El mercado del libro usado cuenta con cinco siglos de tradición en Barcelona. Para burlar al Santo Oficio, las obras de Voltaire o Diderot se ocultaban en un sótano conocido como «El Infierno»
«Los libros no se leen, se regalan», comentaba días atrás un mogol de la comunicación. Si en esta Diada de Sant Jordi, además de comprar libros para regalar ha aumentado el club de lectores en nuestra comunidad humana, se trata de una excelente noticia, y no cabe más que celebrarlo y alentar a seguir con el hábito.Nunca es tarde, y nos lo recuerdan los mercadillos de libro de viejo que, fuera de las grandes solemnidades, se encuentran durante la semana en plazas y rincones de nuestras ciudades, grandes y pequeñas.
«Del viejo, el consejo», dice el viejo y sabio refrán. En cierta medida, el librero de viejo es más un consejero que un simple vendedor. Los avezados del oficio conocen no sólo autores y contenidos sino también la calidad del papel, la grafología de un manuscrito, el valor de la encuadernación. Alguien ha comparado el libro con el vino, los dos son productos delicados que viven y evolucionan envejeciendo en la cava silenciosa, que es la biblioteca en el caso del primero. Como en otros productos, hay ediciones buenas y malas, lo mismo que buenas y malas cosechas, y un librero de prestigio está al corriente de todos los matices para aconsejar convenientemente a los posibles lectores. Muchos que empezaron a vender libros de viejo se convirtieron en excelentes investigadores, tal es el caso de Joan Amades, un ingenioso intérprete del folklore catalán, y Lluís Millà, actor y autor, o Palau, autor del más completo catálogo de libros viejos.
El oficio de librero de viejo tiene más de cinco siglos en Barcelona coincidiendo con la invención de la imprenta en Europa. Con anterioridad, el gusto por la lectura no era muy popular, como reflejan los cronistas. En un inventario efectuado en el castillo de Tous sólo aparecieron dos libros, confinados en la habitación de las sirvientas. Pero, con la difusión de la imprenta, el libro se convirtió en un producto de consumo. La cofradía de maestros libreros de Barcelona tuvo un rápido crecimiento y era depositaria del privilegio de editar los libros del franciscano mallorquín fray Anselmo Turmeda, que fueron durante mucho tiempo las fuentes donde los pequeños aprendían sus primeras letras.
Para escapar a la vigilancia del Santo Oficio, muchos libreros escondían las piezas prohibidas en un subterráneo conocido entre ellos como «El Infierno» y que visitaban clientes exclusivos y de plena confianza en busca de las obras revolucionarias de Voltaire, Bayle o Diderot; o de carácter licencioso, como la famosa Justine del marqués de Sade, que compartían los anaqueles secretos con La Celestina y buena parte de la obra de Calderón.
Entre los libros cultos más leídos por los barceloneses a comienzos del siglo XIX figuran el Gil Blas de Santillana, de Lesage; Pablo y Virginia, del abad Saint-Pierre; Atala, de Chateaubriand, y las fábulas de Iriarte y Samaniego. Y algunos de los títulos preferidos por el público romántico eran Doña Laura de Olmedes, María o la hija del infortunio, Amelia, o desgraciados afectos de la extrema sensibilidad, El valle de lágrimas o La mujer del proscrito. Una novela de ambiente barcelonés que tuvo un gran éxito llevaba por título Las delicias del claustro.
Los libreros de viejo tenían por patrón a san Jerónimo, traductor del Antiguo Testamento, mientras que los impresores se agrupaban bajo la advocación de san Juan Evangelista, quien fue martirizado en una caldera como las que se utilizaban para fundir los tipos de imprenta. En el siglo XIV ya se vendían libros en el barrio judío, pero después se trasladaron a los encantes de la Llotja y a la plaza de Sant Jaume. En los alrededores de la plaza Nova había pequeños mercados que fueron los precursores de las muchas librerías establecidas hoy por las calles vecinas. En Barcelona se celebraban, además, treinta y cuatro ferias anuales dedicadas al libro de viejo, la más importante en la plaza Nova coincidiendo con la feria de pesebres de Santa Llúcia.
Fue durante la Exposición Universal de 1888 cuando los libreros de viejo se trasladaron al mercado de Sant Antoni e iniciaron con ello una tradición que perdura en nuestros días. En las variopintas paradas se pueden comprar también sellos, revistas, grabados, historietas e incluso colecciones de cromos. Los libreros que exponen suelen tener otros establecimientos en la ciudad, pero seleccionan sus productos más comerciales para el pequeño y ancestral mercado familiar de Sant Antoni. La primera feria internacional del libro usado se celebró en 1902 en unos barracones instalados en la Gran Via, y esta tradición cuajó con la exposición anual del libro de viejo que cada año de organiza en el paseo de Gràcia.
La tradición gremial barcelonesa llevó en 1877 a crear la primera sociedad de bibliófilos, denominada La Protecció Literària, pero más importante fue la Societat Catalana de Bibliòfils, fundada en 1904, que editó valiosas ediciones facsímil de grandes clásicos como El llibre de Santa Maria, de Ramon Llull, El Cançoner del Compte d'Urgell o los Set sabis de Roma.
A los buenos lectores les resultan poco convincentes las razones socioambientales que se esgrimen para justificar los bajos índices de lectura en nuestro país, sólo superados por los de Grecia y Portugal. El clima mediterráneo, la luz, la vida puertas afuera, la vocación tertuliana que se nos atribuye (usurpada hoy por la televisión cronófaga), entre otros factores, son perfectamente compatibles con un tiempo y un lugar de lectura, como también para hablar sobre la lectura. «Algunas gentes toman drogas, yo suelo leer», decía Churchill en los años de su primera juventud.

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