Alejandro siempre había sido el gordo de la clase. El patoso que no sabía jugar al fútbol, el que siempre se caía intentando saltar al plinto, el que todas las preadolescentes adoptaban como confidente para contarle que les gustaba Jaime Merelles, el guapo de la clase, y el que todo el mundo daba por sentado que nunca tendría novia. Hasta los 14 años más o menos todo eso le traumatizaba, pero cuando se dio cuenta de que con eso que le decían sus amigas de «estoy enamorada de Jaime Merelles te lo cuento a ti porque sé que me entiendes» estaba dando en el clavo, todo cambió. Alejandro descubrió que sí, que las entendía perfectamente porque a él también le gustaba fulanito, pero tampoco le hacía caso. Durante algunos años, Alejandro quiso pensar que no ligaba porque se movía en un mundo heterosexual, pero cuando empezó a conocer a los chicos gays del pueblo de Pontevedra donde vivía, que intentaban parecerse a Jesús Vázquez, se dio cuenta de que no ligaba no porque fuera maricón sino porque era gordo y peludo. A los gays de su pueblo tampoco les gustaba y le tomaban también como el paño de lágrimas con el que consolarse. Ahí no tenía demasiado problema porque ninguno de esos chicos musculados de gimnasio le gustaban. A él los que le atraían eran tipos como Juan, el del taller: gordos, fortachones y peludos. Alejandro terminó por resignarse y aceptó que el onanismo iba a ser su única práctica sexual porque los chaperos tampoco le gustaban. Un día estaba medio dormido en el sofá de su casa y vio en la televisión a un chico que le pareció el hombre de su vida. Hablaba de un subgrupo dentro del mundo gay que se hacían llamar Osos y que reivindicaban la estética que correspondía exactamente con él.Aquel día la vida de Alejandro cambió radicalmente. El primer fin de semana que fue al Hot (Infantas, 12) se desquitó, a sus 25 años, de su larga abstinencia; después conoció el Enfrente (Infantas, 9) y el Bear's (Pelayo, 12), y a partir de ahí empezó a investigar en la comunidad Bear y se sintió en su salsa. Empezó a manejarse con su terminología (chubby, chaser, daddy, según sean más gordos; cazadores o maduros, por ejemplo) y por primera vez en su vida se sentía deseado muy deseado. El plano sexual estaba más que cubierto, pero es que además se le acumulaban pretendientes. Se sentía como un Jaime Merelles cualquiera, rompiendo corazones de algunos chaser. Hace unas cuantas semanas se presentó al concurso de Mister Hot que se celebró en Chueca y, aunque no fue el ganador, quedó en un lugar más que honroso. Por fin era un guapo oficial.
silviagrijalba@mixmail.com

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