Un dicho catalán proclama que problema conegut, problema solucionat. El saber popular quiere significar con esta sentencia que, para solucionar un problema, la primera providencia es aceptar que tenemos un problema. Si la tripulación del Apolo XIII no hubiera advertido a Houston que tenían un problema con el aumento de la presión en el depósito de helio, seguramente recordaríamos un drama en lugar de una hazaña. Demóstenes acabó siendo el gran orador griego tras corregir su problema de tartamudez recitando a los clásicos con guijarros en la boca y afeitándose la mitad de la cabeza y de la barba, para verse obligado por vergüenza a no salir de casa y así ejercitarse. Lo dicho, antes de abordar un problema, hay que aceptar la magnitud del problema.
Eso ocurrió cuando algunos partidos catalanes plantearon al Gobierno español la posibilidad de que los ciudadanos pudieran dirigirse en catalán en sus escritos al Parlamento Europeo. El Ejecutivo de Zapatero, para evitar la negativa de la Eurocámara, se comprometió a asumir el coste de las traducciones. Había un problema (político) y el Gobierno le dio una solución (económica). Es decir, se hizo caso al refranero. Sin embargo, el dicho no habla de aquellos que ponen palos en las ruedas de las soluciones (en catalán diríamos els que emboliquen la troca). Así que cuando el presidente del Parlamento Europeo, el catalán Josep Borrell, planteó una propuesta que lo tenía todo para su aprobación, se encontró con la oposición de los vicepresidentes del Partido Popular Europeo. Lo curioso es que quien consiguió derrotar la propuesta fue Aleix Vidal-Quadras, un político que utilizó la lengua catalana para justificarse ante los periodistas. Colaboró en la voladura el eurodiputado Mario Mauro, de Forza Italia, quien dijo que si Zapatero quería que se hablara catalán en la Unión Europea, que les diera la independencia (a los catalanes).
Julian Barnes escribió un cuento sobre el arca de Noé en el que cuenta que dos polizones estuvieron a punto de hacer naufragar la embarcación bíblica. Al final de la historia, uno descubre que la extraña pareja la formaban dos carcomas que merecían tener un sitio en el arca para salvaguardar su especie, pero al mismo tiempo su voracidad era un peligro para la seguridad de la nave. Tras leer la noticia del catalán en la Eurocámara, uno acaba por pensar que el proyecto europeo puede acabar fracasando por algunos tripulantes con espíritu de polizones, cuya voracidad es propia de las carcomas del cuento. Aquí lo que peligra no es la madera de los bancos del Parlamento, sino la salud mental de los eurodiputados. A lo mejor por ello el castellano califica de serrín al cerebro de quienes no dan la talla.

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