En estas mismas páginas, Lluís Permanyer se hacía eco de la aparición de un libro cuyo contenido no es precisamente nuevo porque se basa en la documentación facilitada por el Arxiu Nacional de Catalunya, que con tanto acierto dirige Sans Travé. Se trata de una valoración histórica de la labor efectuada por Jaume Miravitlles al frente del Departamento de Prensa y Propaganda de la Generalitat durante la Guerra Civil. Miravitlles supo atraer a múltiples periodistas y observadores extranjeros para que vieran la guerra desde el sector republicano como un anhelo democrático, pasando por alto la revolución anarquista, emparejada, en Catalunya, con la guerra. André Malraux fue su invitado más valioso puesto que el gran escritor francés escribió desde Barcelona páginas que han quedado para sus libros sobre La condición humana.

En el libro ahora aparecido, que todavía no he visto, seguramente no se habla de la segunda parte de la vida de Miravitlles. Pero aunque hablara de ella, siempre podría añadir mi experiencia personal.

Nos reencontramos en Nueva York a finales de 1946 y nos tratamos muy amistosamente en los años sucesivos. Si Miravitlles hacía tiempo que había dejado atrás su comunismo inicial, permanecía en el grupo de observadores del lado republicano durante los debates de la ONU. De todas maneras, su posición política no afectaba a las relaciones personales, cosa que siempre ha sido también para mí un objetivo. Progresivamente Miravitlles en aquel periodo se despojó de sus antiguas posiciones políticas para convertirse al liberalismo norteamericano. Su Camino de Damasco fue Detroit. Allí le impresionó sobremanera la cantidad de coches junto a la fábrica Ford, pertenecientes a los obreros que en ella trabajaban. Actualmente, y guardando las porporciones, se puede observar semejante despliegue a las puertas de Seat. Pero estamos hablando de sesenta años atrás, cuando en la URSS se pagaban salarios de supervivencia diciéndoles a los trabajadores que hacían historia en la "patria del proletariado". El contraste entre las condiciones de vida de los trabajadores de la URSS y los de Norteamérica cambió el rumbo ideológico de Miravitlles. Su revelación hizo que yo mismo, aprovechando un regreso de Canadá por etapas, pasara por Detroit con la exclusiva idea de asomarme a la fábrica Ford. El taxista de Detroit, después de pasar junto a la concentración de automóviles obreros, se ofreció a recorrer la verja de la cercana finca donde vivía todavía, muy viejo ya, Henry Ford I. Dijo que se le podía divisar a veces en su jardín, pero no le vimos.

En aquella época Miravitlles estaba tan americanizado que hasta sin querer le llamaban con la abreviación del Museo Metropolitano, conocido por Met. Desde su tiempo de Figueres, a Miravitlles le llamaron con las tres últimas letras del diminutivo Jaumet. Con un Met muy neoyorquino comíamos a menudo con Salvador Dalí, condiscípulo suyo en el colegio de Figueres. Salvador Dalí había pintado un retrato de Met, sentado en una silla, con el atuendo de futbolista. Dalí admiraba las condiciones atléticas de Met, a quien retrató también de adulto. No sé de nadie que haya sido retratado por Dalí dos veces. Met ganaba muy bien su vida con la pluma en la mano. Se convirtió en el periodista básico de Hablemos, un suplemento que un editor americano pasaba a periódicos de los diferentes países de la América Central como encarte gratuito. Met se hizo un nombre en los países aludidos y pudo organizar el envío de una personal columna sindicada, encabezada con la foto de su rostro.

¿Por qué quiso Miravitlles, a principios de los sesenta, acabar con su exilio y volver a Barcelona? No sería por la presión de su segunda mujer, que había sido su secretaria, porque era una irlandesa tan enraizada que nunca se acostumbró a vivir fuera de América. En realidad Met respondió a la llamada de Catalunya y después de hablar con el embajador español en Washington se trasladó, con armas y bagages, a la Península. Le pusieron sólo una condición: en lugar de en Barcelona debía radicarse en Madrid. Una prohibición absurda que solventamos después de una intervención de Fraga Iribarne, entonces ministro de Información. Como lo cortés no quita lo valiente, Met quiso saludar a Fraga y me pidió que le acompañara. Desenvuelto como era y pensando que la entrevista podía ir por derroteros humorísticos, le dijo de entrada: "Sería yo quien estaría hoy sentado en su silla si hubiéramos ganado la guerra". Ya en Barcelona, Met pudo escribir en varios periódicos, como Destino, y al final en la misma La Vanguardia, como ha recordado Permanyer. Utilizaba el pseudónimo Spectator. Cuando fui director de Tele/ eXpres pude enviarlo a importantes cumbres europeas y a París en días electorales. Me lo agradeció excesivamente porque, de esta manera, sus fuentes europeas no se reducían a España ante sus lectores americanos.

De la instalación de Miravitlles en Catalunya cabe mencionar una curiosa circunstancia. Sus amigos y correligionarios de antaño (fue fundador del comunista Bloc Obrer i Camperol) le acogieron con tanta frialdad que equivalía a un rechazo. Le acusaron incluso de ser agente de la CIA. Sin embargo, sus acusadores dejaron el marxismo cincuenta años más tarde de lo que con tanta naturalidad y razonadamente había hecho Met. Quedan algunos comunistas, pero no se llaman ni siquiera así. No hay que hacerles ningún reproche porque de sabios es rectificar. El jefe, Santiago Carrillo, por ejemplo, es ahora miembro del PSOE.