En la caída de Bagdad, ahí estaba Tomás Alcoverro. Y me contó que al entrar en el bombardeado Ministerio de Información, se encontró con una novela de Rodoreda y otra mía entre los cascotes de un despacho, extraños caminos los del mundo... He visto a veces a Alcoverro en Oriente Medio, la última en Jordania, donde anduvimos tras los fuertes de rudos murallones, en el pedregoso desierto, donde solía refugiarse T.E. Lawrence en su gesta de arengar a los árabes contra los turcos, cuando la Primera Guerra Mundial... Tomás Alcoverro lleva 30 años con sede en Beirut como corresponsal de La Vanguardia y ahora publica una antología de sus crónicas, titulada El decano (Planeta), pues es allí el periodista extranjero más antiguo, o sea, que ha vivido el día a día la crucifixión del país y de la ciudad más crucificada de la zona. No es poco.

Es mucho y es posible que ahí nadie en España se le pueda igualar. Esto le ha dado un conocimiento humano profundo y reiterado de la tragedia que provoca sin cesar el conflicto árabe-israelí, además de conocerlo políticamente al dedillo, de viajar sin tregua de un país a otro, de ser conocedor de su historia y de su cultura, hasta alcanzar la remota figura de Josep Carner, que estuvo de cónsul de España en Beirut y escribió sobre Líbano, lo que Alcoverro ha estudiado in situ. Sus crónicas, entonces, no sólo explican lo que ocurre, sino que lo hacen con una gran capacidad para expresar el meollo de las cuestiones, con buen estilo y asomando siempre en ellas la dimensión humana que decíamos, el encaje cultural. Y esto las distingue entre tantas como nos llegan de la región y que se limitan a consignar trechos y datos del laberinto político allí existente.

Con ello Alcoverro se sitúa a menudo en una posición de realismo crítico, de testimonio sin excusa, poco gratos a Israel y a Estados Unidos, en definitiva los poderosos ocupantes. Aunque pesen igualmente la herencia de la política soviética y ese espectral panorama de corrupción, terrorismo y dictadura en el que tanto se sumen muchos gobernantes árabes, sean laicos o religiosos. La primera vez que estuve allí, en 1967, un veterano oficial israelí me dijo en el mercado de Nablús cuajado de resistentes: "El problema que nos ahoga no tiene remedio". Alcoverro piensa lo mismo, entonces sus crónicas tienen poco de esas elucubraciones que vaticinan continuas y casuísticas soluciones posibles, tan frecuentes entre el articulismo practicado en lontananza y el periodismo de ave de paso. En Oriente Medio la acerada pugnacidad israelí y la vasta dimensión demográfica árabe, su mutuo rechazo, resultan imbatibles.