China. Wang fue luego acusada por alteración del orden y podría ir a prisión por seis meses, sentencia asimismo mucho más liviana que las impuestas por el gobierno de China a sus disidentes.
Hu se sorprendió por la gritería y por unos segundos pareció desconcertado, pero Bush que estaba parado a su lado le dijo: “Está bien, está todo bien”, y el presidente chino continuó con su recitado de los muchos puntos en común e intereses compartidos que tienen Estados Unidos y China.
Luego, Bush pidió disculpas a Hu por la insolencia de Wang, lo cual resulta un poco insólito: el presidente de Estados Unidos está acostumbrado a que donde quiera que vaya, en este y otros muchos países, habrá quienes lo abucheen, lo insulten, desfilen con pancartas que lo llaman terrorista y asesino. Y nadie se inquieta demasiado. Eso se llama democracia.
Al final de sus conversaciones los dos presidentes repitieron sus respectivos guiones. Hu dijo que China quiere cooperar para el desarrollo económico en paz y con respeto mutuo. Bush dijo que espera que China alguna vez se acuerde de los derechos humanos, y mientras tanto Estados Unidos desea cooperar para la prosperidad económica y la paz con respeto mutuo.

DEPENDENCIA MUTUA.

China necesita de la tecnología y las inversiones de empresas estadounidenses y trasnacionales que crean fuentes de trabajo para los cientos de millones de trabajadores que siguen migrando del campo a las ciudades chinas.
En este matrimonio por conveniencia que ha juntado al país más rico del mundo con el más poblado, el papel de Estados Unidos es que compra cantidades enormes y crecientes de los artícu-los de consumo producidos en China con mano de obra barata. El resultado es un déficit comercial que el año pasado llegó a más de 200 mil millones de dólares, casi el 27 por ciento de todo el déficit del comercio exterior de bienes de Estados Unidos. Aunque la importación de bienes baratos desde China ha devastado a buena parte de la industria estadounidense, ha traído a cambio un aluvión de bienes de consumo a precios bajos que contribuye al ritmo muy moderado de inflación en Estados Unidos.
Y el papel de China ha sido la adquisición de cantidades enormes de bonos del Tesoro de Estados Unidos y acciones de compañías estadounidenses, lo cual contribuye a que se mantenga el valor del dólar, lo cual permite que los estadounidenses sigan comprando con dólares que pagan a los chinos para que los chinos adquieran más bonos, etcétera, etcétera.
El economista Martin Feldstein, de la Universidad de Harvard, sostiene que “las importaciones de Estados Unidos han contribuido al crecimiento de la producción y el empleo en muchos países en todo el mundo” y no sólo en China. Y para que los estadounidenses puedan continuar en su viva la Pepa consumidor que le compra de todo al mundo, es necesario que se mantenga el valor del dólar, sustentado por China.
China sobrepasó recientemente a Japón como el mayor poseedor de reservas en dólares, con unos 840 mil millones de dólares. Se cree que la mayor parte de ese tesoro está invertido en bonos del Tesoro de Estados Unidos. En conjunto China, Japón, Rusia y otros países de Asia poseen dos tercios de las reservas mundiales en dólares, que han acumulado gracias a sus superávit comerciales con Estados Unidos.
La otra razón, por supuesto, para la acumulación de reservas –y uno de los puntos de fricción pública entre Washington y Pekín– es el deseo de los países asiáticos y en particular de China de mantener su moneda relativamente barata en relación con el dólar, lo cual facilita la colocación de sus productos en los mercados mundiales.
A Feldstein y otros economistas les preocupa la posibilidad de que China, y algunos otros grandes acreedores de Estados Unidos, decidan que no quieren seguir financiando el déficit estadounidense. Después de todo, hay razones para que la competencia se salga de la cortesía prefabricada con que se sonrieron Hu y Bush en el jardín de la Casa Blanca: el acelerado crecimiento económico de China pone a este país como otro competidor, y uno de peso pesado, en el mercado mundial de petróleo. China necesita petróleo, tanto como Estados Unidos, y puede jugar su carta de influencias en disputas como la que Washington tiene con Irán por el programa nuclear del régimen de ese país.
Hu terminó su gira en la Universidad de Yale, la primera de Estados Unidos en la que un estudiante chino obtuvo una licenciatura, hace más de 150 años, y allá también su visita estuvo rodeada de manifestaciones de protesta como las que habían coloreado el centro de Washington.
Las banderas y las consignas de los manifestantes en las calles, y el coraje solitario de Wang, responden a reclamos muy válidos y principios importantes. En la relación actual de Washington y Pekín, son sólo ruidos molestos.