De entre todos los ámbitos de la producción artística catalana, la música, y en concreto sus formatos más populares, genera una permanente sensación de insatisfacción, quizá porque una parte importante de ella se expresa en lengua catalana sin acabar de encontrar una relación estable con los diversos públicos de nuestro país.
La película Rock and Cat nos remite de nuevo al fenómeno del rock en catalán y el reciente concierto de Sant Jordi nos ha permitido contrastar el interés social que comporta esta música en la actualidad. La película recopila con rotundidad lo esencial de la banda sonora catalana de una generación, pero se manifiesta claramente incapaz de aportar explicaciones sociológicas para tal fenómeno. En este sentido es un buen concierto y un fallido intento de documental, aunque tal vez no fuera esa la pretensión de su director. En cualquier caso, una vez vista la película a uno le quedan las ganas de comprender como tan excelente conjunto de canciones no han generado la continuidad que el talento de sus compositores parece sugerir.
Sobre el Palau Sant Jordi sólo cabe señalar la creciente dificultad para organizar con éxito grandes conciertos musicales, formato cada vez más reducido a un selectísimo grupo de bandas internacionales con un marketing y una publicidad añadida únicamente sostenible a nivel global.
Los formatos de la música están cambiando a una velocidad imparable.Internet también influye en ello, porque modifica las condiciones sobre las que se crean las mitomanías que forjaron los fenómenos musicales de los últimos 30 años. Incluso a los ayuntamientos que han actuado como casi promotores en el panorama musical catalán organizando macroconciertos gratuitos en las fiestas mayores, les empieza a resultar imposible conseguir las congregaciones sociales habituales en los años 80 y 90.
Hay que replantearse la manera de tratar la música que se produce en Cataluña, y en la medida de lo posible, hacerlo desde la normalidad.
El entorno de la mayoría de los grupos musicales catalanes no puede ser otro que el local, me refiero al ámbito de actuación de nuestro país o en algunos casos el de sus espacios más urbanos.Es evidente que debemos trabajar para que algunos consigan consolidar una cierta proyección internacional, pero la estrategia básica debe centrarse en asegurar la creación de ciertos territorios sonoros en los cuales se reconozcan músicos y ciudadanos.Las nuevas tecnologías pueden ser de gran ayuda para conseguirlo, dándole la vuelta a lo que algunos han querido ver como el principal problema de la música.
Hay que construir un escenario comunicativo de prestigio para las músicas locales, algo que Lluís Gavaldà denuncia repetidamente cuando señala la falta de interés que genera en Cataluña aquello que no pasa en Barcelona. En este sentido, si es cierto que el rock catalán fue utilizado políticamente cuando se ninguneó su éxito comarcal para convertirlo en un fenómeno nacional; eso le dio una aparente boom mediático, pero alteró su entorno sociocultural.
Desgraciadamente, los éxitos masivos del consumo musical catalán no se construyen en Barcelona, ni en Girona, sino en Madrid, Londres o Miami y para cambiarlo conviene no mimetizar sus modelos, sino crear otros de nuevos. Insisto en lo más importante: talento y capacidad de producción lo tenemos, ahora nos toca inventar la mercadotecnia.

Escribe un comentario