Ha llegado la hora del psiquiatra para encauzar el terrorismo en su fase terminal. No vayan a pensar que me he vuelto estalinista y quiero llevar a alguien al Archipiélago Gulag; sólo pienso que nos enfrentamos a una secta errante, de jóvenes desterrados, desarraigados, huidos, con la marca de Caín, de difícil adaptación a esta sociedad de satisfechos, porque vienen de la costumbre de matar y están acostumbrados a ese vértigo a lo Pulp Fitction, que consiste en dar un tiro a alguien en la cabeza para acojonar a un millón.
Así como Suárez actuó como un artificiero en el corazón del Estado y desbarató el aparato del terror, lo que el Gobierno debiera hacer ahora es desactivar ese independentismo maniaco que utilizaba el coche bomba y el tiro en la nuca; tiempo habrá de enfrentarnos a sus fantasías políticas; ahora hay que readaptar y reeducar a los que nos han tenido encañonados.
Batasuna ha condenado por vez primera un acto terrorista, pero enseguida ha diagnosticado que es el Gobierno Zapatero el que hace las cosas mal. ¿Aún quieren más? ¿Pretende que duerma con el enemigo? Explica la organización inexistente que el tratamiento que están aplicando a sus muchachos es equivocado. ¿Acaso los entienden ellos mismos? Los de la quinta del biberón, los de la kale borroka, han violado todos los límites, han conocido el placer de la impunidad, han satisfecho su instinto destructivo.No se parecen en nada a aquellos que se sentían gudaris y que estaban dispuestos a dar su sangre por la independencia de Euskadi. Estarían majaras, pero tenían un manual de conducta. Del marxismo aprendieron que aún la violencia, a pesar de su desprestigio, es la partera de la Historia. Eran discípulos del terror robespieriano, de la teoría de las vanguardias leninistas, de la violencia de las umbrías maoístas, de la ideología de Fanon. Los etarras han pasado de Los Justos de Camus a los sicarios de Fernando Vallejo. Algunos sociólogos han aplicado a estos cachorros el término hybris. La hybris no es sólo el nombre de un gusano electrónico, sino una expresión griega que define la ofuscación del pensamiento, la locura animal. Esos encapuchados, con la fantasía de vengadores, de zorros, de lobos, no vienen del caserío, sino de la jungla de las afueras industriales. Son pistoleros urbanos, exterminadores que se embriagan con la ceremonia de rematar a un supuesto enemigo.No sólo son violentos porque están desesperados, sino que viven al borde un acantilado y ya les es difícil volver a casa a reencontrarse con unos ciudadanos de bicicleta estática, dietas y jugo de zanahoria.
No sólo es necesario un juez, sino un psiquiatra que sepa, como Gibbon, que la Historia no ha sido sino una sucesión de matanzas, el registro de los crímenes, las locuras y desgracias de la Humanidad.
A Alfredo Pérez Rubalcaba no se le está poniendo cara de austriaco, pero lo que este país necesita en este momento es un psiquiatra.

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