La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

25 Abril 2006

El mitin, de Fernando Ónega en La Vanguardia

Lo mejor que les sienta a los políticos es el mitin. El mitin da ánimos y cariño, crea sensación de apoyo social, rompe el corsé de la soledad del despacho. El político llega allí, y se ve coreado por una multitud excitada que le quiere y le aclama.

Frente a lo que considera silencio interesado de los medios, cuando no campaña orquestada en su contra, los asistentes le interrumpen con aplausos y voces de asentimiento. Y, si en su vida normal ha de ser cauto al calificar al adversario, en esas reuniones masivas se le permite y hasta se le exige la descalificación, en la seguridad que provocará el entusiasmo de sus seguidores.

Sí, los políticos necesitan el mitin para recuperar fuerzas y quizá volver a creer en sí mismos. Cualquier disculpa es buena, sobre todo si es para celebrar algo, como los dos años de gobierno. Si ese examen lo hacen en el Congreso, como harán cuando se celebre el debate sobre el estado de la nación, habrá voces discrepantes, incluso broncas, incluso duras en su negación de lo que al político le parece evidente. Siempre se levantará alguien que ofrezca una realidad distinta a la que él acaba de exponer. En el mitin, no. En el mitin, la realidad expuesta es la sentida por el público. Y si no es la sentida, siempre será la deseada. El deseo y la utopía forman parte del mitin, mientras que en la tarea de gobierno lo único que se miden son estadísticas.

Así he visto este último domingo a Rodríguez Zapatero. Estaba hasta más sonriente. Asomaba su cabeza a las cámaras de televisión entre miles de banderas de partido. Se paseaba por el escenario con más soltura que por el Congreso. Suelto y sólido, porque podía hablar de violencia, sin citar expresamente la ferretería quemada; porque podía resolver los estatutos con idílicas referencias a la España plural; porque podía hablar de la ley de Dependencia sin detenerse en los presupuestos.

El despertar llega el lunes, cuando el líder vuelve a su despacho y encuentra la noticia de lo dicho por Mariano Rajoy; las explicaciones que debe dar en la sesión de control; asuntos tan engorrosos como el precio del petróleo; los palos de la justicia a tus proyectos; la vulgaridad... Quizá por su cabeza pase una reflexión: toda la política debería ser un mitin; un largo y cálido mitin de cuatro años de duración.

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