El mundo al revés, o casi. Resulta que ayer el Gobierno Zapatero elogió la “posición ponderada y prudente” que está adoptando el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, en torno al contencioso vasco, al no haber puesto pies en pared tras los dos últimos atentados ocurridos en Barañáin y Getxo, atentados que han venido a poner en cuestión la tregua de ETA y el proceso de pacificación entero.

El elogio zapateril no es gratuito, que en Moncloa y alrededores están al cabo de la calle del clima de guerra soterrada entre facciones que se vive en la sede de la calle Génova. Conviene recordar que horas antes de que el secretario de Estado de Comunicación lanzara su alabanza interesada al líder popular, Eduardo Zaplana se había mostrado bastante duro en la Ser con el llamado proceso de paz, asegurando que apoyar al Gobierno para acabar con ETA no significa que los populares se hayan vuelto “imbéciles o sin criterio”.

Más duro, muy en su línea, se había mostrado el secretario general Ángel Acebes, criticando a un Ejecutivo al que “empieza a parecer bien cualquier cosa que haga la ilegalizada Batasuna”. Estamos, en fin, en pleno meollo de la situación de un partido que, mentalmente preparado para seguir ejerciendo el poder, fue de pronto lanzado al invierno de una oposición donde hace muchísimo frío, y en el que se van a congelar las carreras y aspiraciones de no pocos notables que se creían con mando en plaza.

Nada nuevo bajo el Sol. Transcurridos dos años del tremendo batacazo del 14-M, Mariano Rajoy es una especie de equilibrista obligado a realizar complicados ejercicios en el alambre y sin red entre un ala derecha, o derecha pura y dura, formada por los más fieles discípulos y seguidores de Aznar, que reclama una oposición de máxima dureza frente a la aparente locura de un Gobierno empeñado en el cambio de Régimen, y un ala más moderada (Gallardón, Piqué, Camps, Ñúnez Feijóo, además del equipo que rodea al propio Rajoy) que piensa que volver al poder es un proceso que reclamará la suma de muchas voluntades no necesariamente de derechas en sentido estricto, ergo exigirá cintura política, voluntad de consenso, algún que otro ‘sí’ entre bastantes ‘noes’ y muchas más razones que vísceras. Sobre todo razones.

Por desgracia para Rajoy, sobre su liderazgo sigue gravitando la sombra alargadísima de José María Aznar. Ya saben lo que pienso del personaje y de su gravísima responsabilidad en lo que ahora acontece a este malhadado país. Ya saben que sigo convencido de que la mayoría absoluta de 2000 no cambió a José María Aznar, sino que simplemente le desenmascaró. Ahora cuentan por las sentinas de Génova que ya no puede más con Rajoy, que reclama mano dura, que pide oposición sin cuartel. Que se quiere cargar a Rajoy.

Llegan a decir incluso que ha sido capaz de llamar a Rodrigo Rato –cosa ciertamente difícil de creer, porque el actual mandamás del FMI quedó literalmente hasta el gorro de las miserias de nuestro peculiar Franquito- para urgirle a ponerse al frente de la cruzada anti Rajoy, ya que, en su opinión, habría que desalojarlo del liderazgo del PP cuanto antes, lo que, dicen mis informantes, podría animar a Rato a volver a Madrid para precisamente apoyar la candidatura de Rajoy, asunto casi tan increíble como el anterior.

El líder gallego puso el lunes el dedo en la llaga de la situación interna por la que atraviesa el partido al asegurar que si hay “unidad y cohesión interna” el PP puede ganar las próximas generales. Por desgracia, Mariano Rajoy, como consecuencia seguramente del déficit de legitimidad de un liderazgo producto del dedazo de Aznar, ha pretendido templar gaitas con las diferentes familias ideológicas que se mueven en el amplio abanico del centro derecha español, y sabido es que para hacer tortilla hay que romper huevos. El gallego corre serios riesgos de acabar en la sartén por no haber querido mancharse las manos de yema.