José Luis Rodríguez Zapatero se apareció en Carabanchel vestido de éxito e hizo el sermón desde el albero convertido en monte Tabor, pero no habló para nada del incendio de la ferretería.De todas formas, los suyos se colgaron en sus palabras. Aún no separa las aguas del río Manzanares, que eso es cosa de Alberto Ruiz-Gallardón, ni es capaz de detener el sol, pero ya es aclamado como un ungido, aunque la derecha española crea que lleva plomada y mandil. Discutir los milagros es una insensatez, dice Baroja; Zapatero es ya indiscutible, el mismo partido que desconfiaba de él lo aclama ya como si volviera de las Cruzadas. Ayer asistimos a una sesión de éxtasis.
El palco 1, el de Luis Miguel Dominguín, era el reservado para la prensa escrita, el de Curro Vázquez para los fotógrafos, el del Niño de la Capea para el trabajo de las radios, el de Julio Aparicio para las televisiones. A Zapatero le sienta bien Carabanchel, el coso de La Chata, donde en los 60 los Dominguines y los Lozano organizaron La oportunidad. José Luis Rodríguez Zapatero llegó como un capa de la política y en la tercera aparición de Vista Alegre se transfiguró en figura. En la plaza cubierta, con cúpula móvil, sobrevoló como si el albero fuera un puente de Brooklyn de Paul Auster. Levitó por la red en todo su apogeo, crecidísimo, sin perder el son de la humildad. La gente flipaba, viajaba, se englobaba.
Según fuentes de La Moncloa, el incendio de la ferretería ha sido un ajuste de cuentas de txozna o barraca abertzale. «Hay entre ellos venganza por juicios viejos». Vimos delante del politburó con todos los ministros, todos los fundadores, todos los cabezas de huevo, a brasileñas bailando, majorettes, saltimbanquis y contorsionistas.
El PSOE de la posmodernidad hace compatible el culo sexista con las témporas de la violencia de género. Fue un alucine, en una Vista Alegre mediática donde las luces, los luminosos, las grandes pantallas invitaban al chateo «envía mensajes al 7743» desde el móvil.
María Teresa y Rubalcaba, los más ovacionados, constituyen junto a Alonso y Zapatero el núcleo duro del Gobierno. Felipe González fue recibido y aludido con cariño, pero no dejaba de ser un pureta entre los jóvenes turcos que no le dejaron saludar desde el tercio mediático. Los eslóganes de más empleo, más paz y más seguridad nos lavaron el cerebro. El mensaje fuerte era Hacia una España mejor, entre las canciones de Amaral retransmitidas a través de la web. Así es Zapatero, como el olor de la hierba recién cortada, como bañarse desnudo en la mar salada, como el sabor a helado de limón. Los socialistas son maestros en el arte de la propaganda, en la distribución de grandes imágenes, en la utilización de los símbolos radiantes, el empleo de colores atrevidos.El pleno espectáculo, el carrusel de las imágenes y sonidos no es el ambiente apropiado para especulaciones políticas, sino para el entretenimiento. Lo visual contiene poder emocional y de allí salió, entre el clamor del público, el mensaje de «gobernamos bien», «por la vía de alta velocidad», «la derecha cuando vuelva no derogará las leyes que estamos haciendo ni repondrá la estatua de Franco».
Pepe Blanco, al que Zapatero agradeció la puesta en escena, se reveló como un avezado mitinero: «Ya no tienen la gaviota, sino la pájara que les entró el día en que ganó el PSOE». «Hemos pasado de María Barranco a Pepe Blanco y también ha empeorado el PP, es cada vez más rancio, más de derechas». En el acto interactivo, retransmitido vía satélite, relanzaron a Rafael Simancas y Trinidad Jiménez, que estuvieron muy flojos. «Mientras haya Simancas habrá Esperanza» dicen los de Esperanza, pero el PSOE confirmó a la pareja como candidatos. Trinidad Jiménez, con su voz de pija, gritó: «Gallardón corta árboles y planta parquímetros». Simancas prometió que al año que viene en este mismo acto recibirá a los compañeros como presidente de la Comunidad, porque, según él, Esperanza, la última trinchera del aznarismo, entregará Madrid.
Manuel Chaves estuvo bien. Destacó la impotencia del PP, que ha perdido la iniciativa. «La ciudadanía del mundo nos mira hoy con más cariño y más respeto». «La derecha desconfía de España y de los españoles. Que no alboroten tanto. Lo que se está rompiendo es una forma de entender España», dijo el presidente bético del PSOE.
Y Zapatero, el éxtasis, la droga de síntesis, puso a los compañeros anfetamínicos cuando enunció la teoría de la alta velocidad en su política, entre imágenes de árboles de la selva virgen, en un mitin de ozono en vena. «Presidente, presidente, presidente, presidente». Insisto, habla ya desde el monte Tabor, ha perdido la plomada y el mandil. «Habéis sido fuertes, hemos sido fuertes».«La esencia de nuestro proyecto es la democracia de los ciudadanos».«Hemos elegido la vía de la alta velocidad. La derecha ha tenido siempre a España en la lista de espera y ha llegado tarde tres estaciones. Lo que jugamos ahora quedará para siempre. Son profetas del desastre y un desastre como profetas. Hemos gobernando bien».
Y en plena sesión alucinógena prometió luchar contra la corrupción inmobiliaria. «El suelo no puede seguir siendo para especular y para el enriquecimiento súbito. Bajo este Gobierno se han tomado las decisiones de Marbella». Según el presidente, lo han hecho todo deprisa, pero las leyes son irreversibles. No habló de la ferretería, pero aseguró que sólo los valientes buscan la paz.«Vamos a terminar con el terror honrando la memoria de nuestras víctimas».
Los últimos golfarras de la movida regresaban a casa y se cruzaban con los militantes con las banderas de plástico enrolladas que volvían a los autobuses. No es que la sociedad esté dormida, es que no duerme el fin de semana porque vive en una interminable fiesta. Están pasones; no llegan tarde a empiltrarse para hacer algo por la patria.

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