Entre las virtudes del literario Reino de Redonda (un pequeño islote deshabitado en el Caribe) está el dar un premio anual a un escritor o cineasta extranjero -y de lengua no española- al que se premia con 6.500 euros (que salen de la tesorería privada de Javier Marías) y con el título de Duke de este reino, cuyo lema es Ride, si sapis (Si sabes, ríe). España es uno de los pocos países de cultura universal que no tiene un premio a la mejor obra extranjera. Este fallo -que habla de nuestra inveterada cerrazón de otros tiempos- queda salvado -qué cosas- por la pura iniciativa privada y (¿por qué no decirlo?) la generosidad de un escritor de éxito, que lo paga de su bolsillo. Raro ejemplo.
Este año (el sexto en que se otorga el galardón, que inauguró Coetzee) ha recaído en el mítico narrador y guionista norteamericano, Ray Bradbury, un maestro de la ciencia-ficción (de hecho, un clásico ya en el género) que tiene 85 años y vive en California.¿Cómo no iba a aceptar un rey de la imaginación un ducado literario? Su título: Duke of Diente de León, en alusión al título de una novela suya -Dandelion Wine- que en España se tradujo como El vino del estío.

Yo no voté a Ray Bradbury (sino a Michel Tournier) y lo siento doblemente. Primero por casi haberme olvidado de él: ¿Vivía aún? ¡Hace tanto tiempo que no oía de él! Pero además porque yo fui, alrededor de mis 20 años, un fervoroso lector suyo, en las ediciones Minotauro, todo hay que decirlo, editadas en Argentina, pero que llegaban acá -no ocurre con los libros de hoy, un desastre- normalmente. Recuerdo Crónicas marcianas, prologado por Borges en 1954 (la edición original inglesa es de 1950), Las doradas manzanas del sol -un verso de Yeats- o Remedio para melancólicos, espléndidos títulos. Y hasta leí un libro sobre Bradbury (pionero aquí sin duda) de José Luis Garci, Ray Bradbury, humanista de futuro (1971). Bradbury escribió el guión de Moby Dick, la película de Huston y vio cómo Truffaut -otro clásico- convertía en obra maestra del cine su novela corta Fahrenheit 451. El libro es de 1953 y la película de 1966 ¡Sí, cuánto tiempo sin Bradbury! Uno casi debía ocultar que lo leía en la Universidad de 1970, porque sonaba a autor poco intelectual y nada comprometido: ¡Menuda pamplina! Se había adelantado mucho

Pero yo me quedo, aún, con su desbordante y bello lirismo: el húmedo planeta Venus en el que no cesa de llover, y donde sólo se ve el sol una hora al año (la hora fulgurante de todas las magias); o esa nave de terrícolas, convenientemente refrigerada, que viaja al Sol, para por medio de una larga cuchara, arrancar de su masa incandescente un pedazo del astro rey. Cuando los astronautas se van aproximando, la terrible e inmensa belleza de la gran luz los deslumbra como una gigantesca metafísica ¿Qué hace Bradbury ahora? ¿Qué ha publicado después de 1965? En 1968 -es lo último que sé- escribió el guión de una película sobre Picasso (vivía el pintor), que no he visto: The Picasso Summer. Bradbury, cómo no. ¡Cuántos bellos estíos!