Los ciudadanos están sorprendidos y alarmados por el rebrote de la violencia de ETA o de su entorno, pero el Gobierno mantiene su optimismo y pone el acento en el hecho de que Batasuna se solidarice con los afectados por la violencia y que la califique de hecho grave, aunque sin condenarla. Lo que nos hace pensar que la tregua, como poco, está amenazada y pendiente de que en las próximas horas o días alguien pueda explicar lo que está ocurriendo o lo que acaba de pasar.

El dilema es bien sencillo: o ETA no controla a sus comandos, a sus chantajistas y a sus agitadores violentos, o la banda terrorista está activa, dividida o con discrepancias internas sobre el llamado proceso de paz. En todo caso, la tregua está bajo sospecha porque en los últimos días hemos tenido noticias de: cartas de chantaje a empresarios navarros; venta de bonos para financiar a ETA (ayer se detuvo a otra vendedora); atentado con bomba contra un empresario navarro en Berañain; y lanzamiento de cócteles molotov en Getxo. Y a esto le llaman la tregua permanente los etarras y su entorno, mientras que desde el Gobierno decían, hace tan sólo unos pocos días, que la comprobación del seguimiento de la tregua era bueno (otro dilema: o la Policía no se entera, o mira hacia otra parte).

Ya sabemos que el fin de la violencia etarra no es asunto que se soluciona en dos días, ni fácil de llevar a cabo. Pero lo que está ocurriendo en el País Vasco y Navarra prueba que el proceso no ha empezado bien y demuestra que así no puede seguir, o avanzar, entre otras cosas porque ETA ha mentido y puede que también porque el Gobierno no ha delimitado, como debiera, las líneas infranqueables del terrorismo de todo orden, al que dan alas con sus discursos ambiguos y triunfalistas que carecen de prudencia y que no se corresponden con la realidad.

Las irresponsables palabras del portavoz del Gobierno, Moraleda, diciendo que carece de importancia el que ETA deje o no las armas han quedado en evidencia. Y si no que pregunte el portavoz al empresario navarro qué opina de las bombas de ETA. Como son llamativas las alusiones del Gobierno y de dirigentes del PSOE sobre el terrorismo de “baja intensidad”, las acciones —que dicen aisladas— de la kale borroka, la utilización del término “paz” en vez de fin de la violencia y las promesas de “generosidad” de las que alardea Zapatero, y que con tanta diligencia y vista gorda practica el fiscal general del Estado, Pumpido, para que no se rompa la apuesta negociadora del presidente, que se ha jugado mucho —y nos ha metido a todos en la precariedad— echando demasiado pronto las campanas al vuelo para repicar sus triunfos políticos. Porque en Navarra o Getxo pudo haber ocurrido algún desastre y entonces las campanas habrían doblado como lamentablemente lo han hecho demasiadas veces en los últimos años.

El Gobierno pide prudencia y paciencia, y creemos que el PP está dando pruebas de una alto nivel de generosidad, aunque advierte de que así no se va a ninguna parte. Entre otras cosas porque está claro que ETA y su mundo siguen empeñados en la violencia y en unir la futura negociación anunciada a contrapartidas políticas. Por eso llama poderosamente la atención que Zapatero no condenara expresamente el atentado de Navarra mientras sí ha querido ver como positiva, y por buen camino, la declaración del dirigente de Batasuna Permach solidarizándose con los afectados por las acciones violentas de los suyos, a la vez que pedía el fin de la represión policial, y todo ello sin condenar los atentados a los que califica como hechos graves.

El fin de ETA no es fácil y puede que estemos ante una importante oportunidad, pero esa oportunidad puede naufragar si el Gobierno no sube la guardia en vez de bajarla, y no deja claro a los terroristas y su entorno que la línea roja de la violencia no se puede traspasar. Sin olvidar en todo ello que podría darse el caso, también grave, de que los interlocutores del Gobierno en el proceso no representan de verdad a ETA, o puede que ETA no controle a su gente o que incluso esté dividida, lo que sería también un motivo suficiente para preocupar. De momento crece la inquietud aunque el Gobierno sigue en el optimismo y el ministro del Interior Rubalcaba asegura que el proceso en curso tiene bases muy sólidas. La oposición es, por el contrario, más pesimista y está alarmada, lo que coincide con el sentimiento mayoritario de la sociedad.