Escribo esta columna desde la condición de acosador. Técnico, pero acosador, para qué negarlo. Hace ya bastantes años me presenté en el lugar de trabajo de mi mujer, que era también, circunstancialmente, mi lugar de trabajo y le pedí para salir. He de confesar, además, y bien me duele ahora, que previamente a mi decisión hubo miradas y acercamientos, y tal vez algún comentario leve, pero maligno, sobre su belleza. Es todo, pero no es poco. Si soy la versión técnica del acosador, es porque a mi mujer le pareció bien, en términos generales, mi propuesta; si me hubiese contestado como por desgracia de entonces (y por suerte de ahora) contestaron otras mujeres ya sería un acosador sin atributos. En cualquier caso, y aunque en mi tiempo fértil aún no se publicaban este tipo de estudios soy simbólicamente uno más entre ese millón y pico de españoles que acosan a las mujeres en el trabajo, según el estúpido estudio (aliteración) que acaba de publicar el Instituto de la Mujer. Chistes, piropos, petición de citas, gestos, miradas son, según el Instituto, manifestaciones de acoso sexual. Lo son, en efecto: gracias a eso existe el Instituto, sus mujeres y sus hombres y yo mismo y mis genes tiernamente diseminados.
No habría que perder un minuto en estas excentricidades de los lobbies si no fuera por dos asuntos. El primero, porque semejantes caprichos están pagados con dinero público. Y el segundo y fundamental (¡será por dinero!) es que, contrariamente a lo que parece, este tipo de ejercicios recreativos ocultan y banalizan las tragedias reales. La situación es idéntica a la que resulta de colocar sobre una conducta una palabra a la que le sobra énfasis por todas partes: la palabra tapa la conducta. Y por supuesto: cuando se produce algún hecho que realmente la merece la palabra está ocupada y no puede ponerse. Hay pequeños miserables que pervierten gravemente las relaciones laborales humillando a las mujeres que están verdes. Son pocos, aunque deben ser castigados. La inmensa mayoría, por el contrario, lleva con resignación vigilante la pesada carga de la naturaleza. La carga la describe muy bien un estudio reciente de Nature: los hombres tienen dificultades para tomar decisiones objetivas que afecten a una mujer bella. Así es, y algunos ya lo sabíamos, y tratamos cada día de morigerarnos. No es justo que nuestra templanza se ponga en la misma franja estadística que la de los violadores. Como no lo sería que nosotros hiciéramos de cada mujer una acosadora. Porque hay algunas pocas que, justo es decirlo, llevan su belleza con extremo recogimiento.
Coda: «He de decir que soy una persona de ideas fijas, de lealtad. La primera vez que vi a Sonsoles con ese chubasquero amarillo, El País en la mano, en el hall de la facultad, cuando la vi y la miré a la cara, dije: «Tengo que hacer lo que sea». Tuve mucho trabajo, mucha competencia, porque Sonsoles es una mujer guapa. Entonces supe que lo que debía hacer era invitarle a un proyecto vital compartido» (J. L. Rodríguez Zapatero, Marie Claire, marzo del 2004).

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